ᴀᴄᴛ ɪ. 𝔐𝔬𝔲𝔯𝔫𝔣𝔲𝔩 𝔓𝔦𝔤𝔢𝔬𝔫
Fuera de la botica de Odette Hemlock un carruaje llegó poco antes del anochecer.
Era un carruaje negro completamente. Sin escudos familiares ni adornos ostentosos, aunque los caballos lucían demasiado bien alimentados para pertenecer a alguien humilde. El cochero no habló más de lo necesario; Solamente entregó una carta sellada con cera color vino y esperó mientras Odette terminaba de guardar sus frascos y hierbas.
La invitación estaba escrita con una caligrafía elegante, temblorosa en ciertos trazos.
"𝘚𝘦 𝘳𝘶𝘮𝘰𝘳𝘦𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘶𝘴𝘵𝘦𝘥 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦 𝘳𝘦𝘮𝘦𝘥𝘪𝘰𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘮𝘦𝘥𝘪𝘤𝘪𝘯𝘢 𝘺 𝘭𝘢 𝘧é 𝘯𝘰
𝘤𝘰𝘯𝘴𝘪𝘨𝘶𝘦𝘯 𝘢𝘭𝘪𝘷𝘪𝘢𝘳.
𝘓𝘦 𝘳𝘶𝘦𝘨𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘤𝘦𝘥𝘦𝘳𝘮𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦 𝘥𝘦 𝘴𝘶 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰.
— 𝘓𝘢𝘥𝘺 𝘈𝘷𝘦𝘭𝘪𝘯𝘦 𝘋'𝘈𝘳𝘵𝘰𝘪𝘴."
Una mansión se alzaba lejos del centro de la ciudad, donde las campanas de la catedral apenas llegaban como ecos enfermos. Todo en aquella casa parecía demasiado vivo: los candelabros dorados, las cortinas de terciopelo pesado, las rosas frescas decorando los largos pasillos. Las vestimentas en colores pastel, elegantes y opulentas. Un lujo casi ofensivo para una mujer viuda.
Lady D'Artois recibió a Odette con una sonrisa delicada pero había algo vacío en ella.
— La Herborista del Luto…— Reconoció, observándola como si hubiese esperado verla desde hacía años.—Temía que los rumores exageraran menos su apariencia.
No hubo hostilidad en sus palabras, solo chocante honestidad.
La cena fue esplendida:
Carne suave bañada en vino tinto. Pan recién horneado. Frutas frescas. Música tenue proveniente de algún rincón del salón contiguo. La viuda hablaba poco, aunque se aseguraba de que la copa de la herborista jamás permaneciera vacía y de que los sirvientes atendieran cada mínimo detalle con precisión enfermiza.
Pero Odette notó ciertas cosas; Las manos de la viuda temblaban al escuchar las campanas de la catedral a la distancia... Y jamás tocó el postre.
El silencio verdadero llegó con el té.
La mujer sostuvo la taza entre ambas manos, observando la infusión como si en el fondo pudiera ver algo peor que su propio reflejo.
— Cuando era niña… Formé parte del coro de la iglesia de esta ciudad.—Su voz seguía siendo elegante. Demasiado elegante para una confesión así.—El obispo decía que las niñas con voces puras eran más cercanas a Dios...
Una ráfaga de viento golpeó los vitrales de las enormes ventanas del salón, haciendolos vibrar.
— Me escogió a mí cuando tenía siete años.— No lloró, ni siquiera bajó la mirada.
Eso volvía todo más insoportable.
— Mi familia dependía de la bendición de la iglesia. Del prestigio. Del apellido...—Sus dedos apretaron la porcelana hasta hacerla crujir un poco.— Así que aprendí a callar. Cada domingo. Cada oración... Cada vez que me llevaba a sus aposentos después del coro.
Odette pudo percibirlo entonces: Odio. Un odio viejo, conservado durante años.
— Cuando tuve mi primera sangre… Dejó de tocarme.— Lady D'Artois sonrió, pero fue una sonrisa podrida, llena de amargura.—Demasiado mujer para su gusto, supongo.
El enorme reloj del salón marcó la medianoche con un lúgubre eco que resonó en el enorme salón.
— Ahora mi sobrina cumplirá siete años en tres semanas.— Por primera vez, la voz de la mujer se quebró.— Y él ya la ha mirado...
El silencio cayó sobre la mesa como tierra sobre un ataúd.
La viuda se puso de pie lentamente y caminó hacia una vitrina, llena de porcelana preciosa y delicada. Al abrir uno de los cajones, sacó una bolsa pesada que dejó frente a Odette. Monedas de oro. Muchísimas.
— Quiero que muera.— Dijo al fin.— No rápido. No en paz... Quiero que rece mientras su cuerpo se pudre desde dentro. Quiero que comprenda el miedo que sintieron todas esas niñas cuando cerraba la puerta...
Sus ojos encontraron los de Odette.
—He escuchado historias sobre usted, señorita Hemlock. Historias sobre misericordia… Y sobre venenos capaces de parecer enfermedades enviadas por Dios.
La llama de las velas tembló cuando otra ráfaga de viento hizo vibras los vitrales. Un relámpago iluminó toda la sala.
— Dentro de una semana lo recibiré aquí para cenar...— La mujer deslizó la invitación sobre la mesa, empujándola suavemente hacia Odette.— Hasta entonces, considere esta propiedad su hogar. La casa de huéspedes del jardín estará a su disposición, al igual que un cobertizo donde podrá trabajar con tranquilidad. Todos los materiales que requiera correrán por mi cuenta, así que no permita que eso le preocupe, señorita Hemlock.
El sello de la iglesia brillaba con destellos dorados en el papel.
— Cree algo digno de un monstruo.
𝕱𝖎𝖓𝖎𝖘 𝖆𝖈𝖙𝖚𝖘 𝕴.

ᴀᴄᴛ ɪɪ. 𝔖𝔬𝔯𝔬𝔯 𝔖𝔲𝔦 𝔈𝔵𝔠𝔦𝔡𝔦𝔲𝔪
El rocío de la mañana cubría desde temprano los alrededores de la propiedad Valmont.
Durante el día, los bosques parecían inofensivos: senderos húmedos cubiertos de hojas secas, árboles viejos inclinándose unos sobre otros como ancianos conspirando en silencio.
Pero al caer la tarde, todo adquiría una apariencia distinta. El aire se volvía espeso, las ramas semejaban dedos deformes y el canto de los pájaros desaparecía demasiado rápido.
Odette avanzaba sola entre la humedad del pantano, levantando apenas el borde de su falda negra para evitar que el agua estancada la devorara por completo. Su cesta colgaba de un brazo mientras la otra mano apartaba lentamente los juncos.
Belladona, acónito, estramonio, raíz de cicuta creciendo entre piedras húmedas.
La naturaleza siempre había sido cruel. Los humanos solamente fingían sorprenderse cuando descubrían que las flores también podían matar.
Odette se arrodilló junto a un pequeño grupo de flores violáceas nacidas alrededor del cadáver de un animal, hundido a medias en el barro. El cuerpo llevaba suficiente tiempo allí para que la piel se hubiese confundido con la tierra.
Con delicadeza apartó algunos pétalos y murmuró en voz bajita, apenas para escucharse ella misma.
—La muerte alimentando vida otra vez…
Aquello no le perturbaba. Lo que la perturbaba era otra cosa: La petición de la viuda seguía clavada en su cabeza como una espina bajo la piel.
"𝘘𝘶𝘪𝘦𝘳𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘢."
No era la primera vez que alguien acudía a ella buscando venenos. Algunos querían herencias. Otros deseaban venganzas pequeñas y miserables. Maridos cansados de sus esposas. Hijos ansiosos por ocupar una silla familiar antes de tiempo. Sin embargo, Odette siempre los rechazaba.
Ella daba descanso a quienes sufrían, calmaba dolores, acortaba agonías inevitables cuando la enfermedad ya había devorado toda esperanza.
Pero aquello… Aquello era asesinato.
Hundida en ese constante pensamiento, ni siquiera notó que sus dedos apretaron la raíz recién arrancada.
Aunque cada vez que intentaba convencerse de ello, la voz de la viuda regresaba.
"𝘔𝘦 𝘦𝘴𝘤𝘰𝘨𝘪ó 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘵𝘦𝘯í𝘢 𝘴𝘪𝘦𝘵𝘦 𝘢ñ𝘰𝘴..."
Odette cerró los ojos.
Siete años. Demasiado pequeña para comprender el significado del miedo y aun así obligada a aprenderlo.
Continuó caminando hasta llegar al viejo cementerio detrás de la capilla abandonada de la región. Las lápidas inclinadas emergían entre la maleza como dientes podridos, y entre ellas crecían flores pálidas alimentadas por siglos de cuerpos enterrados.
Ahí encontró lo último que necesitaba: Dedaleras blancas. Hermosas y mortales.
Se agachó lentamente para cortarlas, pero su mano quedó suspendida en el aire.
El obispo... Un hombre venerado por toda la ciudad. Protegido por la fe, por el oro y por el miedo.
Odette conocía demasiado bien esa clase de monstruos. Hombres que hablaban de pureza mientras escondían podredumbre bajo las uñas. Hombres a quienes nadie se atrevía a señalar porque el mundo prefería sacrificar inocentes antes que admitir que sus figuras sagradas eran capaces de corromperlo todo.
La lluvia comenzó a caer suavemente sobre las tumbas.
Y por un instante, Odette se odió a sí misma por comprender a la viuda.
Porque una parte de ella -una parte pequeña, oscura y profundamente humana- pensaba que quizás aquel hombre sí merecía morir.
El problema era otro.
Si ella creaba aquel veneno… Ya no podría mentirse diciendo que solamente era una herborista.
Entonces sería exactamente aquello que los rumores susurraban en tabernas y callejones.
《 𝘓𝘢 𝘚𝘢𝘯𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘝𝘦𝘯𝘦𝘯𝘰𝘴. 》
Una ráfaga de viento agitó las flores blancas entre las tumbas.
Y aun así…
Odette terminó cortándolas.
𝕱𝖎𝖓𝖎𝖘 𝖆𝖈𝖙𝖚𝖘 𝕴𝕴.