Aquella mañana de lunes amaneció envuelta en una extraña y reconfortante quietud.
Para la líder del Clan Park, la ausencia de caos a la vista era un lujo inusual, un respiro de tranquilidad que Soomin no pensaba desaprovechar.
Al abrir los ojos y estirar el brazo sobre las sábanas de seda, notó el lado de la cama de Min-Ji vacío, sin embargo, su pulso no se alteró; esbozó una leve sonrisa, asumiendo con calma que su prometida habría tenido que salir temprano para atender sus propios asuntos.
Con una serenidad impropia de la Musa Perversa, Soomin se levantó, se envolvió en una bata de seda oscura y bajó a la inmensa cocina de la mansión.
Con un simple gesto de la mano, despidió al personal del servicio que se apresuraba a atenderla, quería disfrutar del silencio.
Se tomó su tiempo para prepararse un desayuno elaborado, moviéndose entre los fogones con la misma precisión con la que manejaba sus negocios, mientras el aroma a café recién molido y comida casera inundaba la estancia.
Mientras degustaba su creación, tomó su teléfono y contactó con una reconocida organizadora de bodas de la zona, cuyas excelentes recomendaciones había encontrado navegando por internet, para concertar una cita inmediata.
Apoyada en la isla de mármol de la cocina, con la taza de café humeando entre sus manos, Soomin se perdió en sus pensamientos.
Aún le resultaba completamente irreal. A ella, nacida y forjada en un mundo de violencia, sangre y sombras, le parecía un milagro incomprensible haber encontrado al amor de su vida, por azar, en aquella vivaz y luminosa locutora de radio, y aún más surrealista era el hecho de estar a un paso de unir su destino al de ella por el resto de su existencia, y por ello se sentía sumamente afortunada.
Soomin era plenamente consciente del abismo que las separaba. Comprendía el trágico riesgo que implicaba que un ser eterno, una súcubo, atara su vida a la de una mortal con una ineludible fecha de caducidad en este mundo.
El tiempo, una vez más, terminaría siendo su mayor enemigo.
Eso, y el peligro constante al que arrastraría a Min-Ji de manera inconsciente, exponiéndola a la diana del violento submundo que a Soomin le había sido impuesto desde la cuna.
Pero el egoísmo de su amor era más fuerte que cualquier advertencia; la amaba demasiado como para dejarla ir. Todavía no habían tenido tiempo de sentarse a cuadrar la fecha exacta del enlace, ni siquiera habían debatido si Min-Ji desearía una unión civil o si preferiría una ceremonia católica tradicional, pero aquella mañana de paz había despertado en Soomin una profunda curiosidad por empezar a visualizar el futuro, dispuesta a explorar todas las opciones posibles con una profesional del sector.
Justo cuando terminaba el último bocado de su desayuno, el suave sonido del interfono resonó por los pasillos de la Mansión Park, la planificadora de bodas llegó, siendo recibida con impecable cortesía por el personal de la Mansión, lista para adentrarse en la guarida de la Musa Perversa.