Ficha en construcción

Nombre: Jason Cooper

Edad: 157 años

Raza: Vampiro

 

 

Historia: Jason Cooper nació en los callejones húmedos de St. Giles, un lugar donde los niños aprendían demasiado pronto que el mundo no tenía sitio para ellos. Su madre murió al traerlo al mundo, y su padre jamás apareció; su existencia comenzó marcada por la ausencia. Creció en una casa de hospedaje para pobres, abarrotada de menores famélicos y adultos desesperados, donde los gritos nocturnos eran tan comunes como el silencio resignado de las mañanas. Aquella miseria podía haberlo convertido en otro ladrón anónimo, pero algo en él se resistía a aceptar la lógica gris de la supervivencia. Había una obstinación silenciosa en su interior, una negativa visceral a convertirse en lo que las calles decretaban para él.
Cuando tenía ocho años, el reverendo Mallory lo encontró detrás de un establo, ocultando el temblor de hambre y frío bajo una capa de orgullo infantil. Fue el primer adulto que lo miró con algo parecido a la compasión. En la iglesia, Jason descubrió libros gastados, páginas rotas y palabras que hablaban de mundos más amplios que su callejón. Aprendió a leer con una avidez casi furiosa, como si cada historia fuera una cuerda que lo alejaba un poco más del fango.
A los doce años trabajaba en una imprenta, con las manos manchadas de tinta y un salario que apenas bastaba para no volver a dormir en la calle. Era un trabajo duro, pero honesto, y Jason se aferró a él con una determinación prodigiosa para alguien de su edad. En su interior ardía algo más que necesidad: una ambición limpia, obstinada, casi peligrosa en un chico como él. Creía en la justicia como otros creen en dioses. No quería conformarse con sobrevivir: quería ascender, salir de los márgenes donde había nacido y demostrar que el mundo había errado al asumir que él valía poco.
Sabía que su infancia no había sido justa. Sabía que Londres estaba llena de gente con recursos suficientes para alimentar a miles como él. Y, aun así, Jason no envidiaba su riqueza: la quería. No su oro, sino su capacidad de decidir su propio destino.
Y esa voluntad, ese hambre por algo más, sería lo que lo definiría para siempre… incluso después de dejar de ser humano.
La noche de su Abrazo no tuvo nada de heroica. Jason volvía de entregar un encargo de la imprenta, cansado y atento solo a llegar a casa, cuando reparó en que las calles estaban más vacías de lo normal. No había portazos, ni conversaciones borrachas saliendo de alguna taberna cercana. Nada.
No oyó pasos, ni vio movimiento alguno. Solo se dio cuenta de que había avanzado demasiado sin cruzarse con nadie y...
El ataque llegó sin aviso y sin ruido: un tirón helado en la nuca, un destello de dolor que le atravesó la garganta y, de pronto, la oscuridad. No supo quién lo transformó ni por qué; solo que, cuando despertó, algo dentro de él ya no le pertenecía. Londres parecía distinto: más vivo, más ruidoso, más insoportablemente lleno de sangre. Cada respiración ajena era un latido que lo llamaba; cada cuerpo, un recordatorio de la necesidad que lo quemaba por dentro.
Intentó negar el hambre. Lo hizo con la misma determinación que lo había mantenido en pie durante años en St. Giles. Se escondió, se apretó las manos contra el pecho, se repitió que él no era un monstruo. Pero la bestia no escuchó razones. Cuando por fin cedió, fue como caer desde un tejado: rápido, doloroso, inevitable. Y lo que dejó a su paso no se parecía en nada a la justicia en la que había creído.
Las noches siguientes fueron un descenso a la locura. Casi quemarse al salir el sol el primer día no ayudó. Jason intentó poner reglas, límites, rezos improvisados, cualquier cosa que le sirviera de muro. Pero cada intento terminaba igual: con cuerpos sin vida y un peso creciente en su conciencia. La ciudad, tan llena de oportunidades en sus sueños de niño, se le convirtió en un laberinto de tentaciones imposibles de resistir.
El punto de quiebre llegó una madrugada, cuando siguió a un muchacho que huía con un pedazo de pan robado. Podría haber sido él mismo, años atrás. Jason lo alcanzó sin esfuerzo, sujetándolo por los hombros con la fuerza propia de su nueva naturaleza. El niño gritó; Jason no escuchó nada más que el ritmo frenético de su corazón.
Y entonces, el mundo volvió a golpearlo.
Un dolor insoportable le atravesó el cuerpo como una corriente ardiente. Cayó al suelo de golpe, sin aire, sin control. Entre la confusión y la rabia primitiva, alcanzó a ver una figura acercarse: una mujer de rostro duro, ojos oscuros y una calma desconcertante, como si su presencia no tuviera lugar en aquel callejón… y aun así encajara allí mejor que él.
Con un murmullo apenas audible lo mantuvo clavado al suelo, inmóvil, mientras recogía al niño y lo alejaba con una firmeza sorprendente. Solo cuando el pequeño ya no podía verlo volvió la mirada hacia Jason. Él temblaba, no por el dolor que aún recorría su cuerpo, sino por la vergüenza pura de haberse visto a sí mismo a punto de matar a alguien tan pequeño.
—Mírate —dijo con frialdad—. Fuerte como un demonio. Tonto como un crío.
Intentó incorporarse, pero un gesto suyo lo hundió de nuevo contra el ladrillo húmedo.
—O aprendes a frenarte —añadió, sin elevar la voz—, o te detendré yo.
No hubo comprensión. No hubo consuelo. Solo una disciplina férrea. Durante semanas, la mujer lo vigiló desde las sombras, castigándolo cuando perdía el control, obligándolo a detenerse justo antes del punto sin retorno. No lo hacía por él: lo hacía por su barrio. Y Jason comprendió muy pronto que, en su estado, era tan peligroso como cualquier criatura que poblara las peores historias.
La odió entonces. La odió por verlo débil, por tratarlo como a un animal salvaje, por recordarle cada noche que no era dueño de sí mismo.
Pero también sabía, aunque nunca lo admitiría, que sin ella habría seguido matando hasta que alguien lo destruyera.
Cuando finalmente lo consideró capaz de mantenerse a raya, la bruja desapareció sin explicaciones. Jason quedó solo con su disciplina, su culpa y la certeza amarga de que su mayor enemigo no era el mundo… sino él mismo.
Desde entonces, se alimenta sin matar. No por piedad, sino por miedo.
Miedo a volver a caer.
Miedo a ser aquello que vio aquella noche, reflejado en el terror de un niño que, en otro tiempo, podría haber sido él.
Jason aprendió a vivir con ese miedo, a moldearlo hasta convertirlo en disciplina. Lo que antes fue ambición humana ahora es una necesidad feroz de mantenerse íntegro, de no dejar que la Bestia decida por él. No busca redención (sospecha que no existe), pero sí un lugar donde pueda existir sin repetir los errores que lo persiguen. Y así avanza, noche tras noche, con la misma obstinación que lo salvó de niño: negándose, una vez más, a convertirse en aquello que el mundo espera de él.