Jimoto surcaba el cielo con el viento rugiendo en sus oídos, sintiendo la libertad que solo el vuelo podía otorgarle. La luz del sol teñía las nubes de tonos dorados y rosados mientras se deslizaba entre ellas, disfrutando del vasto horizonte.

Entonces, algo llamó su atención.

A lo lejos, flotando sobre una nube amarilla, una figura avanzaba con calma. Jimoto entrecerró los ojos, creyendo que su mente le jugaba una broma. Pero no, la silueta era real: un anciano de barba larga y túnica gastada, sentado plácidamente sobre la nube, con las piernas cruzadas y una expresión serena.

—¡Oye! —gritó Jimoto, desviándose en su dirección.

El anciano giró la cabeza lentamente y le sonrió con tranquilidad, como si encontrarse con un hombre volador en medio del cielo fuera lo más normal del mundo.

—No todos los días se ve a un joven viajando así —comentó con voz pausada.

Jimoto frenó en el aire, observándolo con asombro.

—Tampoco todos los días se ve a un anciano viajando en una nube.

El viejo rió suavemente.

—Cuando has recorrido el mundo el tiempo suficiente, aprendes a moverte de formas inesperadas.

Jimoto cruzó los brazos, aún sin saber si lo que veía era un sueño o una realidad.

—¿Quién eres?

El anciano lo miró con curiosidad y luego señaló el espacio infinito que los rodeaba.

—Alguien que va adonde el viento lo lleva. Y tú, muchacho, ¿hacia dónde te dirige tu viaje?

Jimoto abrió la boca para responder, pero se detuvo. Era una buena pregunta. Una que aún no tenía clara.

El anciano sonrió, como si hubiera leído sus pensamientos.

—Tal vez nuestra reunión es una señal. ¿Por qué no me acompañas un rato?

Sin esperar respuesta, la nube aceleró suavemente, avanzando por el cielo como si tuviera voluntad propia. Jimoto, intrigado, decidió seguirlo.

Quizás aquel anciano tenía más respuestas de las que aparentaba.
Jimoto surcaba el cielo con el viento rugiendo en sus oídos, sintiendo la libertad que solo el vuelo podía otorgarle. La luz del sol teñía las nubes de tonos dorados y rosados mientras se deslizaba entre ellas, disfrutando del vasto horizonte. Entonces, algo llamó su atención. A lo lejos, flotando sobre una nube amarilla, una figura avanzaba con calma. Jimoto entrecerró los ojos, creyendo que su mente le jugaba una broma. Pero no, la silueta era real: un anciano de barba larga y túnica gastada, sentado plácidamente sobre la nube, con las piernas cruzadas y una expresión serena. —¡Oye! —gritó Jimoto, desviándose en su dirección. El anciano giró la cabeza lentamente y le sonrió con tranquilidad, como si encontrarse con un hombre volador en medio del cielo fuera lo más normal del mundo. —No todos los días se ve a un joven viajando así —comentó con voz pausada. Jimoto frenó en el aire, observándolo con asombro. —Tampoco todos los días se ve a un anciano viajando en una nube. El viejo rió suavemente. —Cuando has recorrido el mundo el tiempo suficiente, aprendes a moverte de formas inesperadas. Jimoto cruzó los brazos, aún sin saber si lo que veía era un sueño o una realidad. —¿Quién eres? El anciano lo miró con curiosidad y luego señaló el espacio infinito que los rodeaba. —Alguien que va adonde el viento lo lleva. Y tú, muchacho, ¿hacia dónde te dirige tu viaje? Jimoto abrió la boca para responder, pero se detuvo. Era una buena pregunta. Una que aún no tenía clara. El anciano sonrió, como si hubiera leído sus pensamientos. —Tal vez nuestra reunión es una señal. ¿Por qué no me acompañas un rato? Sin esperar respuesta, la nube aceleró suavemente, avanzando por el cielo como si tuviera voluntad propia. Jimoto, intrigado, decidió seguirlo. Quizás aquel anciano tenía más respuestas de las que aparentaba.
Me gusta
1
0 turnos 0 maullidos 125 vistas
Patrocinados
Patrocinados