—Al parecer nadie es merecedor de un poco de amor, ni de finales felices, ni de nada bueno... Parece un mundo de cadáveres parlanchines. ¿Qué diría el Arcángel Miguel si los escuchara? Sí... lo extraño. ¿Y tú, qué dices? ¿Te sientes desdichado y listo para morir, o prefieres un abrazo?

Le cuestionó al lobo que estaba frente a ella, con una expresión poco amigable. A pesar de su apariencia intimidante, ella mantuvo la calma. Sabía que, para él, no era más que una presa, su próxima comida, pero decidió no enfrentarlo. ¿Podía defenderse? Claro que sí, pero no tenía intención de pelear con el animal. La única batalla que permitía era la de miradas, una contienda muda que se libraba en ese instante.

Los gruñidos del lobo no lograban hacerla apartar los ojos de la oscura mirada del animal, ni despertaban en ella el más mínimo temor. Su quietud era desafiante, un acto de respeto mutuo, o quizá un simple capricho de su terquedad.
—Al parecer nadie es merecedor de un poco de amor, ni de finales felices, ni de nada bueno... Parece un mundo de cadáveres parlanchines. ¿Qué diría el Arcángel Miguel si los escuchara? Sí... lo extraño. ¿Y tú, qué dices? ¿Te sientes desdichado y listo para morir, o prefieres un abrazo? Le cuestionó al lobo que estaba frente a ella, con una expresión poco amigable. A pesar de su apariencia intimidante, ella mantuvo la calma. Sabía que, para él, no era más que una presa, su próxima comida, pero decidió no enfrentarlo. ¿Podía defenderse? Claro que sí, pero no tenía intención de pelear con el animal. La única batalla que permitía era la de miradas, una contienda muda que se libraba en ese instante. Los gruñidos del lobo no lograban hacerla apartar los ojos de la oscura mirada del animal, ni despertaban en ella el más mínimo temor. Su quietud era desafiante, un acto de respeto mutuo, o quizá un simple capricho de su terquedad.
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