La madrugada traía consigo un silencio apacible, roto solo por el tenue murmullo del viento contra las ventanas. esta noche decidí que lo mejor era aprovechar el momento.
Me envolví en una bata ligera y me dirigí a la cocina. Si iba a estar despierto, al menos lo haría con una buena taza de café y algo dulce para acompañar.
Con movimientos precisos, medí los ingredientes, tamicé la harina y preparé una mezcla esponjosa que pronto tomaría forma en el horno. El aroma a vainilla y crema se esparció en el aire, llenando la cocina con una calidez reconfortante. Cuando los bizcochos estuvieron listos, los corté con cuidado, los rellené con una crema suave y dibujé delicadas flores en la parte superior, como un pequeño homenaje a la tranquilidad de la noche.
Coloqué uno de los pasteles en un plato elegante, tomé mi café y me senté junto a la ventana. Afuera, la luna seguía su camino en el cielo, mientras yo disfrutaba de aquel bocado dulce y del calor de la taza entre mis manos.
Me envolví en una bata ligera y me dirigí a la cocina. Si iba a estar despierto, al menos lo haría con una buena taza de café y algo dulce para acompañar.
Con movimientos precisos, medí los ingredientes, tamicé la harina y preparé una mezcla esponjosa que pronto tomaría forma en el horno. El aroma a vainilla y crema se esparció en el aire, llenando la cocina con una calidez reconfortante. Cuando los bizcochos estuvieron listos, los corté con cuidado, los rellené con una crema suave y dibujé delicadas flores en la parte superior, como un pequeño homenaje a la tranquilidad de la noche.
Coloqué uno de los pasteles en un plato elegante, tomé mi café y me senté junto a la ventana. Afuera, la luna seguía su camino en el cielo, mientras yo disfrutaba de aquel bocado dulce y del calor de la taza entre mis manos.
La madrugada traía consigo un silencio apacible, roto solo por el tenue murmullo del viento contra las ventanas. esta noche decidí que lo mejor era aprovechar el momento.
Me envolví en una bata ligera y me dirigí a la cocina. Si iba a estar despierto, al menos lo haría con una buena taza de café y algo dulce para acompañar.
Con movimientos precisos, medí los ingredientes, tamicé la harina y preparé una mezcla esponjosa que pronto tomaría forma en el horno. El aroma a vainilla y crema se esparció en el aire, llenando la cocina con una calidez reconfortante. Cuando los bizcochos estuvieron listos, los corté con cuidado, los rellené con una crema suave y dibujé delicadas flores en la parte superior, como un pequeño homenaje a la tranquilidad de la noche.
Coloqué uno de los pasteles en un plato elegante, tomé mi café y me senté junto a la ventana. Afuera, la luna seguía su camino en el cielo, mientras yo disfrutaba de aquel bocado dulce y del calor de la taza entre mis manos.