"𝓢𝓾 𝓹𝓪𝓭𝓻𝓮 𝓮𝓵 𝓭𝓲𝓸𝓼 𝓭𝓮𝓵 𝓶𝓪𝓻 𝔂 𝓼𝓾 𝓶𝓪𝓭𝓻𝓮 𝓵𝓪 𝓭𝓲𝓸𝓼𝓪 𝓭𝓮𝓵 𝓶𝓪𝓻 𝔂 𝓻𝓮𝓲𝓷𝓪 𝓭𝓮 𝓵𝓪𝓼 𝓱𝓪𝓭𝓪𝓼, 𝓵𝓮 𝓱𝓪𝓷 𝓭𝓪𝓭𝓸 𝓪 𝓝𝓲𝓪𝓶𝓱 𝓾𝓷 𝓬𝓾𝓮𝓻𝓹𝓸 𝓱𝓾𝓶𝓪𝓷𝓸 𝓹𝓸𝓻 𝓼𝓮𝓲𝓼 𝓶𝓮𝓼𝓮𝓼 𝔂 𝓽𝓻𝓮𝓼 𝓭𝜾́𝓪𝓼 𝓬𝓪𝓭𝓪 𝓾𝓷𝓸, 𝓹𝓪𝓻𝓪 𝓺𝓾𝓮 𝓫𝓾𝓼𝓺𝓾𝓮 𝓪 𝓼𝓾 𝓪𝓶𝓪𝓭𝓸 𝓮𝓷 𝓮𝓵 𝓻𝓮𝓲𝓷𝓸 𝓭𝓮 𝓵𝓸𝓼 𝓶𝓸𝓻𝓽𝓪𝓵𝓮𝓼." – canción folclórica de Bronagh.

 

Nadie del pueblo Bronagh sabe con exactitud cuando llegó Niamh ni de donde vino, solo saben con certeza que vive con la anciana Fionna en su cabaña y que solía ayudarle en la granja, aunque no era muy buena. 

La leche que ordeña de las vacas, se corta en menos de tres pestañeos. La mantequilla que hace nunca es sólida y en cambio permanece líquida. El queso que deja añejar nunca lo hace y siempre permanece fresco. Era lo que rumoraban los pobladores sobre Niamh. 

 

Nadie sabía con exactitud su edad y mucho menos los detalles de su pasado, ni siquiera la anciana Fionna había logrado sacarle esa información. Solo podían suponer que venía de alguna región lejana, pues su cabello de hilos de oro que brillaba como los rayos del sol, su piel pálida como la espuma de mar y la forma en que era más alta que el hombre más alto del pueblo no era algo que se viera todos los días en Bronagh. 

Su rostro parecía el de alguien joven que no pasaba de los veinticinco años, aunque debido a su personalidad aparentaba tener muchos más.

 

Se le solía ver muchas veces por el bosque o las orillas del mar y algunos decían que la veían hablando sola en aquellos largos paseos. 

 

Debido a su extrañeza muchos jóvenes se sentían atraídos hacia ella, pero ella no parecía importarle mucho hacer amistades con nadie y demasiadas veces los intentos de entablar una conversación con ella eran completamente ignorados.

 

Nunca se la había visto llorando o presa de la ira, pero tampoco riendo o siendo temerosa frente algo. Nadie jamás había visto alguna emoción perturbar la calma en su rostro. Siempre parecía serena y apacible, pero esto al mismo tiempo, daba la impresión de ser alguien distante.

 

Sin embargo, sí que solía ser muy directa con sus opiniones y especialmente cuando no estaba de acuerdo en algo. Era firme como un roble cuando decidía algo. 

Pero esta honestidad y la forma en que era inamovible en sus valores solía causarle muchos problemas, sobre todo con los caballeros del rey, que iban seguido al pueblo a recaudar los impuestos a costa de la pobreza de la gente. Talaban el bosque para conseguir madera y llevaban más vacas para aumentar la producción de leche y queso. Niamh, muy amiga de las plantas estaba en total desacuerdo, a menudo se plantaba delante de los hombres del rey para impedir su paso y que siguieran el curso de sus acciones, era Fionna la que prácticamente la arrastraba hacia un lado y pedía perdón en su nombre para que no le hiciesen nada.

 

Pero a medida que los hombres del rey destruían más y más el bosque, su pueblo comenzaba a enfermar. 

Fionna fue la primera en caer gravemente enferma. Nadie sabía que lo había causado y mucho menos que podía curarla. Era como si hubiera caído en un profundo sueño del que no podía despertar ni siquiera para comer. El mismo día en que la anciana mujer enfermó, fue el mismo día en que Niamh desapareció, nadie sabía a donde había ido y solo regresó hasta el anochecer. 

Con ramitos de hierbas y plantas en mano, calentó agua, puso algunas hierbas en ella y las demás se las puso en la frente y pies a Fionna, frente a los atónitos ojos de todo el pueblo, dijo palabras en un idioma desconocido y la anciana mujer despertó al cabo de un corto tiempo, perfectamente sana. Por primera vez vieron a Niamh sonreír. 

 

A partir de entonces más y más pobladores cayeron enfermos de lo mismo que Fionna y ya que fue Niamh la única capaz de curarla, todos acudieron a Niamh para que hiciera lo mismo con sus hijas, hermanas, madres y primas, convirtiéndola en la curandera de la comunidad. 

 

(sujeta a cambios)