El sol de la tarde teñía el cielo de un naranja profundo cuando Jimoto apartó los últimos escombros de la antigua ruina. Su respiración era pesada, y su frente goteaba sudor, pero la emoción en su pecho lo mantenía en movimiento. Había seguido pistas durante meses, desenterrado documentos olvidados y recorrido paisajes traicioneros, todo en busca de un solo objeto: la esfera del dragón.

Se encontraba en lo que alguna vez debió ser un templo, ahora reducido a columnas derruidas y muros agrietados cubiertos de musgo. A su alrededor, la vegetación se había abierto paso entre las piedras, abrazando la estructura con raíces retorcidas. A cada paso, sentía el crujir de la historia bajo sus pies, como si los susurros de los antiguos moradores aún flotaran en el aire.

Su linterna iluminó un pedestal cubierto de inscripciones gastadas por el tiempo. Jimoto pasó la mano sobre ellas, removiendo el polvo acumulado, y entonces la vio.

Allí, entre fragmentos de piedra y tierra acumulada, descansaba una esfera de cristal ámbar, reluciente a pesar del tiempo y la oscuridad. Cuatro estrellas rojas brillaban en su interior como brasas dormidas.

El joven explorador sintió que su pecho se oprimía por la emoción. Extendió la mano temblorosa y, con el más absoluto respeto, tomó la esfera. Al instante, una ráfaga de viento recorrió la ruina, como si el mundo mismo reconociera el despertar de algo legendario.
El sol de la tarde teñía el cielo de un naranja profundo cuando Jimoto apartó los últimos escombros de la antigua ruina. Su respiración era pesada, y su frente goteaba sudor, pero la emoción en su pecho lo mantenía en movimiento. Había seguido pistas durante meses, desenterrado documentos olvidados y recorrido paisajes traicioneros, todo en busca de un solo objeto: la esfera del dragón. Se encontraba en lo que alguna vez debió ser un templo, ahora reducido a columnas derruidas y muros agrietados cubiertos de musgo. A su alrededor, la vegetación se había abierto paso entre las piedras, abrazando la estructura con raíces retorcidas. A cada paso, sentía el crujir de la historia bajo sus pies, como si los susurros de los antiguos moradores aún flotaran en el aire. Su linterna iluminó un pedestal cubierto de inscripciones gastadas por el tiempo. Jimoto pasó la mano sobre ellas, removiendo el polvo acumulado, y entonces la vio. Allí, entre fragmentos de piedra y tierra acumulada, descansaba una esfera de cristal ámbar, reluciente a pesar del tiempo y la oscuridad. Cuatro estrellas rojas brillaban en su interior como brasas dormidas. El joven explorador sintió que su pecho se oprimía por la emoción. Extendió la mano temblorosa y, con el más absoluto respeto, tomó la esfera. Al instante, una ráfaga de viento recorrió la ruina, como si el mundo mismo reconociera el despertar de algo legendario.
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