Odette fue criada por la Orden de la Misericordia Pálida, una congregación religiosa que viajaba de ciudad en ciudad durante los años de peste. Vestían hábitos grises impregnados de vinagre y hierbas aromáticas para soportar el hedor de los moribundos.
Creció entre camas húmedas, pulmones podridos y rezos murmurados al borde de la muerte. Aprendió pronto el lenguaje de las plantas.
Las hermanas mayores decían que Odette había sido “bendecida por la misericordia”. Pero conforme pasaron los años, algo comenzó a pudrirse dentro de ella.
Los enfermos no mejoraban. No importaba cuánto dedicara a cada paciente: las plegarias continuaban, los ungüentos se renovaban, las cucharas de medicina seguían descendiendo por gargantas temblorosas… y aun así nadie sanaba. Los cuerpos simplemente persistían. Suspendidos entre la vida y la muerte. Consumidos lentamente, como velas olvidadas.
Odette empezó a notar detalles.
Las dosis eran alteradas después de prepararse.
Los tónicos eran rebajados con agua sucia.
Las hierbas verdaderamente curativas desaparecían de los almacenes.
La Orden no estaba salvando a los enfermos. Los necesitaba enfermos.
La enfermedad era su templo; El sufrimiento, su moneda.
Durante la noche del eclipse invernal, alteró cada remedio del pabellón principal. Incrementó cuidadosamente las dosis de extracto de tejo y añadió lágrimas de viuda a las infusiones nocturnas. No buscaba dolor. No buscaba castigo... Solo descanso.
Uno por uno, los enfermos dejaron de jadear.
Las plegarias se apagaron.
Por primera vez en años, las salas quedaron en silencio.
Después descendió al comedor de la Orden. Vertió unas pocas gotas de Noctiluca Mortis en el vino caliente que las hermanas compartían antes de dormir. La planta tenía un sabor dulzón, casi floral. Nadie sospechó nada.
Aquella madrugada, el monasterio entero murió en calma.
Odette abandonó el lugar antes del amanecer, cubierta con un manto ennegrecido y cargando únicamente un bolso de cuero lleno de frascos, raíces secas y libros prohibidos de herboristería.
Cuando encontraron el monasterio silencioso, la historia se deformó con rapidez.
Algunos decían que una santa había liberado las almas atrapadas por la peste.
Otros juraban que una bruja envenenó a inocentes mientras dormían.
La Iglesia ofreció recompensas por su cabeza.
Los pobres de cada pueblo y más allá comenzaron a llamarla en secreto por su ayuda.
Y desde entonces, en oscuras tabernas de mala muerte y caminos cubiertos de niebla, comenzó a escucharse un nombre pronunciado con vulgar miedo:
La Santa de los Venenos.