Ratiled no nació ermitaño.
Alguna vez buscó voces en el fuego, risas en las tabernas, pactos en los cruces de caminos. Caminó junto a otros brujos, mercenarios, viajeros y supuestos aliados. Les ofreció hechizos, refugio, silencio. A cambio recibió miradas torcidas, promesas rotas y el filo de la desconfianza.
Aprendió pronto que muchos se acercaban solo para usarlo.
Que los círculos eran cerrados.
Que la cortesía duraba lo que tardaba en volverse útil.
Una noche, tras ser traicionado por quienes juraron protegerlo, Ratiled entendió que el rechazo no siempre llega como un grito: a veces llega como un silencio que te deja solo en medio del mundo. No hubo venganza. No hubo despedidas. Solo se dio la vuelta.
Desde entonces vaga por los lugares donde nadie quiere quedarse. Bosques donde la niebla no se disipa, ruinas que crujen como huesos viejos, senderos que olvidaron los pasos humanos. Observa de lejos, se escurre entre sombras, y cuando alguien cree haberlo visto… ya no está.
Ratiled no odia a los demás.
Simplemente dejó de creer en ellos.
Y eligió la soledad antes que volver a ofrecer su nombre al vacío.