La noche caía silenciosamente sobre aquella profunda isla, lejana y envuelta en un manto de niebla para que nadie la encontrara. A la par, el viento sacudía con fuerza las hojas de los árboles, y los animales, inquietos, buscaban un pequeño refugio entre la maleza y el resto de la vegetación, al son de pasos que se acercaban a la orilla de la costa, como un fantasma, la silueta humanoide de cierto alquimista contemplaba a la distancia como pequeñas luces que se abrían paso en el blanquecino manto de humedad desbordaban de temor a las pobres criaturas que huían con el ruido de sus máquinas. Una pequeña flota de barcos, ⸢ 𝗧𝗿𝗶𝗰𝗲𝗹𝗹 ⸥, en sus cubiertas, con un símbolo compuesto de dos pentágonos unidos por un grupo de líneas negras, sobre ellos, multitud de hombres ambiciosos en búsqueda de recursos por explotar... el viejo mundo había olvidado muchas cosas, pero jamás sus ''buenas costumbres''... rápidamente el alquimista se fundió con la oscuridad, frente a la vista de dos marineros que presenciaron a su gran distancia un pequeño borrón que aparentemente se movía entre los árboles.
— Oye. —
Murmuró el primero de ellos, inquieto, era un hombre de alrededor de treinta años, de barba descuidada, con un sombrero de explorador, y prendas que al igual que su camarada, recordaban a un cazador furtivo; llevaba entre sus manos una pequeña pistola calibre veintidos para dardos tranquilizantes. Se podía percibir cierta inquietud entre sus profundos ojos azules.
— ¿Viste eso? —
Preguntó, señalando hacia la costa, pronta a arribar con el resto de la tripulación.
— ¿De qué estás hablando, Mitch? —
Interrogó su compañero, con una ceja levantada, el segundo era de tez morena, con cabello negro en forma de rastas, y llevaba consigo un pequeño rifle de carga rápida, cuando los barcos repentinamente se sacudieron de golpe... habían tocado la costa... los tres, aquellos armatostes de metal se sacudieron violentamente, arrebatándoles un susto a sus tripulantes...
— ¡Me cago en...!, ¡Avisa cuando vas a encallar, 'joputa! —
Gritó Mitch con rabia, dando un pequeño salto para contemplar la isla... Los rumores eran ciertos... la luz de la linterna de su arma iluminaba pobremente la orilla de lo que parecía una maravilla natural sin precedentes, desconocida de la mano del hombre, pero añorada y contada entre las leyendas de antiguos y actuales marineros... ¿Qué habría allí?, ¿Oro, animales exóticos para extirpar su piel?, ya el solo pensar en las riquezas que aquella isla traería para ellos dibuja en los rostros de los tripulantes codiciosas sonrisas, a la par que los ojos penetrantes del alquimista los observaban en silencio, entre la maleza y los árboles... su sombra se movió nuevamente, pero para buena -o mala- suerte de los recién llegados, dicho movimiento no fue registrado... ni percibido.
— Disculpa, Mitch, ¿acaso te lastimaron la vagina? —
De los barcos múltiples hombres empezaron a descender, eran alrededor de treinta de ellos, distribuidos equitativamente por cada embarcación. Bajaban cargamentos, establecían campamentos en la costa... algunos de ellos, se sentaban a beber alcohol y se abrazaban a si mismos, pues el viento que las olas cargaban consigo era frío y avasallador...
— C-Cierra la boca, J-Jason, me estoy muriendo de frío... —
— Vamos, no seas marica. ¿Por qué no pruebas un poco de mi ginebra? —
Ambos amigos se pusieron a charlar de cosas triviales... mujer, hijos, que harían con la parte de la riqueza que su jefe les había prometido si conseguían asegurar la isla.
— Ya sé, me compraré una casa en Las Bahamas, y mandaré a mi mujer al diablo, me casaré con una noruega de 20 años... —
— Vete al carajo, ¡yo apostaré todo al casino! —
— ¡Oigan, ustedes dos, será mejor que muevan sus apestosos culos!, nos matarán si no ponemos los radares... —
Entre quejas y refunfuños, los hombres se pusieron a trabajar... sin embargo, uno de ellos decidió abrir la caja de pandora... con más ganas de orinar que sentido común, uno de los cazadores furtivos se separó del grupo, su nombre no era relevante, su profesión tampoco, la mejor manera de definirlo era decirle 'don nadie', nadie se acordaba de su nombre, ni de su papel... pero él era feliz... y también, terriblemente ingenuo. Cuando llegó a una piedra cubierta de moho, el sonido húmedo de su orina 'limpiando la roca' y su suspiro de gusto fueron la campana necesaria para que una sombra gigantesca se sumiera a sus espaldas. No hubo tiempo ni si quiera de cargar el arma, los gritos del don nadie llenaron aquella boscosa costa con alerta, temor... horror... disparos, luces intermitentes... y luego, un terrible silencio.
¿Qué había eso?, fue la pregunta general, hasta que, de treinta hombres... ahora solo había 29.
— Keith. —
Murmuró Mitch con la voz temblorosa.
— Vayan a ver. —
Advirtó uno de los capitanes de los barcos, era un hombre alto, casi de dos metros, de barba frondosa, tez blanca y con uno de sus ojos completamente ciego... tenía cabello corto, y se notaba por su voz y su temple que no era de recibir 'no' por respuesta. El dúo de cazadores inmediatamente se adentró en el bosque... y el resto de hombres, siguieron su ejemplo, hasta que en la costa solo quedaron alrededor de seis. La cacería había comenzado...
El alquimista no hablaba, ya había olvidado lo que era luchar, ahora era un cazador, un hombre de pocas palabras que solo vivía para hacer feliz a su esposa y a sus hijos, que yacían en su cabaña, lejos de la terrible masacre que estaba a punto de desatarse. Mitch y Jason eran buenos amigos, compinches, pero con almas sádicas y codiciosas, no temían utilizar la fuerza que les brindaban sus armas para transmitir falsa seguridad, y conseguir lo que querían, amantes de las mujeres de la noche, el alcohol, las apuestas... pero hasta eso, no eran malas personas... solo tuvieron la mala fortuna de toparse con el individuo equivocado. Jason hacía una pequeña marca en un árbol, según él, para no perderse... pero Mitch apuntaba con su pistola para cualquier rincón... hasta que escuchó el quiebre de una rama.
— ¡QUIETO! —
Gritó Mitch disparando violentamente contra lo que sea que quebró la rama, lo último que se escuchó fue el pobre alarido de una madre pinzón breso, una de las hermosas maravillas voladoras de la isla, un ave que cayó completamente sedada y herida en sus alas por los dardos que el cazador había disparado... una respiración agitada, seguida de una risa seca le devolvió el aliento.
— Solo era un pájaro de mierda... aunque es la primera vez que veo uno así... —
— Te pasaste, retardado. Aunque se ve bastante gordo y comestible... ¿Quieres probar una nueva variedad de...? —
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ㅤ ㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤL̹̒̍̐̏́̏̋ᴏ̛̤̦̓̀̓ ᴠ̤̐̐̀̍̔́ᴏ̣̦̓́̋̋́ʏ̖̣̍́̐̔͒ ᴀ̛̈́̋̈̍̔̐ ᴅ̛͈̒̔̎ᴇ̖̩̋̓̀͋ᴄ̛̤̓̎̒̕ɪ̦̹̓̋͒ʀ̤̜̔̎̓̇̋́ s̛̖̓̒̓̈́̏ᴏ̤̀̓̓̏ʟ̋̇̒̇̎̓ᴏ͈̜̔́̀̈́̈ ᴜ̹̩͈̦̀̓̐́̕ɴ̩̤̒̍̀̓̒ᴀ̹̦̋͋̇͋ ᴠ̹̜̔̍̎̈́ᴇ̣̤͋̋̍ᴢ̛̩͋̇̎̈̈,̛̖͈̖̣̍ ʜ̛̩̤̜̍̇̔̎ɪ̦͈͈͋̀͒̕̕ᴊ̛̛͈̦͈͒̈́ᴏ̗͈̖̏̓́́̓̕s̜̣̎̐̒ ᴅ̩̹̓̀̈̀ᴇ̜̈̍́̍̏̀ ᴘ̈̎̈͒̀ᴇ̛͈͈̩͋͒̎̔ʀ̖̣̇̀́͋ʀ̖͈̍̓̓̋̐̕ᴀ̛̦͋̎̀̈.̣̩͈̏̍͒̓
Una voz sepulcral, de ultratumba resonó en el eco del pequeño bosque de la isla, alertando a los dos cazadores que se pusieron espalda con espalda, sin embargo, ambos temblaban de miedo, dicha vociferación sonaba molesta, como un demonio que salía de las entrañas de la tierra para tragarse sus almas.
ㅤ ㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤ ㅤ ㅤㅤ ㅤ𝗟̛̏̐̀̐̔̋𝗔̜̦̏͒̀͋̀̏̕𝗥̗͒̋̒́𝗚̣̹̗͈̒̕𝗢̗̹̍̇̔̇̕ 𝗗̣̤̓̋̇̓̔̀̈́͒𝗘̗̣̖̒̓̋ 𝗠̣̦̣̓͋̎̔𝗜̹̖̈̎̀̀̇ 𝗜̦̦̏͋́̔̍𝗦̛͈͋̎̓̕𝗟͋̏̈̎̀̔́̋𝗔̗̗̜̈̀̕ ⵑ̛̣̩̩͈̤̀̀̀
Gritó aquella voz monstruosa, bastando eso solo para que ambos cazadores empezaran a disparar a lo que sea que se movía entre los árboles, balas y dardos por igual, hasta que solo se escuchaba el clic de un arma que ya no tenía munición... cada disparo, cada impacto era retenido por una sombra que se movía violentamente de un lado a otro con una velocidad sobrehumana, arrastrando consigo un brillo rojo que delataba su silueta humanoide. Era un hombre de 1.78 de estatura, cubierto por una túnica negra vieja que no dejaba ver su rostro... levantó la mano, dejando caer todos los dardos y las balas, y en un parpadeo se afrontó con aquellos cazadores cuyas piernas tiritaban del horror.
— P-P-Por favor... n-no... J-Ja...Ja-son... h-haz... ¡AGHGGGHHH! —
La mano del misterioso ente tomó del cuello a Mitch, apretando con fuerza el mismo hasta dejarlo sin aire... no lo mató; ya que no quería compartir sus asquerosos principios, pero sin embargo, Jason no se quedó a averiguar el fatídico destino de su camarada, salió corriendo, encontrándose con el resto del equipo que inspeccionaban el lugar, haciendo una pequeña fogata... y bebiendo cerveza entre ellos... Claro, al menos, hasta que el alboroto los llevó a tomar sus armas, y la llegada de su compañero los obligó a preguntar.
— ¿¡Qué mierda fue todo eso!? —
Preguntó el capitán, adelantándose.
— ¡H-HAY QUE IRNOS DE AQUÍ, H-HAY UN, UN FANTASMA, T-TIENE A MITCH! —
— ¿¡Un fantasma!?, no seas maricón, ¡debe ser un animal...! —
Fue entonces que el golpe seco de un cuerpo cayendo sobre la fría y húmeda tierra les llamó la atención, era su amigo, desmayado... estaba golpeado como si hubiese sido apalizado por un grupo de animales salvajes... pero no, aquella golpiza no había sido de ningún animal... era de algo mucho peor. El silencio reinó, junto con el pánico, pero cualquier grito era nada cuando el sonido violento de electricidad y una luz roja iluminaron aquella noche despejando con un viento feroz la poca neblina que quedaba.
— Odio el ruido nocturno... pero a los invasores los odio más. —
Dijo aquella misteriosa figura, retirándose la capucha de la túnica... era un hombre joven, rozando los treinta años... de rostro pulcro, pero que parecía haber presenciado toda clase de dificultades... su cabello era largo, castaño, y tenía ojos verdes profundos y propios de un depredador. El sonido de rifles, pistolas, ballestas, y toda clase de armamentos alertó sus sentidos, liberando de sus labios una pequeña nube de vapor azul... el capitán frunció el ceño con evidente disgusto... pues había algo que el viejo mundo, había aprendido... había gente poderosa oculta en las sombras, no en el sentido monetario, o político, o cualquier otro figurativo... gente que tenía poder, que sus armas, por muy avanzadas que fueran, quedaban en ridículo ante individuos que podían moverse más rápido de lo que cualquier bala podría perforar. El capitán intentó hablar, mediar palabras... pues desatar un conflicto era obviamente una desventaja, para ambos.
— Solo venimos a explorar... —
— Con armas... —
El alquimista era tajante, no los quería allí, y no iba a negociar... comenzó a caminar lentamente, su andar tranquilo alertó a uno de los cazadores, quien disparó a quemarropa con su rifle, asestando un balazo en la frente del protector de la isla... su capitán rápidamente tomó el arma y lo reprendió... pero la sorpresa y el horror de los hombres no tardó en llegar cuando se percataron de que aquél individuo no solo había recibido el disparo, si no que la bala se había abollado en su frente como si no fuera nada, dejando apenas un minúsculo raspón.
— Seré breve. —
El capitán pasó saliva... el castaño levantó su mano, cada dedo representaba un minuto. El líder de la operación intentó hacerse el valiente, avanzando hacia el castaño como si aquella advertencia no le importara.
— Tienen cinco minutos para largarse de mi isla... —
Los relámpagos negros explotaron violentamente, haciendo que todos los hombres soltaran sus armas por el impacto... el capitán rápidamente fue sometido y noqueado cuando un derechazo brutal que sonó como si una bala de cañón le impactara en la cara cayó sobre su mandíbula dislocándola en el acto... el hombre cayó en gritos, en pánico y se arrastró hacia su tripulación, sin embargo, el pie del alquimista se puso debajo del abdomen de aquél pobre diablo que fue levantado como un costal de papas, lanzado contra una de las tiendas de campaña, derribándola en el acto... en ese instante, el de túnica negra se dió la vuelta, y los hombres empezaron a correr... entre ellos gritaban frases extrañas: 'Es un condensador', 'no podemos hacer nada', 'tenemos que largarnos de aquí', un par de ellos lograron adelantarse lo suficiente, pero lo profundo del bosque los atoró, el alquimista llegó detrás de ellos, rápidamente golpeando sus cuellos con caratazos firmes que acabaron con su conciencia en segundos. Uno a uno, cada uno de ellos iba cayendo, muchos de ellos, lanzados por los aires, otros estampados contra los árboles, o contra las rocas... pero al final, toda la tripulación, al cabo de una hora, se encontraba en la costa, completamente apalizada... a excepción de uno... Jason; el cazador de rastas, que estaba en suelo, casi que queriendo orinarse del miedo cuando aquél hombre lo tomó del cuello de su camisa y lo levantó como si fuera una pluma.
— P-Por favor, n-no me mates... —
La mirada esmeralda del alquimista se afiló, apretando el agarre.
— No soy como ustedes... tengo principios... y valores... respeto la vida, incluso de seres así de despreciables y cobardes... —
Lo dejó caer, como si no significara nada... y empezó a caminar hacia los barcos... apoyó su pie en uno de ellos... y con una fuerza digna de un Hércules, pateó la embarcación contra la otra produciendo un estallido brutal... el agua se encargaría de tragarse el resto de lo que sea que hubiera allí. Comida, agua potable, balas, armas, todo se había perdido, solo quedaba uno de los barcos con apoyo logístico... pero lo más aterrador no fue la fuerza de ese misterioso hombre, si no lo que sucedió después... la última embarcación tenía un pequeño bote de emergencia... y el alquimista acercó su mano a él. Jason, atónito, no sabía como reaccionar... cuando vió que una extraña masa negra salía de las manos de ese hombre, convirtiendo aquella canoa en nada misma, como si un poder ancestral y maligno devorara la madera como una horda de termitas. El moreno empezó a mover sus piernas, tratando de alejarse, agarrando una pistola que se encontraba en el suelo, de alguno de sus compañeros desmayados, y disparó a quemarropa... pero el alquimista se adelantó, poniendo su mano en el cañón del arma y produciendo el estallido de la misma, dejando una pequeña estela de sangre y dedos arrancados en la mano de aquél cazador furtivo que se retorcía de dolor en el suelo.
Sus gritos de agonía llenaron la costa de horror, alejando a los pocos animales que veían el alboroto... el de túnica negra miró a su oponente casi con lástima, era tan patético... pero le daría una última oportunidad, se agachó, a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos verdes brillaban con una furia incontrolable, como si estuviera a punto de permitirse el arrebatarle la vida a un ser tan insignificante y cobarde... solo para librarlo de su miseria.
— Dile algo a los que te enviaron aquí... Quiero que les des a entender una cosa... —
Tomó el brazo sano de aquél hombre... aunque intentó forcejear, simplemente era imposible... un tirón bastó, lo dislocó, reventando el hueso y arrancándole el gemido de dolor más lastimero que un ser humano podría escuchar... era una advertencia.
— Los quiero a todos fuera de aquí... si no se van en dos horas... volveré... —
Los pasos discretos del alquimista avanzaron nuevamente hacia el interior del bosque... una pequeña mariposa costera de la isla se posó sobre su hombro... él no se dió la vuelta, no pensaba ayudarlos... en lo absoluto, ellos deberían arreglar su desastre. Solo asomó su rostro por encima del hombro, mirando al invasor con una fríaldad propia de un animal salvaje.
— ...Y los asesinaré. —
Jason se levantó como pudo, no podía siquiera sostener su arma.
— ¿¡Q-QUIÉN ERES...!?, ¡¿QUIÉN DEMONIOS ERES TÚ...!? —
— ...El guardián de esta isla... Vete a casa... imagino que debes tener familia. —
Aquella afirmación ablandó el semblante del cazador, quien, confundido, solo ladeó la cabeza sin comprender del todo.
— No quiero hacer algo que entristezca a tu familia... vete a casa... busca un trabajo más noble. Y no regreses aquí... Por favor... limpien todo cuando terminen... —
La sombra del alquimista se perdió en la noche, los marineros hicieron lo que pudieron, despertaron al cabo de una hora... y cuando el alquimista regresó, pudo ver el único barco marchando a todo vapor lejos de su isla. El viento arreció con fuerza... en sus manos sostenía al ave sedada que respiraba débilmente, su fin estaba cerca... y en los ojos verdes del protector de la isla reinaba una profunda tristeza... se aseguró de darle un entierro digno, con pequeñas flores y con los ritos adecuados; al menos, como su esposa lo hacía. Se retiró, cuando fue el momento, pero el viejo mundo inventó una leyenda.
Una leyenda sobre un fantasma protector, en una isla a mil kilómetros de la costa este de los Estados Unidos de América, virgen, con recursos por explotar y maravillas por descubrir... pero los marineros que regresaron alertaban...
Que la flora y la fauna tenían un ángel protector, que no dudaría en ser un demonio para ellos de ser necesario.