El cielo sobre las afueras de Moscú estaba teñido de un gris plomizo, como si el mismo aire pesara bajo el estruendo del silencio. No era un funeral cualquiera; era la despedida de un príncipe de la sangre, el último adiós a Vladimir, cuya vida se había apagado prematuramente bajo el fuego enemigo.

En el centro de un claro rodeado de pinos escarchados, el cuerpo de Vladimir descansaba sobre una pira de roble finamente tallada. A su alrededor, el círculo de hierro de la Bratva se cerraba: hombres con rostros de piedra, vestidos de negro, cuyos ojos reflejaban la sed de algo que el tiempo no cura.


Las Últimas Palabras: El Voto de Sangre

Mikhail, el patriarca, dio un paso al frente. Su voz no tembló, pero el frío en sus palabras calaba más que la nieve.

"Un león no muere, se transforma en la pesadilla de quienes intentaron cazarlo. Vladimir, mi hijo, no te vas solo. Te llevas nuestra paz, pero nos dejas tu guerra. Ante Dios y ante mi familia, juro que la tierra que pisaron tus asesinos será sembrada con sal y regada con su sangre. Ojo por ojo, sangre por sangre."

Sasha, su madre, se acercó para colocar una moneda de oro sobre el pecho de su hijo. Sus ojos, aunque secos, ardían con una furia ancestral.

"Duerme, guerrero mío. Mientras tu cuerpo arde, mi corazón se convierte en fragua. No habrá descanso, ni tregua, ni piedad. Cada lágrima que no he derramado hoy será una bala en el pecho de quienes nos arrebataron tu risa. La Bratva no olvida; la Bratva cobra sus deudas."

Maral, su hermana, sostuvo un puñal de plata en alto. Su voz, clara y afilada como el acero, resonó por todo el claro.

"Dicen que los muertos no hablan, pero tú gritarás a través de nuestras manos. Vladimir, hermano, tu nombre será el último que escuchen antes de que el invierno los reclame. Que tu sangre corra por nuestras venas como fuego hasta que el último traidor caiga."


El Ascenso al Valhalla

A una señal de Mikhail, los lugartenientes de la Bratva dieron un paso adelante portando antorchas de brea. El fuego danzaba en sus pupilas, ansioso por devorar la madera y liberar el espíritu del guerrero.

Con un movimiento sincrónico, las antorchas cayeron sobre la pira. Las llamas lamieron el roble y ascendieron con una fuerza sobrenatural, rugiendo hacia el cielo oscuro. No era una pira de derrota, sino un portal. En la tradición de los antiguos, creían que el humo transportaría el alma de Vladimir directamente a los salones del Valhalla, donde los valientes beben junto a los dioses.

El calor de la hoguera comenzó a derretir la nieve alrededor, creando un círculo de tierra negra en medio del blanco inmaculado.


El Grito de Victoria

Mikhail levantó su puño hacia el humo que ascendía. De repente, el silencio se rompió. No con llanto, sino con el rugido de cientos de hombres que juraban lealtad eterna.

"¡POR LA BRATVA!" —tronó el primer grito.

"¡SANGRE POR SANGRE!" —respondieron las sombras entre los árboles.

El clamor se volvió ensordecedor. Las armas se alzaron hacia el cielo mientras la hoguera iluminaba la noche naciente.

"¡VLADIMIR VIVE!" —gritó Maral, con el rostro iluminado por el fuego.

"¡VLADIMIR VIVE!" —repitieron todos al unísono, un mantra que prometía que, aunque el cuerpo se hiciera cenizas, el rastro de muerte que dejarían en su nombre apenas estaba comenzando.

En lo alto, el humo desapareció entre las nubes, dejando tras de sí solo el brillo de las llamas y la promesa de una venganza que quemaría el mundo.