Osaka tiene noches en las que la suerte parece una broma cruel. No importa cuántas veces lances los dados, la casa siempre gana… y Shōma lo sabía mejor que nadie.

Pero aquella noche, pensó que tenía la ventaja.

Había conseguido un loro. No cualquier loro. Este hablaba, repetía frases completas y, según el tipo que se lo vendió en un callejón detrás de un bar de mala muerte, solía pertenecer a un ricachón que pasaba los días apostando en las mesas más exclusivas de la ciudad.

Un loro que escuchó demasiadas estrategias. Un loro que había memorizado los patrones de apuestas de los peces gordos. Un loro que, en las manos correctas, podría valer una fortuna.

Shōma, por supuesto, pensó que esas manos eran las suyas.

Así que lo llevó a una mesa de póker clandestina, donde los billetes volaban más rápido que los buenos consejos. Se sentó con su mejor cara de "esta es mi noche", y cuando las cartas empezaron a repartirse, el loro —sentado en su jaula improvisada, una caja de cerveza con los lados abiertos— empezó a hacer lo suyo.

— "¡No subas, está faroleando!" —

El tipo al que le hablaba parpadeó. Miró sus cartas. Bajó la apuesta.

— ¡Ese tiene un par! ¡Pásate, idiota! —

Otro jugador se puso pálido y cambió de estrategia.

Shōma sonrió. Sí, esta definitivamente era su noche.

Durante tres rondas, la mesa quedó dominada por el loro. Todos lo escuchaban, sin saber bien si creerle o no. Pero el dinero fluía hacia Shōma como si, por primera vez en su vida, la suerte le hubiera mandado un beso en vez de una patada.

Hasta que…

— "Shōma hace trampa! ¡Siempre esconde una carta en la manga! ¡Siempre hace trampaaaaa!

El silencio cayó sobre la mesa como un ladrillo cayendo en un charco sucio.

Shōma sintió el sudor frío bajarle por la nuca. Trató de reír.

— ¿Yo? ¿Trampa? ¡Vamos, muchachos, es un loro! No sabe lo que dice, probablemente repitió algo que escuchó antes…

El loro, con la mirada boba de quien no entiende la gravedad de la situación, ladeó la cabeza y repitió con más fuerza:

— ¡HACEEEEEE TRAMPA! ¡SIEMPRE HACE TRAMPA!

No hubo tiempo de discutir. Las sillas se arrastraron, las cartas volaron, y Shouma se encontró corriendo hacia la puerta con una lluvia de botellas y amenazas cayendo a su espalda.

El loro, todavía en su caja, lo acompañó mientras huía por los callejones.

Y mientras jadeaba, con la adrenalina aún bombeándole en los oídos, Shōma solo pudo gruñir:

— La próxima vez, Kanezawa, consigue un maldito pez dorado.