El silencio de aquella mañana del 25 de diciembre fue un regalo. Sin reuniones. Sin misiones. Sin estrategia.
Por primera vez en años, Soo-min despertaba en paz, con Min-ji a su lado en la cama. Hasta que sonó el teléfono: su mano derecha, Dante, había sido secuestrado.
No era obra de un clan enemigo. Ni una disputa territorial.
Era obra de Lawrence : un agente de alto rango, podrido por dentro, convertido en algo peor que un criminal: un hombre con poder estatal… y sin límites morales.
No había usado la ley para llevárselo sino lo que siempre manejó desde las sombras: bandas a sueldo, lealtades compradas y violencia tercierizada.
El destino: Moscú.
Sin duda era un castigo personal. Una vendetta por haberse interpuesto entre él y George Ivanova. Lawrence no perdonaba que el Tigre Blanco ofreciera alternativas al Oso herido para resurgir de sus cenizas, arruinando el control de Lawrence sobre el Clan Ivanova.
Lawrence creyó que podía quebrarla golpeando a su hombre de confianza.
Creyó que así demostraría quién sostenía la correa. Error.
Soo-min no gritó. No tembló.
Miró una última vez a Min-ji con una calidez que se evaporó acto seguido para dar paso al acero.
Los restos de Nochebuena aún perfumaban la casa. Los regalos seguían bajo el árbol. Pero la Navidad, para ella, había muerto.
Se vistió y armó para la guerra. Activó la seguridad de la Mansión.
El jet despegaba en una hora.
Lawrence quería darle una lección de autoridad. Pero olvidó una verdad antigua:
Los policías corruptos creen que controlan la violencia. Las mafias saben respirar dentro de ella.
Y Soo-min Park no viajaba a negociar. Viajaba a recuperar lo que es suyo. Y a demostrar por qué el Tigre Blanco siempre termina devorando...