Los clásicos “hombres/mujeres lobo”, aunque a mi me guste más llamarlos “chuchos”. Su origen se diferencia mucho de las maldiciones poéticas que nos han vendido la ficción a lo largo del siglo XX. 

La mayoría no nace siéndolo, simplemente se convierten y ya. No se trata de una maldición mágica o ancestral, qué va, sino de una infección, ¿sabéis? Un mordisco, contacto con sangre infectada… y el cambio empieza. Ya puedes irte a comprar un collar anti-pulgas.

Al principio parece una enfermedad: fiebre, confusión, agresividad... Luego viene lo peor. El cuerpo se adapta. Se quiebra y se reconstruye en algo más fiero, pero no se convierten plenamente en un 𝑓𝑢𝑟𝑟𝑦.

Cuando cambia del todo, ya no es humano y aunque muchos puedan dominar su sed de sangre, otros, los más novatos, pierden completamente el control. 

Ganan fuerza sobrehumana, velocidad, una resistencia brutal y sentidos muy por encima de lo normal. Pueden rastrear a alguien por el olor a kilómetros, oír el pulso de una presa, reaccionar antes de que tú siquiera levantes el arma. En su forma transformada se vuelven más grandes, más bestiales, en fin, resumiendo, más difíciles de matar. 

¿La luna llena? No la necesitan para cambiar. Pueden transformarse cuando les venga en gana… o cuando pierden el control, claro. Y ahí es cuando el problema se vuelve serio, tal como he dicho antes. 

Viven en pequeñas manadas o solos, normalmente ocultos entre humanos. Algunos intentan controlarlo, mantenerse “civilizados”, por decir algo. Otros aceptan lo que son y cazan sin preocuparse por nada más. Bueno… de mi y los míos. O deberían. 

¿Debilidades? No hay plata que valga, no. Las heridas graves siguen siendo heridas graves para ellos por muy resistentes que sean. No son invencibles, solo cuesta más eliminarlos mientras estén alerta. 

La mayoría se adapta a su nueva condición, muchos incluso… se enganchan. Ya sabes… Les embriaga esa sensación de poder y dominación frente a la humanidad y eso siempre acaba igual para ellos: se olvidan que alguna vez fueron humanos. Pero bueno, para eso estamos quienes los cazamos, para recordarles que mueren igual que ellos.