Me llamo Kiran y tengo 18 años.
Nací en Tailandia, aunque abandoné mi país cuando apenas tenía 16 años.
Quienes me conocen dicen que sonrío como si el mundo no pudiera romperme, lo que no saben es que estoy roto desde hace muchos años.
Estudio Bellas Artes. Siempre me resultó más fácil plasmar mi dolor en un lienzo que expresarlo en palabras.
Por las tardes trabajo en una cafetería pequeña. Es mi único modo de poder costear mis estudios y el pequeño apartamento en el que vivo.
Uso maquillaje porque me gusta usar mi cara como lienzo. Uso faldas cuando quiero y camisas amplias cuando me apetece. La ropa nunca me pareció una frontera. La gente sí.
Soy tranquilo. Dulce, según dicen. Carismático sin intentarlo.
Sé escuchar. Sé reír en el momento exacto. Sé cómo inclinar la cabeza para que alguien se sienta importante. Aprendí pronto que ser agradable mantiene las tormentas lejos.
Me fui de casa con 16 años. Hay lugares donde el aire está tan envenenado que no te deja respirar, te asfixia. Y a mí me estaba matando.
Nunca conocí a mi padre. Según mi madre, nos abandonó por mi culpa. Si yo no hubiera nacido, él seguiría junto a ella.
Mi madre era como un huracán descontrolado. Ignoro si siempre fue así o si cambió cuando mi padre nos abandonó.
Recuerdo que sobre la mesita del salón siempre había botellas de alcohol vacías y restos de cocaína.
Mi madre se casó por segunda vez cuando yo tenía 14 años.
Solo era una niña, pero sentía que mi padrastro tenía una forma de mirarme que me hacía sentir vulnerable, desprotegido, frágil.
Pronto las miradas se convirtieron en roces, luego en caricias, y después en toques descarados. Siempre venían acompañados de una amenaza: "si le dices algo a tu madre, no te creerá y te echará de casa. ¿A dónde iras? No tienes donde caerte muerto, así es que mantén cerrada esa preciosa boca."
Ocurrió en una tarde de invierno. Fuera estaba nevando. Mamá llamó para decir que había habido un accidente en la carretera y que llegaría tarde.
Entonces lo sentí. Algo cambió.
Mi padrastro entró en mi habitación, me agarró de un brazo y me lanzó sobre la cama. Arrancó mi ropa.
Me golpeó hasta dejarme al borde de la inconsciencia para evitar que siguiera gritando.
Y entonces se enterró en mí arrebatándome la inocencia. Mientras moría de dolor, el moría de placer. Mientras lloraba con el alma rota, el saciaba sus más perversos instintos.
Después de aquello pasé días en medio de un shock postraumático, pero al final fui valiente.
Se lo conté todo a mi madre.
Ella eligió.
Y no me eligió a mí.
La bofetada aún arde en mi rostro como aquel día en que me la dio. Caí al suelo como un animal herido. Pero no era mi cuerpo el que estaba herido, si no mi alma.
A veces creo que eso fue lo que más dolió. No el abuso. Sino que ella decidiera no ver a su propio hijo. Fue la mayor traición que pude sufrir.
Aquella noche abandoné mi casa.
No viví. Sobreviví.
Conocí lo que era pasar hambre, el miedo de dormir en ma calle, el frío reptando por mi cuerpo sin tener dónde refugiarme.
A los 18 años abandoné Tailandia buscando empezar de cero.
Nunca hablo de esto con nadie. No porque lo haya superado, sino porque todavía está vivo en mi mente.
No me gusta que me toquen por sorpresa. No duermo bien si la puerta no está cerrada con llave. Me cuesta creer que alguien pueda quererme sin condiciones ocultas.
A veces sonrío cuando estoy incómodo. A veces digo que sí cuando quiero decir no.
Soy independiente porque tuve que serlo. Trabajo y estudio porque depender de alguien me da vértigo. Me gusta pagar mi propio café. Me gusta saber que si mañana desaparece todo, yo sabré sobrevivir.
Me enamoro con cuidado. Como quien acerca la mano al fuego sabiendo que puede quemarse.
Me gusta la idea del amor. Me asusta la permanencia.
Cuando alguien es demasiado amable conmigo, una parte de mí espera el momento en que cambie.
Pero no soy una víctima caminando. No quiero serlo. Soy más que lo que me hicieron.
Pinto porque crear es una forma de reclamar mi cuerpo. Camino con la espalda recta aunque a veces me tiemblen las piernas. Me pongo brillo en los labios antes de salir porque me recuerda que mi imagen me pertenece.
La gente piensa que soy luz.
La verdad es que soy alguien que aprendió a brillar en habitaciones oscuras.
Y todavía estoy aprendiendo a no apagarme, a no huir, cuando alguien se acerca demasiado.