𝕃𝕝𝕖𝕘𝕦𝕖́, 𝕥𝕣𝕒𝕓𝕒𝕛𝕖́, 𝕥𝕖𝕣𝕞𝕚𝕟𝕖́ 𝕪 𝕞𝕖 𝕗𝕦í
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Nombre registrado:
Kenji «Ken» Saito
Nombre abandonado: 
Kento Nanami
Edad Aparente:
30 - 33 años.
Raza: Humano
Grado: 1
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«Morir en el campo de batalla es un desperdicio estadístico. No hay gloria en ser un cuerpo más bajo la lluvia, recordado solo por una placa de metal en un templo vacío. La verdadera resistencia consiste en llegar a viejo, pagar las facturas a tiempo y lograr que nadie recuerde tu rostro». — Kenji

CAPÍTULO I: EL DESGASTE DE LA TINTA

La decisión de dejar la hechicería no nació de una epifanía espiritual, sino de un cálculo frío en mitad de una noche de invierno. Kento miró sus manos, desgastadas por los mangos de las armas y la tensión de la energía maldita, y comprendió que el sistema no tenía un final feliz para hombres como él. El mundo de lo oculto era una máquina de moler carne que se alimentaba de la juventud y devolvía cenizas.

Vio caer a los mejores. Vio la locura asentarse en los ojos de sus compañeros y el peso del deber transformarse en una soga invisible. Tras una misión especialmente cruenta en los distritos periféricos de Tokio, donde el olor a azufre y sangre se le quedó pegado a la piel durante semanas, tomó la determinación. No esperaría a ser la próxima baja en un informe confidencial.

Entonces comenzó; el proceso de desaparecer requirió la misma precisión que aplicaba en sus combates. No hubo despedidas ni cartas de renuncia. Aprovechando un colapso en los registros del cuartel general tras un ataque enemigo, el rubio alteró los informes forenses, quemó sus huellas dactilares espirituales y dejó atrás un cadáver falso y un rastro lo suficientemente confuso como para que el gremio lo diera por muerto en combate. Su nombre había dejado de existir; solo quedaba el papeleo.


CAPÍTULO II: LA NAVE DEL OLVIDO

Saito nació en una oficina de registro civil a trescientas millas de Tokio, en una ciudad portuaria e industrial donde el cielo siempre es del color del zinc. Es un lugar donde la humedad del océano se mezcla con el humo de las chimeneas de las fábricas y el rugido sordo de los barcos de carga que atracan al amanecer. Aquí, a nadie le importa de dónde vienes, siempre y cuando tu documentación esté en regla y no causes problemas en los muelles.

Con los meses encontró su refugio en la firma Logística Marítima Kanagawa. Su trabajo como Auditor de Riesgos e Impuestos era la antítesis del caos que había dejado atrás. Frente a él ya no se extendían criaturas deformes nacidas de la miseria humana, sino columnas de números, balances de importación y declaraciones de aduanas. Los números eran predecibles, lógicos y, por encima de todo, pacíficos. Si un balance no cuadraba, la solución estaba en los libros, no en un enfrentamiento de vida o muerte.

Se acostumbró rápidamente a la bendición de la monotonía: llegar a las ocho de la mañana, acomodar sus gafas sobre el puente de la nariz, almidonar los puños de sus camisas y salir exactamente a las cinco de la tarde. Su apartamento, un espacio minimalista con vistas a las grúas del puerto, se convirtió en su santuario de silencio.


(En producción...)