El trayecto de regreso a San Petersburgo fue una carrera contra la muerte en medio de una neblina gélida. El rugido del motor del blindado era lo único que rompía el silencio sepulcral, solo interrumpido por el pitido errático de un monitor médico portátil y la respiración superficial de Maral.

En la parte trasera del vehículo, Gregor presionaba con ambas manos la herida en el costado de Maral. La sangre, de un rojo tan intenso como los ojos de la joven, se filtraba entre sus dedos a pesar de los vendajes de emergencia.

—¡No te atrevas, Maral! —gruñía Gregor, su voz quebrada por una mezcla de rabia y terror—. No después de haberlos aniquilado a todos. ¡Quédate conmigo!

Él sabía que el costo de la victoria había sido alto. Maral no solo había luchado contra seis ejércitos; había luchado contra su propio cansancio y el dolor de la pérdida de Vladimir. Ahora, con la adrenalina evaporada, su cuerpo reclamaba la factura. Cada bache en la carretera arrancaba un quejido casi inaudible de sus labios pálidos. Gregor le inyectó una dosis de coagulante, rogando a cualquier deidad que conociera que fuera suficiente para llegar a la mansión.


El Regreso de un Fantasma

Cuando el convoy cruzó las puertas de hierro de la residencia Romanov en San Petersburgo, el ambiente era de funeral. Las banderas de la Bratva ondeaban a media asta y el silencio en los pasillos era absoluto. Mikhail Romanov estaba de pie en el gran salón, con la mirada perdida en un retrato de sus hijos, sosteniendo el collar que Gregor le había entregado horas antes como prueba de la "muerte" de su hija.

El estruendo de las puertas principales al abrirse de par en par rompió el luto.

—¡Necesito un equipo médico ahora! —el grito de Gregor retumbó en las paredes de mármol.

Mikhail se giró, su rostro envejecido por el dolor se transformó en una máscara de puro shock. Vio a Gregor cargar el cuerpo inerte de Maral, cuya ropa táctica estaba empapada en sangre. Sasha, que bajaba las escaleras con los ojos hinchados de tanto llorar, se detuvo en seco, soltando el rosario que llevaba en las manos.

—¿Maral? —susurró Sasha, su voz apenas un soplido—. Mikhail... está viva...

—¡Llévenla al ala médica, rápido! —ordenó Mikhail, recuperando su instinto de líder, aunque sus manos temblaban violentamente. El alivio de verla viva chocaba frontalmente con el terror de verla tan cerca de la muerte.


La Vigilia de los Romanov

Las horas siguientes fueron una tortura de luces blancas y olor a antiséptico. Mikhail y Sasha permanecían tras el cristal de la unidad quirúrgica privada de la mansión. Observaban cómo los cirujanos trabajaban para extraer la bala que había rozado el hígado y suturar el daño causado por la hemorragia interna.

Mikhail apretaba los puños hasta que sus nudillos estaban blancos. Ver a su hija así, conectada a máquinas, le recordaba la fragilidad del imperio que habían construido.

—Ella lo hizo, Mikhail —dijo Sasha, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo—. Gregor me lo contó por encima. Acabó con los seis. Sola. Vengó a Vladimir.

—Lo sé —respondió Mikhail con voz ronca—. Pero a qué precio, Sasha. Casi pierdo a mis dos hijos en la misma semana. Los traidores están muertos, sí, pero el vacío que dejaron atraerá a nuevas hienas. El mundo ya sabe que la L’vitsa es mortal.


El Despertar de la Leona

Tres días después, la fiebre finalmente cedió. En la habitación, sumida en una penumbra suave, el monitor cardiaco marcaba un ritmo constante y fuerte. Maral abrió los ojos lentamente. Lo primero que registró fue el techo artesonado de su habitación y el peso de una manta de seda.

A su lado, sentado en una silla de cuero, estaba Mikhail. No el "ex Boss" de la Bratva, sino un padre que parecía haber cargado con el peso del mundo sobre sus hombros. Al notar el movimiento, se inclinó hacia adelante.

Maral intentó hablar, pero su garganta estaba seca. Con un esfuerzo supremo, giró la cabeza y sus ojos rojos, aunque cansados, recuperaron ese brillo ígneo que la caracterizaba.

—¿El... convoy? —logró articular.

Mikhail soltó una risa seca, aliviada, y le tomó la mano con delicadeza.

—Seguro. Bajo llave. Y tus enemigos... son cenizas, hija mía. San Petersburgo vuelve a ser nuestro.

Maral cerró los ojos un momento, permitiéndose saborear la victoria. Pero el descanso sería breve. Sabía que la paz en su mundo era solo el intervalo entre dos batallas. Mientras sentía el calor de la mano de su padre, Maral ya estaba reconstruyendo el mapa de su próximo movimiento. La Bratva no solo había sobrevivido; bajo su mando manchado de sangre, estaba a punto de volverse algo mucho más temible.

Gregor, que observaba desde la sombra de la puerta, asintió para sí mismo. La heredera había vuelto del infierno, y esta vez, traía el fuego consigo.