Entre los paseos nocturnos, las cacerías silenciosas y los rituales que pertenecían únicamente a la oscuridad del linaje, existía otra faceta de su ser que rara vez se mostraba al mundo exterior. Le gustaba pintar en la quietud absoluta de sus aposentos, dejando que el tiempo se detuviera mientras el mundo de los vivos se entregaba al sueño.
En aquel refugio de piedra, la compañía de un gramófono que giraba lentamente era su único testigo. La aguja rozaba el vinilo con un susurro antiguo, casi olvidado, permitiendo que la ópera inundara cada rincón de la estancia.
Viktor se entregaba al lienzo mientras las voces de las sopranos se elevaban hacia las vigas del techo y los violines tensaban el aire con una melancolía vibrante. Encontraba algo profundamente íntimo en el acto de crear mientras el resto de la existencia dormía; la pintura, al fin y al cabo, le exigía lo mismo que la propia noche: paciencia, precisión y un control absoluto sobre el trazo.
Aquellos instantes demostraban que no todo en su naturaleza era instinto depredador; también habitaba en él una contemplación serena y casi divina. Mientras otros gritaban desesperadamente para ser escuchados o reconocidos, él prefería la sutileza de mezclar pigmentos en el más riguroso silencio, buscando el matiz exacto que capturara la esencia de su inmortalidad.
El arte, al igual que la propia oscuridad que envolvía el Castillo Brașov, no necesitaba de la aprobación ajena, sino de una profundidad que solo los antiguos podían comprender. Y la profundidad, como bien sabía Viktor mientras deslizaba el pincel sobre la tela, siempre había sido su elemento natural.