La luz de la luna se filtraba por la ventana, dibujando siluetas inciertas en las paredes de la habitación. Iera estaba sentada, inmóvil, con la mirada perdida en un punto indefinido frente a ella. Sus manos descansaban sobre su regazo, ligeramente temblorosas, como si acabaran de soltar algo que no debía ser tocado.

El aire a su alrededor parecía detenido, cargado de una tensión que no podía explicarse. Un rastro de lágrimas corría por sus mejillas, pero no emitía sonido alguno. Su respiración, apenas perceptible, era irregular, como si estuviera atrapada en un sueño del que no sabía cómo despertar.

Algo brillaba a la luz tenue, un destello casi imperceptible en su cuello: una delgada línea de sangre que se deslizaba con lentitud hacia su clavícula. Iera no reaccionaba, como si el dolor no llegara a tocarla.

Desde las sombras de la habitación, algo crujió. Un ruido seco, apenas un eco que reverberó en su mente, pero no en su expresión. Su cuerpo no se movió. Solo sus ojos, con pupilas dilatadas, parecían buscar algo, o tal vez huir de aquello que había visto.

La silla rechinó levemente cuando su peso se inclinó hacia adelante, un gesto mínimo, pero lleno de una carga indescriptible. Su sombra en la pared parecía demasiado grande, demasiado alargada, como si algo más estuviera proyectándose junto a ella.

El silencio volvió, pesado y opresivo, mientras Iera permanecía allí, atrapada entre el instante presente y el recuerdo de aquello que la había llevado a ese estado. Y en la distancia, como un murmullo que el viento traía consigo, algo resonó. Pero Iera no reaccionó, porque ya no sabía si lo que sentía era real o solo el eco de su mente fracturada.
La luz de la luna se filtraba por la ventana, dibujando siluetas inciertas en las paredes de la habitación. Iera estaba sentada, inmóvil, con la mirada perdida en un punto indefinido frente a ella. Sus manos descansaban sobre su regazo, ligeramente temblorosas, como si acabaran de soltar algo que no debía ser tocado. El aire a su alrededor parecía detenido, cargado de una tensión que no podía explicarse. Un rastro de lágrimas corría por sus mejillas, pero no emitía sonido alguno. Su respiración, apenas perceptible, era irregular, como si estuviera atrapada en un sueño del que no sabía cómo despertar. Algo brillaba a la luz tenue, un destello casi imperceptible en su cuello: una delgada línea de sangre que se deslizaba con lentitud hacia su clavícula. Iera no reaccionaba, como si el dolor no llegara a tocarla. Desde las sombras de la habitación, algo crujió. Un ruido seco, apenas un eco que reverberó en su mente, pero no en su expresión. Su cuerpo no se movió. Solo sus ojos, con pupilas dilatadas, parecían buscar algo, o tal vez huir de aquello que había visto. La silla rechinó levemente cuando su peso se inclinó hacia adelante, un gesto mínimo, pero lleno de una carga indescriptible. Su sombra en la pared parecía demasiado grande, demasiado alargada, como si algo más estuviera proyectándose junto a ella. El silencio volvió, pesado y opresivo, mientras Iera permanecía allí, atrapada entre el instante presente y el recuerdo de aquello que la había llevado a ese estado. Y en la distancia, como un murmullo que el viento traía consigo, algo resonó. Pero Iera no reaccionó, porque ya no sabía si lo que sentía era real o solo el eco de su mente fracturada.
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