Habían pasado unas semanas desde aquella fiesta, desde aquel encuentro con tantas emociones.
El trabajo en la reserva era agotador y prácticamente vivía allí, apenas viajaba a Londres para poner en orden los documentos que el Ministerio de Magia requería. Eso no significaba que no estuviera pensando en ella, debatiéndose si debía escribirle o esperar; en escaparse a visitarla o si era demasiado precipitado. Así se sucedieron las semanas hasta que una cría de dragón decidió que era el momento de mandar a Teddy con un par de arañazos y una quemadura nueva a San Mungo.
Él mismo se había hecho los primeros vendajes y ahora se acercaba a la puerta de la consulta de Victoire. Escuchó risas en el interior y, antes de llamar, un apuesto medimago abrió la puerta desde el interior. Tras hacerse a un lado para que este saliera solo quedó una mirada de sorpresa e incomodidad que dirigió a Victoire, mucho antes de que su cabeza se montara su propia historia y le hiciera fruncir el ceño.
—Buscaré a otro medimago.
El trabajo en la reserva era agotador y prácticamente vivía allí, apenas viajaba a Londres para poner en orden los documentos que el Ministerio de Magia requería. Eso no significaba que no estuviera pensando en ella, debatiéndose si debía escribirle o esperar; en escaparse a visitarla o si era demasiado precipitado. Así se sucedieron las semanas hasta que una cría de dragón decidió que era el momento de mandar a Teddy con un par de arañazos y una quemadura nueva a San Mungo.
Él mismo se había hecho los primeros vendajes y ahora se acercaba a la puerta de la consulta de Victoire. Escuchó risas en el interior y, antes de llamar, un apuesto medimago abrió la puerta desde el interior. Tras hacerse a un lado para que este saliera solo quedó una mirada de sorpresa e incomodidad que dirigió a Victoire, mucho antes de que su cabeza se montara su propia historia y le hiciera fruncir el ceño.
—Buscaré a otro medimago.
Habían pasado unas semanas desde aquella fiesta, desde aquel encuentro con tantas emociones.
El trabajo en la reserva era agotador y prácticamente vivía allí, apenas viajaba a Londres para poner en orden los documentos que el Ministerio de Magia requería. Eso no significaba que no estuviera pensando en ella, debatiéndose si debía escribirle o esperar; en escaparse a visitarla o si era demasiado precipitado. Así se sucedieron las semanas hasta que una cría de dragón decidió que era el momento de mandar a Teddy con un par de arañazos y una quemadura nueva a San Mungo.
Él mismo se había hecho los primeros vendajes y ahora se acercaba a la puerta de la consulta de Victoire. Escuchó risas en el interior y, antes de llamar, un apuesto medimago abrió la puerta desde el interior. Tras hacerse a un lado para que este saliera solo quedó una mirada de sorpresa e incomodidad que dirigió a Victoire, mucho antes de que su cabeza se montara su propia historia y le hiciera fruncir el ceño.
—Buscaré a otro medimago.
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