Baal. Su nombre resonaba en cada rincón de la Ciudad de Plata. Creado por Dios para ser un guerrero poderoso, valiente y protector, encarnaba todo aquello que se esperaba de un soldado celestial. Y eso era Baal: un soldado obediente, fiel y entregado a su familia, pero sobre todo a la misión que su padre le había encomendado.

Durante incontables eras sirvió con una lealtad absoluta. No cuestionaba las órdenes de Dios ni el lugar que ocupaba dentro de la creación. Era un soldado disciplinado, poderoso y valiente, convencido de que la familia era el pilar sobre el que descansaba el universo.

Sin embargo, todas sus certezas se rompieron una tarde cuando patrullaba los eternos jardines de la Ciudad de Plata y encontró a Miguel y a Lucifer entregados el uno al otro, amándose.

Habló con Lucifer y, al escucharlo, supo que había hecho lo correcto. Su hermano amaba con ternura a Miguel y era feliz, así que no encontraba razón para condenar algo que no dañaba a nadie. Pero incluso en la Ciudad de Plata existían tragedias, y un día aquella felicidad que tanto celebraba en su hermano se hizo añicos. Con ella, también comenzó a resquebrajarse el mundo que Baal había conocido durante toda su existencia.

Mientras muchos vieron una transgresión imperdonable, Baal fue testigo de algo muy distinto. Vio a Lucifer amar con una sinceridad que jamás había presenciado. Vio a su hermano entregar cuerpo, alma y corazón a alguien en quien confiaba plenamente. También vio cómo esa confianza era destruida.

Observó cómo Miguel eligió el favor de Dios por encima del hombre que decía amar. Observó cómo sus hermanos condenaban a Lucifer. Observó cómo su propio padre castigaba a uno de sus hijos en lugar de protegerlo y, por primera vez desde su creación, Baal dudó.

Y Dios no necesitaba un soldado que dudara.

Supo de los planes de rebelión de Lucifer y decidió apoyarlo. No lo consideró un acto de traición, sino la consecuencia inevitable de una injusticia que nadie parecía dispuesto a reconocer. No actuó por ambición ni por sed de poder. Tampoco por odio hacia su padre. Lo hizo porque, después de observar todo cuanto había ocurrido, llegó a una conclusión de la que jamás se ha apartado: Lucifer fue víctima de una profunda injusticia.

Para Baal, su hermano únicamente reclamaba el derecho a amar libremente y se negaba a aceptar el destino que otros habían elegido para él.

Por ello lo siguió.

Pero todas las decisiones tienen consecuencias y la suya fue perderlo todo. Perdió su hogar, perdió a su padre, perdió a sus hermanos. Todo aquello que alguna vez había sido valioso y preciado para él desapareció en un instante.

A diferencia de muchos de los Caídos —nombre con el que serían conocidos los ángeles que siguieron a Lucifer en su cruzada—, Baal jamás se consideró un traidor. Hasta el día de hoy sostiene que fue leal al propósito para el que fue creado.

Cuando la familia abandonó a uno de los suyos, él se negó a hacerlo.

Los milenios transformaron profundamente al antiguo ángel guerrero. La caída, la guerra y el exilio lo volvieron más frío, pragmático y reservado. Aprendió a observar el mundo desde una perspectiva práctica, donde la muerte, el castigo y la violencia dejaron de ser cuestiones emocionales para convertirse en simples realidades inevitables.

Durante siglos vivió convencido de que el amor era una fuente inevitable de sufrimiento. La historia de Lucifer parecía demostrarlo.

Durante mucho tiempo creyó que había comprendido todo lo que había que comprender sobre el amor observando la tragedia de su hermano.

Estaba equivocado.

La Tierra le mostró un mundo distinto al que había conocido en la Ciudad de Plata y fue allí donde, por primera vez en toda su existencia, se enamoró.

Aquella experiencia estuvo lejos de ser sencilla. El amor lo llevó a cometer errores que todavía le persiguen y dejó cicatrices que aún no terminan de sanar. Por primera vez comprendió desde dentro la vulnerabilidad que acompaña a quienes entregan su corazón a otra persona.

Aquello cambió su forma de ver el mundo.

Por primera vez entendió que el amor no era únicamente una fuerza capaz de destruir.

También podía ser una razón para vivir.

Hoy, Baal continúa siendo uno de los aliados más leales de Lucifer Morningstar y uno de los defensores más implacables de los Caídos. Sigue creyendo que algún día regresarán a la Ciudad de Plata y que la injusticia cometida contra su hermano será finalmente corregida.

Pero por primera vez en miles de años, su mirada ya no está puesta únicamente en el pasado.

Ahora también contempla el futuro.

Un futuro que jamás imaginó posible.

Un futuro donde quizás exista algo más importante que la guerra, la venganza o las viejas heridas.

Un futuro donde, después de una eternidad luchando por proteger a los demás, finalmente aprenda a permitirse ser amado.