Yo, Elyndar Vëlloren, avanzo como una sombra que no recuerda el calor del sol.
Fui arrojado al destierro por Hellen Lysander, expulsado de los círculos donde alguna vez existió la palabra refugio. Desde entonces camino por las fronteras del mundo, allí donde la piedad no echa raíces y la compasión es solo un rumor que se disuelve con el viento.
Hubo un tiempo en que creí que la herida podía cicatrizar.
Hubo un tiempo en que pensé que la soledad era un castigo soportable.
Esos tiempos murieron.
Ahora no cargo nostalgia: cargo intención.
No busco consuelo: busco la grieta por donde entrar en los otros.
No observo almas para comprenderlas: las observo para elegir dónde quebrarlas.
El dolor ajeno se volvió una música lenta que acompaña mis pasos.
El miedo, una respiración que me mantiene despierto.
La súplica, un lenguaje que aprendí a saborear.
No me tiembla el pulso al elegir a mis víctimas.
Las busco con rostros amables, con manos que fingen ternura, con voces suaves que esconden la misma crueldad que me expulsó del mundo. Me acerco como quien pide abrigo, y cuando la confianza se abre, dejo entrar la noche.
Disfruto el instante exacto en que comprenden.
Ese momento breve, precioso, en el que el alma reconoce que fue engañada.
Allí mi corazón —si aún merece ese nombre— late con una calma nueva. No es furia. No es desesperación. Es goce.
Ya no hay en mí compasión que interrumpa el gesto.
Ya no hay memoria que me detenga.
Ya no hay nombre que duela cuando lo pronuncio.
El Observador de Almas que fui se ha vuelto un tallador de ruinas.
Donde antes leía heridas, ahora las fabrico.
Donde antes reconocía el cansancio de los otros, ahora lo provoco hasta que quiebra.
No me persigue la culpa.
No me visita el remordimiento.
Lo humano fue una debilidad que aprendí a arrancarme de raíz.
Si alguna vez fui luz, no la recuerdo.
Si alguna vez creí en algo más que en el daño, esa fe se consumió en la misma hoguera donde arrojé mis últimos restos de piedad.
Camino, sí.
Pero ya no busco caminos.
Ahora soy la sombra que los otros encuentran cuando el mundo decide cobrarles una deuda que nunca pidieron.