La noche me abrazaba como un viejo amigo, pero esta vez no encontraba consuelo en su oscuridad. Las estrellas apenas brillaban entre las nubes, y el aire estaba cargado de humedad. Necesitaba salir. Mi casa se había vuelto un lugar opresivo, cada rincón resonando con aquella voz que ahora no solo aparecía en mis sueños, sino que se atrevía a hablarme incluso despierto.
El vino no bastaba ya. Aunque no solía recurrir al alcohol como solución, la desesperación comenzaba a apoderarse de mí. Si quería acallar el eco que me atormentaba, necesitaba algo más fuerte, algo que nublara mis sentidos hasta hacerme olvidar, aunque solo fuera por unas horas. Salir de allí era la única opción. Tal vez perderme entre el bullicio de otros seres, entre risas y ruido, podría otorgarme un momento de paz.
Elegí un bar en las afueras de la ciudad, uno donde pudiera pasar desapercibido. Su clientela no era del tipo que hiciera preguntas o miradas largas; eso me bastaba. Un lugar oscuro, lleno de sombras y de historias que nadie querría contar en voz alta. Justo lo que necesitaba.
—Lo más fuerte que tengas —dije al barman sin mirarlo, mi voz baja y cortante.
El vaso llegó rápido, el líquido oscuro y denso, prometiendo una embriaguez más rápida de lo habitual. Pero sabía que no sería suficiente. El alcohol no afectaba a mi cuerpo como lo hacía con los humanos, pero si bebía lo suficiente, podría entumecer esa parte de mí que seguía escuchando la maldita voz.
El vino no bastaba ya. Aunque no solía recurrir al alcohol como solución, la desesperación comenzaba a apoderarse de mí. Si quería acallar el eco que me atormentaba, necesitaba algo más fuerte, algo que nublara mis sentidos hasta hacerme olvidar, aunque solo fuera por unas horas. Salir de allí era la única opción. Tal vez perderme entre el bullicio de otros seres, entre risas y ruido, podría otorgarme un momento de paz.
Elegí un bar en las afueras de la ciudad, uno donde pudiera pasar desapercibido. Su clientela no era del tipo que hiciera preguntas o miradas largas; eso me bastaba. Un lugar oscuro, lleno de sombras y de historias que nadie querría contar en voz alta. Justo lo que necesitaba.
—Lo más fuerte que tengas —dije al barman sin mirarlo, mi voz baja y cortante.
El vaso llegó rápido, el líquido oscuro y denso, prometiendo una embriaguez más rápida de lo habitual. Pero sabía que no sería suficiente. El alcohol no afectaba a mi cuerpo como lo hacía con los humanos, pero si bebía lo suficiente, podría entumecer esa parte de mí que seguía escuchando la maldita voz.
La noche me abrazaba como un viejo amigo, pero esta vez no encontraba consuelo en su oscuridad. Las estrellas apenas brillaban entre las nubes, y el aire estaba cargado de humedad. Necesitaba salir. Mi casa se había vuelto un lugar opresivo, cada rincón resonando con aquella voz que ahora no solo aparecía en mis sueños, sino que se atrevía a hablarme incluso despierto.
El vino no bastaba ya. Aunque no solía recurrir al alcohol como solución, la desesperación comenzaba a apoderarse de mí. Si quería acallar el eco que me atormentaba, necesitaba algo más fuerte, algo que nublara mis sentidos hasta hacerme olvidar, aunque solo fuera por unas horas. Salir de allí era la única opción. Tal vez perderme entre el bullicio de otros seres, entre risas y ruido, podría otorgarme un momento de paz.
Elegí un bar en las afueras de la ciudad, uno donde pudiera pasar desapercibido. Su clientela no era del tipo que hiciera preguntas o miradas largas; eso me bastaba. Un lugar oscuro, lleno de sombras y de historias que nadie querría contar en voz alta. Justo lo que necesitaba.
—Lo más fuerte que tengas —dije al barman sin mirarlo, mi voz baja y cortante.
El vaso llegó rápido, el líquido oscuro y denso, prometiendo una embriaguez más rápida de lo habitual. Pero sabía que no sería suficiente. El alcohol no afectaba a mi cuerpo como lo hacía con los humanos, pero si bebía lo suficiente, podría entumecer esa parte de mí que seguía escuchando la maldita voz.