- Vamos chicas, que se nos va a hacer tarde para la función.- Jean Paul acababa de ajustarse los gemelos en la camisa, aquellos que sabía que eran elegantes a la par que llamativos. Dos pequeños relojes de arena los cuales podía girar para que el contenido cayese de un lado a otro. Más una curiosidad que algo funcional. Eran sus favoritos y no dudaba en ponérselos si la ocasión apremiaba.

 

Christine, por su parte, estaba frente al espejo, acabando de ponerse el pintalabios y dando los últimos toques y detalles a su conjunto, un precioso vestido rojo que si bien acompañaba su figura femenina, se mostraba recatado y sobrio. No le gustaba llamar en exceso la atención, pero no podía negar que el sentirse femenina, el saberse atractiva más allá del cariño de su familia y el amor en concreto de su marido, le era de su agrado y realzaba el color en sus mejillas. Jean Paul podía hacerse una idea de ese cambio de humor, de esa alegría jovial que la inundaba cuando hacían esa suerte de planes juntos y ambos, dentro de sus posibilidades, se vestían para tales ocasiones. Él sentía cierta pena por no poder admirarla como sabía que ella merecía, pero tenía otras formas de demostrar que el sentimiento que los unía era algo único e irrompible.

 

Ella, por su lado, vivía de la misma manera su matrimonio, encontrando formas única de demostrar su preocupación y su alegría compartida.

 

- Yo ya estoy, cariño.- Acaba de colocarse su collar.- Ninet, tesoro, tu padre y yo ya estamos, ¿te falta mucho?.-

 

Cuando su madre gira la vista, ve como su hija ya está esperándolos al otro lado de la puerta de la habitación, con un vestido negro, ten recatado como podría ser el de su madre, pero no por ello menos elegante. Su pelo castaño, recogido en un moño, con un mechón suelto que caía sobre su mejilla izquierda, la dotaban de ese aire ligeramente rebelde del que tanto hacía gala. Había dudado si ponerse los labios negros u optar por un tono más natural, pero finalmente se decidió por un bermellón oscuro que acompañaba a su idea principal sobre estética, sin caer en el cliché de lo monocromático.

 

- Vale, entenderé que estás lista. Venga, que aún hay que recoger a Maelle y llegar al teatro.- Acaricia el hombro de Jean Paul y los tres se dirigen hacia el recibidor, poniéndose los abrigos y saliendo de su casa para tomar el ascensor y dirigirse al vehículo.

 

- Os habéis echado un perfume que huele de maravilla, cualquiera diría que vais a ver una función o a salir de fiesta y ligar. De ti Christine me lo esperaba, pero tu, Ninet... si es que...- el padre mostraba una sonrisa pícara, habitual en él.

 

Una pequeña risa por parte de la madre y un bufido de Ninet como respuesta.

 

- Oh, vamos, no te lo tomes así, mujer, cualquiera te dice nada. Anda, relaja esos hombros, que parece que vas a saltar como un resorte en cualquier momento, hija mía.- antes de que la muchacha pudiera responder, suena la puerta del ascensor que se abre, saliendo todos hacia el coche para emprender su marcha.

 

Entran en el vehículo en silencio, el matrimonio delante, la pequeña detrás. Se abrochan los cinturones y Jean Paul hace un pequeño amago para acariciar la pierna de su hija, sentada detrás de él tras el asiento del copiloto. Ella se deja hacer esa carantoña, notando esa pequeña pero importante muestra de afecto.

 

Se siente nerviosa, no sabe exactamente por qué. Juguetea con las dos entradas que guarda en su pequeño bolso, una para ella y otra para la mujer a la que van de camino a buscar. Observa por la ventana, buscando algún punto focal que le llame su atención, como si quisiera que esa sensación se desvaneciera por arte de magia o por acción de algún extraño sortilegio. Buscaba una razón, un motivo lógico para sentir su corazón acelerado. Iban a buscar una amiga, iban a ir al teatro y a pasarlo bien escuchando música, ¿no? No era muy diferente de un momento de asueto en la facultad. Salvo por el hecho de que iban tremendamente arreglados.

 

 

Al cabo de unos minutos, Christine realiza el último giro y la casa de Maelle se muestra ante ellos. Ninet reconoce los adornos florales que ornamentan la entrada. Siente un nudo en el estómago. El motor se para.

 

Hay unos segundos en los que parece que el mundo se ha detenido. No cantan los pájaros, no sopla el viento, las personas han dejado de caminar. Finalmente, Christine se gira hacia su hija y en su mirada, una pregunta velada que ella entiende a la perfección. Abre la puerta, avanza unos pasos y llama al timbre.

 

El zumbido que marca que el pestillo esta abierto la trae de vuelta al mundo real, sobresaltando su cuerpo y haciendo que parpadee buscando enfocar su mirada. Empuja la puerta y sube los pocos escalones que separan la puerta de su pequeño jardín hasta la entrada del hogar. Antes de que pueda posar la mano para llamar, se abre y al otro lado del umbral, la madre de Maelle la recibe con una sonrisa.

 

- Bienvenida, enseguida baja, está poniéndose los zapatos. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?

 

- No, muchas gracias...

 

- Te ves guapísima, te queda genial el conjunto.- cierra la puerta y deja algo de espacio a la joven

 

Ninet asiente levemente y apenas puede murmurar unas palabras que no llegan a entenderse, pues su aliento queda cortado cuando su amiga comienza a bajar los escalones.

 

El cabello rubio, ondulado, recogido en un pequeño moño y una cascada que caía sobre su sien derecha engalanaba un rostro que hasta ese momento Ninet no había llegado a apreciar y a admirar. Era hermosa... y el vestido escogido, en un tono nácar, ensalzaba su figura para ponerla a la altura de una efigie grecolatina. Tenía la boca completamente abierta, sin más palabras, con los ojos clavados en su amiga. Maelle, por su lado, bajaba con una cálida sonrisa.

 

Se acercó a ella y la abrazó, mostrando júbilo.

 

- Ninet, estás preciosa. Vamos, no hagamos esperar a tus padres.-

 

- Sí...sí... yo... sí... tu... tu estás estupe... digo, te queda muy bien...-

 

La madre abre de nuevo la puerta, invitando a que se marchen para que el mal trago de la más joven no fuera tan abrupto.

 

- Anda, pasadlo bien, y recordad, que no os lo cuenten, vividlo.

 

- Sí mamá, te quiero.- le da un beso y toma de la mano a Ninet para salir por la puerta, rumbo al vehículo.

 

Una vez dentro, se ponen ambas el cinturón y todos, con una sonrisa ya sea de felicidad o de emoción, nervios, quién sabe exactamente por qué, se dirigen al teatro para disfrutar de la función.