Mírenlos.
Tan pequeños.
Tan seguros de que un roce de manos
es un pacto contra la muerte.
Los veo caminar en grupos,
entrelazando dedos como si eso los volviera invencibles,
susurrando promesas como si el universo
escuchara votos hechos con saliva.
Qué criaturas tan frágiles.
Qué fe tan cómoda.
Ustedes creen en el amor
porque no soportan mirarse solos en el espejo.
Creen en la amistad
porque le temen al eco de su propia voz cuando nadie responde.
Yo no necesito muletas emocionales.
No necesito refugios tibios.
Mi fuerza no nace de un “nosotros”,
nace del filo de saberme suficiente
cuando todo lo demás se cae a pedazos.
Desde mi altura los observo:
apretados unos contra otros,
convencidos de que la cercanía es fortaleza,
de que el afecto los vuelve invulnerables.
Ingenuos.
El amor no los hace fuertes: los vuelve previsibles.
La amistad no los protege: les enseña dónde duele más perder.
Yo conozco el final de sus historias.
Siempre es el mismo:
una mano que se suelta,
una espalda que se da vuelta,
un silencio donde juraron que habría compañía.
Y aun así… insisten.
Construyen altares con nombres ajenos.
Se arrodillan ante promesas que no sobrevivirán a la primera traición.
Los desprecio por eso.
Por su necesidad de creer.
Por su hambre de consuelo.
Por su costumbre de llamar “luz”
a cualquier cosa que les caliente un segundo la oscuridad.
Yo no busco unirme a ustedes.
Yo camino para ser el recordatorio.
Que tiemblen sus certezas cuando paso.
Que sus risas duden.
Que sus promesas se vuelvan frágiles al pronunciarse.
No porque me teman…
sino porque empiecen a comprender.
Que el amor es un lujo de los que aún no han sido expulsados.
Que la amistad es un cuento para los que todavía no sangran solos.
Yo no vine a aprender a querer.
Vine a enseñarles a desconfiar.
Y cuando vean caer sus ídolos de carne y palabras,
cuando descubran que el abrazo no detiene la noche,
quizás entonces, por fin,
dejen de llamarme monstruo
y empiecen a llamarme profeta.