*Mente perdida*

El sonido de los guantes chocando contra las almohadillas resonaba por todo el gimnasio. Takeru lanzaba combinaciones rápidas, pero algo estaba mal. Su entrenador lo notaba.

—¡Más rápido, Takeru! ¡Tus golpes son lentos!

Takeru intentó acelerar su ritmo, pero sus jabs no tenían la misma precisión de siempre. Sus movimientos, normalmente fluidos y calculados, parecían erráticos, como si estuviera peleando con una sombra dentro de su cabeza.

—¡Otra vez! —rugió el entrenador.

El sparring continuó. Esta vez, su compañero lo sorprendió con un contragolpe limpio a la mandíbula. Takeru tambaleó, y el entrenador golpeó la lona con el pie.

—Si peleas así en el combate, te van a sacar en camilla.

Takeru se mordió el labio, frustrado. No sabía qué le pasaba.

**Día del combate, Castigo**

El estadio vibraba con la energía del público. Bajo las luces intensas del ring, Takeru y Rihito Yamada se encontraron en el centro.

Takeru tomó la iniciativa de inmediato, moviéndose con velocidad, buscando marcar la distancia con su jab. Pero Rihito no mordió el anzuelo. Se mantuvo firme, con su guardia en alto, leyendo cada movimiento.

Takeru lanzó un recto de derecha.

¡Error!

En un parpadeo, Rihito esquivó y soltó un derechazo brutal al mentón. El impacto hizo que la cabeza de Takeru girara violentamente.

De repente, todo se volvió un borrón.

Las luces del estadio parecían volverse más intensas. El rugido de la multitud se volvió un eco distante.

Y luego, la lona.

El mundo giraba.

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!

El conteo sonaba lejano. La adrenalina le gritaba que se levantara, pero su cuerpo no respondía.

—¡Cuatro! ¡Cinco!

Takeru apretó los puños y golpeó la lona. No podía quedarse ahí. Se obligó a levantarse, respirando pesadamente.

Pero Rihito ya lo estaba esperando.

Los siguientes asaltos fueron un castigo. Cada vez que Takeru intentaba atacar, Rihito lo hacía pagar con precisión quirúrgica. Un jab al rostro, un gancho al hígado, otro recto que lo hacía tambalear.

Séptimo asalto.

Takeru lanzó un jab desesperado.

Otro error.

Rihito se agachó y descargó un uppercut que lo levantó del suelo.

Un segundo después, Takeru estaba nuevamente en la lona.

No sentía las piernas.

El dolor se extendía por su mandíbula como fuego líquido.

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!

Su visión se nubló.

—¡Cuatro! ¡Cinco!

El sonido de la multitud se mezclaba con un pitido agudo en sus oídos.

—¡Seis! ¡Siete!

Algo en su pecho ardió. ¿Era esto? ¿Así iba a terminar?

—¡Ocho!

No.

No iba a perder así.

Con un rugido, Takeru se puso de pie, tambaleante, con la respiración entrecortada. El árbitro lo miró fijamente, buscando un indicio de que aún podía continuar.

Takeru alzó los guantes.

El combate seguía.

Pero ahora, algo había cambiado.

Los golpes de Rihito ya no lo sacudían de la misma manera. Sus piernas, a punto de fallar minutos antes, ahora parecían tener un nuevo impulso. Cada golpe que lanzaba tenía un propósito.

Takeru empezó a moverse, a soltar golpes en combinaciones más rápidas. Jabs, rectos, ganchos, obligando a Rihito a retroceder por primera vez en toda la pelea.

Duodécimo asalto.

Ambos estaban exhaustos, pero Takeru ahora tenía el control.

Fintó un jab con la izquierda y Rihito cayó en la trampa. Justo cuando intentó responder con otro contragolpe, Takeru lo interceptó con un gancho devastador al hígado y un grito estridente, "TENGO ALGO MÁS POR LO QUE LUCHAR".

El cuerpo de Rihito se dobló.

Pero Takeru no le dio respiro.

Descargó una combinación brutal: derecha al rostro, izquierda al mentón… y un último uppercut.

El cuerpo de Rihito cayó como un árbol derribado.

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! … ¡Diez! ¡Fuera!

El sonido de la campana marcó el final.

Takeru, con el cuerpo cubierto de sudor, sangre y moretones, alzó el puño.

No sabía cómo, pero había ganado.
*Mente perdida* El sonido de los guantes chocando contra las almohadillas resonaba por todo el gimnasio. Takeru lanzaba combinaciones rápidas, pero algo estaba mal. Su entrenador lo notaba. —¡Más rápido, Takeru! ¡Tus golpes son lentos! Takeru intentó acelerar su ritmo, pero sus jabs no tenían la misma precisión de siempre. Sus movimientos, normalmente fluidos y calculados, parecían erráticos, como si estuviera peleando con una sombra dentro de su cabeza. —¡Otra vez! —rugió el entrenador. El sparring continuó. Esta vez, su compañero lo sorprendió con un contragolpe limpio a la mandíbula. Takeru tambaleó, y el entrenador golpeó la lona con el pie. —Si peleas así en el combate, te van a sacar en camilla. Takeru se mordió el labio, frustrado. No sabía qué le pasaba. **Día del combate, Castigo** El estadio vibraba con la energía del público. Bajo las luces intensas del ring, Takeru y Rihito Yamada se encontraron en el centro. Takeru tomó la iniciativa de inmediato, moviéndose con velocidad, buscando marcar la distancia con su jab. Pero Rihito no mordió el anzuelo. Se mantuvo firme, con su guardia en alto, leyendo cada movimiento. Takeru lanzó un recto de derecha. ¡Error! En un parpadeo, Rihito esquivó y soltó un derechazo brutal al mentón. El impacto hizo que la cabeza de Takeru girara violentamente. De repente, todo se volvió un borrón. Las luces del estadio parecían volverse más intensas. El rugido de la multitud se volvió un eco distante. Y luego, la lona. El mundo giraba. —¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! El conteo sonaba lejano. La adrenalina le gritaba que se levantara, pero su cuerpo no respondía. —¡Cuatro! ¡Cinco! Takeru apretó los puños y golpeó la lona. No podía quedarse ahí. Se obligó a levantarse, respirando pesadamente. Pero Rihito ya lo estaba esperando. Los siguientes asaltos fueron un castigo. Cada vez que Takeru intentaba atacar, Rihito lo hacía pagar con precisión quirúrgica. Un jab al rostro, un gancho al hígado, otro recto que lo hacía tambalear. Séptimo asalto. Takeru lanzó un jab desesperado. Otro error. Rihito se agachó y descargó un uppercut que lo levantó del suelo. Un segundo después, Takeru estaba nuevamente en la lona. No sentía las piernas. El dolor se extendía por su mandíbula como fuego líquido. —¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! Su visión se nubló. —¡Cuatro! ¡Cinco! El sonido de la multitud se mezclaba con un pitido agudo en sus oídos. —¡Seis! ¡Siete! Algo en su pecho ardió. ¿Era esto? ¿Así iba a terminar? —¡Ocho! No. No iba a perder así. Con un rugido, Takeru se puso de pie, tambaleante, con la respiración entrecortada. El árbitro lo miró fijamente, buscando un indicio de que aún podía continuar. Takeru alzó los guantes. El combate seguía. Pero ahora, algo había cambiado. Los golpes de Rihito ya no lo sacudían de la misma manera. Sus piernas, a punto de fallar minutos antes, ahora parecían tener un nuevo impulso. Cada golpe que lanzaba tenía un propósito. Takeru empezó a moverse, a soltar golpes en combinaciones más rápidas. Jabs, rectos, ganchos, obligando a Rihito a retroceder por primera vez en toda la pelea. Duodécimo asalto. Ambos estaban exhaustos, pero Takeru ahora tenía el control. Fintó un jab con la izquierda y Rihito cayó en la trampa. Justo cuando intentó responder con otro contragolpe, Takeru lo interceptó con un gancho devastador al hígado y un grito estridente, "TENGO ALGO MÁS POR LO QUE LUCHAR". El cuerpo de Rihito se dobló. Pero Takeru no le dio respiro. Descargó una combinación brutal: derecha al rostro, izquierda al mentón… y un último uppercut. El cuerpo de Rihito cayó como un árbol derribado. —¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! … ¡Diez! ¡Fuera! El sonido de la campana marcó el final. Takeru, con el cuerpo cubierto de sudor, sangre y moretones, alzó el puño. No sabía cómo, pero había ganado.
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