Trabajar por su cuenta, sin estar ligado a ninguna entidad o Ministerio, significaba que tenía una montaña de papeleo en su propia habitación de la que no podía escapar. También significaba que podía escoger a qué sitio acudir imponiendo su propio horario o preferencia, lo que daba lugar a que terminara llegando a los sitios más tarde de lo que debería.

Cuando vio el sello de Gringotts sobre su escritorio en un pergamino cuidadosamente doblado (sí, todavía solían usarse lechuzas para ese tipo de encargos), le faltó tiempo para cambiarse de ropa, domar su cabello siempre despeinado y aparecerse frente a la puerta del banco de los duendes no sin generar cierta sorpresa entre los que entraban y salían. Mientras andaba por los silenciosos pasillos del lugar bajo la atenta mirada de cada uno de los duendes, fue leyendo el pergamino para saber qué rigurosa y bien pagada tarea tendría que llevar a cabo. Lo que no esperaba era que la raíz de su llamada fuera poder acceder a unas cámaras antiguas que alguien había intentado saquear y que, por ahora, se mantenía en el más estrecho silencio. Silencio que habían roto con él y, para su sorpresa, con cierta mujer que conocía muy bien y que ya se encontraba allí hablando con el duende que permitía el acceso a las profundidades.

—¿Investigando el tema que no puedo pronunciar en voz alta para evitar que a estos duendes les de un ataque al corazón? —susurra a su oído, cortando sin ningún tipo de vergüenza la conversación que mantenía.
Trabajar por su cuenta, sin estar ligado a ninguna entidad o Ministerio, significaba que tenía una montaña de papeleo en su propia habitación de la que no podía escapar. También significaba que podía escoger a qué sitio acudir imponiendo su propio horario o preferencia, lo que daba lugar a que terminara llegando a los sitios más tarde de lo que debería. Cuando vio el sello de Gringotts sobre su escritorio en un pergamino cuidadosamente doblado (sí, todavía solían usarse lechuzas para ese tipo de encargos), le faltó tiempo para cambiarse de ropa, domar su cabello siempre despeinado y aparecerse frente a la puerta del banco de los duendes no sin generar cierta sorpresa entre los que entraban y salían. Mientras andaba por los silenciosos pasillos del lugar bajo la atenta mirada de cada uno de los duendes, fue leyendo el pergamino para saber qué rigurosa y bien pagada tarea tendría que llevar a cabo. Lo que no esperaba era que la raíz de su llamada fuera poder acceder a unas cámaras antiguas que alguien había intentado saquear y que, por ahora, se mantenía en el más estrecho silencio. Silencio que habían roto con él y, para su sorpresa, con cierta mujer que conocía muy bien y que ya se encontraba allí hablando con el duende que permitía el acceso a las profundidades. —¿Investigando el tema que no puedo pronunciar en voz alta para evitar que a estos duendes les de un ataque al corazón? —susurra a su oído, cortando sin ningún tipo de vergüenza la conversación que mantenía.
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