Como si siguiera el guion de una función que solo ocurría en su mente, Viktor ofreció un saludo galante al aire gélido de su alcoba.

Con la barbilla en alto y un gesto pausado, alzó su mano hacia el artesonado del techo, convocando a su compañero de juegos con un movimiento de dedos casi hipnótico.

—Permítanme presentarles —murmuró al vacío, su voz resonando con una solemnidad que solo él y las piedras del castillo apreciaban— a mi mejor amigo: Vesper.

La criatura, pequeña y extraordinariamente discreta, pareció entender la señal de inmediato. Con un aleteo fluido, se desprendió de su percha en las vigas, dando inicio a su coreografía privada. Al terminar la noche, Viktor siempre reservaba esos minutos sagrados para el espectáculo. No mediaban palabras; era un lenguaje de instinto y precisión que desafiaba la gravedad en la inmensidad de la estancia.

Viktor comenzó el juego con la soltura de quien ha repetido el acto durante décadas. Lanzó una pequeña esfera de terciopelo hacia el rincón más oscuro de la habitación, y Vesper, como un rayo exánime, la atrapó antes de que rozara el suelo, regresando a su mano con una exactitud que avergonzaría a cualquier acróbata mortal.

Aquel espectáculo era un juego entre ambos que Viktor disfrutaba cada día, una pequeña tregua mental antes de que el amanecer reclamara su descanso absoluto.

Nunca había logrado entender por qué los humanos hablaban con tanta saña de los murciélagos, ni por qué les profesaban un temor tan visceral. Había concluido, tras siglos de observación, que la humanidad tendía a criticar con prejuicios feroces todo aquello que su limitada razón no alcanzaba a comprender. Con disciplina férrea y una paciencia infinita, Vesper se había convertido en su aliado más fiel.

El acto final del espectáculo solía ocurrir cuando Viktor extendía su pesada capa negra, creando un muro de sombra en movimiento. Vesper, lejos de asustarse, realizaba una espiral perfecta alrededor de su dueño, aterrizando con delicadeza en su hombro justo cuando la última nota de una ópera imaginaria llegaba a su fin.

Resultaba curioso que algo tan pequeño despertara más terror genuino que muchos hombres que caminaban a plena luz del día. 

El miedo, al final, no nacía de la oscuridad... sino de la ignorancia. A Viktor, en cambio, la presencia de Vesper le resultaba la única compañía necesaria antes de que el primer rayo de luz golpeara los vitrales, dándole la señal para retirarse a su refugio de terciopelo.