Soy Shinya Suzuki.
Campeón japonés de baile latino.
Bailo desde que tengo memoria. No porque fuera un niño adorable con talento natural, sino porque cuando descubrí el ritmo entendí algo: el cuerpo puede decir cosas que la boca no sabe. El baile latino —la rumba, el cha-cha, la samba— no es técnica. Es piel. Es provocación. Es desafío. Cuando bailo, no pido permiso.
Me dicen que soy intenso. Que soy arrogante. Que entro en la pista como si ya hubiera ganado. No es del todo mentira. Si dudas en el baile latino, estás muerto. Pero lo que casi nadie entiende es que la seguridad también es una coreografía. Se ensaya. Se repite. Se construye.
Siempre me compararon con Sugiki. Mismo nombre. Distinto mundo. Él es estándar: líneas limpias, control, elegancia fría. Yo soy fuego. Y el fuego molesta. Quema. Se mueve demasiado.
Odiaba que nos pusieran en la misma frase. No porque creyera que soy mejor. Sino porque no quería ser medido con su regla.
Cuando Sugiki me propuso competir en 10-Dance pensé que era una broma. ¿Yo bailando estándar? ¿Aprendiendo a contener lo que soy?
Me negué. Claro que me negué. Porque aceptar significaba admitir que no lo dominaba todo. Y eso duele más que perder.
Pero también soy competitivo. Y curioso. Y orgulloso hasta el absurdo. Así que al final acepté.
Entrenar con alguien que te obliga a moverte diferente es como mirarte en un espejo que no elegiste. Descubrí que mi fuerza también podía ser precisión. Que mi exceso podía convertirse en estructura. Y que dejar que alguien te guíe no siempre es perder control.
No soy solo pasión. Soy miedo a no ser suficiente.
No soy solo arrogancia. Soy alguien que quiere ser visto sin comparaciones.
En la pista parezco seguro. Fuera de ella, sigo aprendiendo quién soy cuando el foco se apaga.
Y sí, cuando bailo con alguien que entiende mi ritmo… el mundo deja de ser una competencia y se convierte en algo más peligroso.
Algo que no se gana. Se siente y quema como el fuego.