A veces, la eternidad se volvía una carga de un aburrimiento auténticamente insultante. Por eso, Viktor decidió hacer lo que cualquier hermano responsable, y ligeramente propenso al desorden, haría: viajar hasta las profundidades de Valaquia para rescatar a su hermana de su propio ensimismamiento. Su objetivo era sacarla de aquel taller antes de que terminara enterrándose viva entre piezas de metal, grasa y modificaciones imposibles.

Elara Brasov siempre había tenido la mala costumbre de olvidar que el mundo exterior seguía siendo un lugar maravillosamente caótico. Y Viktor se consideraba el único hombre capaz de recordárselo con la propiedad necesaria. Al fin y al cabo, los Brașov no habían nacido para quedarse quietos observando cómo el polvo se asentaba sobre sus linajes.

Ellos habían nacido para buscar problemas donde otros solo veían paz, para provocar esas leyendas oscuras que los mortales susurrarían con temor durante siglos. Poseían esa extraña habilidad de regresar siempre a casa con la elegancia intacta, justo antes de que alguien, demasiado valiente o demasiado estúpido, empezara a hacer preguntas incómodas sobre el rastro que dejaban atrás.

Viktor observó a su hermana rodeada de sus creaciones, con esa chispa de genio y locura que solo ellos compartían, y supo que una nueva aventura acababa de comenzar y si el mundo tenía suerte, solo sobrevivirían ellos dos para contarlo.