Rodrigo de León llevaba tantos años enterrando hombres bajo estandartes santos que había aprendido algo que los jóvenes recién llegados todavía ignoraban:

Los juramentos quedan muy bonitos frente al altar, pero la guerra termina arrancándoselos a casi todos. Algunos los pierden poco a poco, entre hambre, frío y sangre. Otros nacen ya incapaces de obedecerlos. Aquel templario pertenecía a los segundos.

Nunca fue un hombre hecho para la paz de los monasterios ni para inclinar la cabeza mientras un sacerdote le hablaba de pureza. Rezaba cuando le apetecía, ayunaba cuando no tenía otra cosa que llevarse a la boca y obedecía órdenes solo si consideraba que quien las daba merecía realmente ser escuchado. Más de una vez desapareció durante días enteros sin dar explicaciones y regresó atravesando las puertas de la fortaleza cubierto de barro hasta las rodillas, con la espada ennegrecida y heridas abiertas bajo la armadura.

Los obispos lo detestaban porque jamás agachaba la cabeza ante ellos. Los jóvenes le tenían miedo aunque intentasen esconderlo tras discursos de fe y disciplina. Incluso algunos veteranos apartaban la mirada cuando él cruzaba, porque había algo oscuro dentro de aquel hombre. Y aun así, seguía siendo el primero al que llamaban cuando todo se iba al infierno.

Rodrigo había visto fortalezas salvarse gracias a él y aldeas enteras seguir en pie únicamente porque aquel bastardo había llegado antes que la muerte. Por eso la Iglesia hacía la vista gorda con cosas que habrían llevado a cualquier otro templario directo a la soga. Porque sí, había roto el voto de obediencia demasiadas veces, pero el de castidad lo había destrozado por completo desde que aquella mujer apareció en su vida. La hija del demonio, como la llamaban algunos sacerdotes. Tendría que haberla llevado encadenada ante Roma. Tendría que haberle atravesado el pecho. Eso habría hecho cualquier templario fiel a sus votos. Pero él no solo la dejó vivir, dormía con ella. Y jamás mostró arrepentimiento. Otros hombres bajaban la cabeza después del pecado y fingían sentir vergüenza. Aquel volvía junto a la orden oliendo todavía al perfume. Los monasterios se llenaban de hombres santos capaces de recitar salmos durante horas, las guerras seguían necesitando criaturas como él. Hombres capaces de entrar en lugares donde la fe por sí sola no servía para nada. Hombres que podían seguir avanzando aunque el barro estuviese lleno de cadáveres y las campanas dejaran de sonar.La iglesia prefería tener a ese pecador luchando a su lado antes que a cien hombres puros escondidos detrás de una cruz.