• —¡Ah! Así que quieres comparar la velocidad de tus pistolas con la profundidad de mi corte... —esbozó una sonrisa sádica, mientras su forma humana comenzaba a vibrar con esa espesa energía púrpura, anticipando la sangre—. Sé valiente. Mi acero contra tu plomo. Veamos si tus balas pueden matar a ― 𝓔𝓷𝓸𝓬 ❞ antes de que yo te haga pedazos. (?)
    —¡Ah! Así que quieres comparar la velocidad de tus pistolas con la profundidad de mi corte... —esbozó una sonrisa sádica, mientras su forma humana comenzaba a vibrar con esa espesa energía púrpura, anticipando la sangre—. Sé valiente. Mi acero contra tu plomo. Veamos si tus balas pueden matar a [Solus_Bellator] antes de que yo te haga pedazos. (?)
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    El mármol del Olimpo siempre estaba frío, una perfección gélida que reflejaba la eternidad de los dioses. La diosa, de cabellos rosados como el primer amanecer, suspiró, jugueteando distraídamente con el borde dorado de su túnica. Desde su trono de marfil, la vista era impecable: cielos interminables, luz perpetua y el distante resplandor de los templos de sus hermanos.
    Todo era perfecto. Y todo era insoportablemente aburrido.
    Se recostó en la silla, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada perdida más allá de las nubes. "¿Es esto la divinidad?", pensó. "¿Observar? ¿Juzgar? ¿Recibir oraciones de seres que vibran de vida, mientras nosotros permanecemos estáticos?" Suspiró de nuevo, su aliento apenas perturbando el aire divinamente perfumado.
    Un movimiento captó su atención. A través de la bruma, el mundo humano se extendía como un tapiz de colores y texturas. Vio las luces de las ciudades cobrando vida, las siluetas de personas moviéndose con un propósito que ella nunca había entendido realmente. Escuchó fragmentos de risas, discusiones ardientes, música imperfecta interpretada con pasión.
    Una punzada de algo nuevo la atravesó. No era celos, ni tampoco simple curiosidad. Era un anhelo, un deseo de *sentir*.
    Se levantó de su trono, el movimiento rompiendo el silencio eterno de su cámara. Sus pies, siempre descalzos, tocaron el suelo helado. Se acercó al borde, donde las nubes se partían para revelar la Tierra. El viento soplaba allí abajo, diferente al aire inmóvil del Olimpo; era un viento que llevaba historias, olores a lluvia y a tierra mojada, a pan recién horneado y a mar salado.
    "Viven tan poco tiempo", murmuró, "y sin embargo, parecen vivir mucho más que nosotros".
    Tomó una decisión. No sería una visita fugaz para entrometerse en un amor mortal o para desatar una tempestad. No. Bajaría como una igual. Sin poderes, sin coronas, sin la red de seguridad de la inmortalidad.
    Se quitó la diadema de hojas de laurel, dejándola caer sobre el mármol con un suave *clink*. Su túnica divina se transformó en un vestido de lino sencillo, como los que usaban las mujeres humanas. Se alisó el cabello rosado, sintiéndolo diferente, más *real*.
    "Solo un momento", se dijo a sí misma, con una sonrisa que no había tenido en milenios. "Una vida mortal. Una sola. Para saber lo que es el hambre, el frío, el cansancio... y quizás, si soy afortunada, un poco de ese amor imperfecto y desesperado que los hace tan fascinantes".
    Con un último vistazo a su trono vacío, se dejó caer. No hubo caída dramática, solo una transición suave, como deslizarse en un sueño.
    Cuando abrió los ojos, sus pies estaban en tierra firme. El aire olía a pino y a polvo. La gente pasaba a su alrededor, demasiado ocupada con sus propias vidas para notar a la extraña con cabello de amanecer. El mármol del Olimpo quedó atrás, reemplazado por la promesa de la fragilidad mortal. Y por primera vez en toda la eternidad, se sintió verdaderamente viva.
    El mármol del Olimpo siempre estaba frío, una perfección gélida que reflejaba la eternidad de los dioses. La diosa, de cabellos rosados como el primer amanecer, suspiró, jugueteando distraídamente con el borde dorado de su túnica. Desde su trono de marfil, la vista era impecable: cielos interminables, luz perpetua y el distante resplandor de los templos de sus hermanos. Todo era perfecto. Y todo era insoportablemente aburrido. Se recostó en la silla, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada perdida más allá de las nubes. "¿Es esto la divinidad?", pensó. "¿Observar? ¿Juzgar? ¿Recibir oraciones de seres que vibran de vida, mientras nosotros permanecemos estáticos?" Suspiró de nuevo, su aliento apenas perturbando el aire divinamente perfumado. Un movimiento captó su atención. A través de la bruma, el mundo humano se extendía como un tapiz de colores y texturas. Vio las luces de las ciudades cobrando vida, las siluetas de personas moviéndose con un propósito que ella nunca había entendido realmente. Escuchó fragmentos de risas, discusiones ardientes, música imperfecta interpretada con pasión. Una punzada de algo nuevo la atravesó. No era celos, ni tampoco simple curiosidad. Era un anhelo, un deseo de *sentir*. Se levantó de su trono, el movimiento rompiendo el silencio eterno de su cámara. Sus pies, siempre descalzos, tocaron el suelo helado. Se acercó al borde, donde las nubes se partían para revelar la Tierra. El viento soplaba allí abajo, diferente al aire inmóvil del Olimpo; era un viento que llevaba historias, olores a lluvia y a tierra mojada, a pan recién horneado y a mar salado. "Viven tan poco tiempo", murmuró, "y sin embargo, parecen vivir mucho más que nosotros". Tomó una decisión. No sería una visita fugaz para entrometerse en un amor mortal o para desatar una tempestad. No. Bajaría como una igual. Sin poderes, sin coronas, sin la red de seguridad de la inmortalidad. Se quitó la diadema de hojas de laurel, dejándola caer sobre el mármol con un suave *clink*. Su túnica divina se transformó en un vestido de lino sencillo, como los que usaban las mujeres humanas. Se alisó el cabello rosado, sintiéndolo diferente, más *real*. "Solo un momento", se dijo a sí misma, con una sonrisa que no había tenido en milenios. "Una vida mortal. Una sola. Para saber lo que es el hambre, el frío, el cansancio... y quizás, si soy afortunada, un poco de ese amor imperfecto y desesperado que los hace tan fascinantes". Con un último vistazo a su trono vacío, se dejó caer. No hubo caída dramática, solo una transición suave, como deslizarse en un sueño. Cuando abrió los ojos, sus pies estaban en tierra firme. El aire olía a pino y a polvo. La gente pasaba a su alrededor, demasiado ocupada con sus propias vidas para notar a la extraña con cabello de amanecer. El mármol del Olimpo quedó atrás, reemplazado por la promesa de la fragilidad mortal. Y por primera vez en toda la eternidad, se sintió verdaderamente viva.
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    El sol de San Petersburgo apenas comenzaba a teñir de oro las agujas de la ciudad cuando Maral Romanov abrió los ojos. No fue el despertador lo que la sacó del sueño, sino el peso familiar y el calor sofocante de una melena blanca como la nieve presionando contra el borde de su cama.

    Maral se incorporó lentamente, estirando los brazos. A su lado, Koldun emitió un rumbido vibrante que hizo eco en las paredes de la habitación. El león blanco no era solo una fiera; era un espectro de elegancia salvaje. Cuando el animal levantó la cabeza, sus ojos azules, gélidos y profundos como glaciares, se clavaron en los de Maral con una inteligencia casi humana.

    — "Cinco minutos más, Koldun" — murmuró ella, acariciando el pelaje áspero pero limpio detrás de sus orejas.

    El león respondió con un bostezo que dejó ver sus colmillos de marfil, para luego apoyar su enorme mentón sobre las sábanas de seda. Sabía que Maral no podía resistirse a esa mirada.

    Maral se puso de pie, su figura reflejada en los altos espejos del palacio. Mientras ella se vestía con la sobriedad que su apellido exigía —telas oscuras y cortes impecables—, Koldun la seguía como una sombra pálida por los pasillos de mármol.

    Cada guardia que encontraban en el camino inclinaba la cabeza, no solo por respeto a la Romanov, sino por el temor instintivo que provocaba el felino que caminaba a su flanco sin necesidad de correa.

    En la terraza acristalada, Maral bebía un té negro fuerte mientras observaba el jardín cubierto de escarcha. Koldun se sentó a sus pies, vigilante. Sus ojos azules escaneaban el horizonte, siempre alerta, siempre protector.

    —Hoy será un día largo —dijo Maral, dejando la taza de porcelana sobre la mesa.

    Koldum se puso en pie al instante, soltando un rugido bajo que era más una afirmación que una queja. Ella le puso una mano firme sobre el lomo, sintiendo la potencia de sus músculos. Juntos, la última heredera del frío y su guardián de ojos de hielo, abandonaron la estancia para enfrentar al mundo. El día de los Romanov no acababa de empezar; acababa de ser reclamado.
    El sol de San Petersburgo apenas comenzaba a teñir de oro las agujas de la ciudad cuando Maral Romanov abrió los ojos. No fue el despertador lo que la sacó del sueño, sino el peso familiar y el calor sofocante de una melena blanca como la nieve presionando contra el borde de su cama. Maral se incorporó lentamente, estirando los brazos. A su lado, Koldun emitió un rumbido vibrante que hizo eco en las paredes de la habitación. El león blanco no era solo una fiera; era un espectro de elegancia salvaje. Cuando el animal levantó la cabeza, sus ojos azules, gélidos y profundos como glaciares, se clavaron en los de Maral con una inteligencia casi humana. — "Cinco minutos más, Koldun" — murmuró ella, acariciando el pelaje áspero pero limpio detrás de sus orejas. El león respondió con un bostezo que dejó ver sus colmillos de marfil, para luego apoyar su enorme mentón sobre las sábanas de seda. Sabía que Maral no podía resistirse a esa mirada. Maral se puso de pie, su figura reflejada en los altos espejos del palacio. Mientras ella se vestía con la sobriedad que su apellido exigía —telas oscuras y cortes impecables—, Koldun la seguía como una sombra pálida por los pasillos de mármol. Cada guardia que encontraban en el camino inclinaba la cabeza, no solo por respeto a la Romanov, sino por el temor instintivo que provocaba el felino que caminaba a su flanco sin necesidad de correa. En la terraza acristalada, Maral bebía un té negro fuerte mientras observaba el jardín cubierto de escarcha. Koldun se sentó a sus pies, vigilante. Sus ojos azules escaneaban el horizonte, siempre alerta, siempre protector. —Hoy será un día largo —dijo Maral, dejando la taza de porcelana sobre la mesa. Koldum se puso en pie al instante, soltando un rugido bajo que era más una afirmación que una queja. Ella le puso una mano firme sobre el lomo, sintiendo la potencia de sus músculos. Juntos, la última heredera del frío y su guardián de ojos de hielo, abandonaron la estancia para enfrentar al mundo. El día de los Romanov no acababa de empezar; acababa de ser reclamado.
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  • 𝗘𝗹 𝗖𝗵𝗮𝗺𝗮́𝗻 𝘆 𝗲𝗹 𝗔𝗹𝗾𝘂𝗶𝗺𝗶𝘀𝘁𝗮 - 𝗣𝗧. 𝟭
    Fandom O.C. - Xros / Over.
    Categoría Acción
    ㅤㅤㅤ¿Qué tienen en común los mitos con la realidad?, que ambos se basan parcialmente en una mentira y parcialmente en una verdad, parecen opuestos, pero en realidad, beben de la incredulidad de la gente... Habían pasado años desde que un feroz y cercano cataclismo le mostró a la humanidad que había mucho más en el universo, fuerzas primordiales que eran incapaces de controlar o contener, personas que eran capaces de desafiar el sistema porque contaban con un poder natural, sobrehumano, que ni la naturaleza ni el dinero podían contener... Pero aquellas historias, en alguna vez, una sociedad humana común y corriente que experimentó el horror habían quedado en el pasado para un hombre que fue un protagonista de tantos entre las historias que se cuentan en el mundo. Apodado el ''Último Alquimista'' por quiénes lo veían como un salvador, y el ''Relámpago Negro'' por aquellos que lo veían como un castigo, aunque nadie parecía conocer al hombre detrás de una leyenda que se forjó en la inexactitud. Diez años habían pasado, diez años donde todo lo que alguna vez llegó a representar algo para él desapareció, conceptos como la familia, la amistad o la compañía lo habían abandonado... ese ''héroe legendario'', alguna vez joven y vivaz se había convertido en una pieza olvidada por quienes jamás conocieron su verdadera historia, su verdadero ser.

    En una isla lejana, en alguna parte aún cercana pero a su vez, alejada América, descansaba de las personas en una pequeña granja que había montado con sus propias manos... una granja que servía a su vez, como un hogar, y su santuario, su laboratorio... era humilde, con lo poco que había podido rescatar de los escombros de lo que alguna vez fue su casa, su cuna y, que, por poco, se convertía en su tumba... y mientras disfrutaba de un atardecer propicio, en lo que él llamaba ''La Cueva'', una gran edificación como una mansión hecha de madera y piedra perfectamente tallada, se podía ver la cándida luz de una chimenea encendida a leña... a costado de un asiento construido a mano con madera, algodón y telas, reposaba una pequeña tortuga descansando en su compañía. El alquimista, con las manos en la espalda, observaba la costa silenciosa como siempre, no sabía el porqué había adquirido ese extraño hábito últimamente, esperaba algún día encontrarse con un barco, y podía verlos a veces a la lejanía, pero nadie se acercaba allí, y tampoco le interesaba que así sucediera... prefería la soledad, la tranquilidad de la naturaleza que lo había aceptado, o que al menos, él se había aceptado dentro de ella.

    Su túnica negra ondeaba cuidadosamente con el viento nocturno que entraba a través de los vidrios ligeramente entreabiertos, brisa traída por las olas que se movían de manera inquieta para su curiosidad. ¿Será que debería ir a ver?, un resoplido de resignación salió de sus labios, y tomando el pliegue de su capucha, comenzó a levantarla cuidadosamente para colocársela sobre la cabeza, no sin antes, esconder a su preciada mascota de patas rojas en su gran pecera junto a su poca compañía, una tortuguita más pequeña que resultó ser su cría. El hombre abandonó la mansión, cerrando la puerta con un candado que solo él sabía abrir... sabía que la entrada podía ser forzada, pero había pasado tanto tiempo sin visitas que sabía que nadie vendría a husmear su hogar... por lo que cuando la densa noche lo recibió con un sordo eco de la brisa nocturna, el alquimista comenzó a caminar... tenía esa extraña sensación de que alguien, o algo, se había osado a entrar a sus tierras... Y aunque no era un bárbaro que lanzaba flechas y cuchillos a lo que sea que veía, el que alguien llegara ahí, la sola idea, le generaba algo de incomodidad.

    Su caminata lo llevó a la zona de la isla dónde se encontraban las arboledas, se agachó por un momento para presenciar una pequeña hoja que parecía quebrada, estaba seca, si, pero quebrada, pisoteada, como si alguien la hubiera pasado por alto... La tomó, como una pequeña prueba y la inspeccionó silenciosamente, el suelo cubierto de restos de pasto y fango hacían difícil encontrar un patrón de huellas o algo similar, sea quien sea que estaba allí, o parecía ser muy cuidadoso con sus pasos, o caminaba por encima del suelo como un fantasma.

    — Esto no me agrada. —

    @Illán
    ㅤㅤㅤ¿Qué tienen en común los mitos con la realidad?, que ambos se basan parcialmente en una mentira y parcialmente en una verdad, parecen opuestos, pero en realidad, beben de la incredulidad de la gente... Habían pasado años desde que un feroz y cercano cataclismo le mostró a la humanidad que había mucho más en el universo, fuerzas primordiales que eran incapaces de controlar o contener, personas que eran capaces de desafiar el sistema porque contaban con un poder natural, sobrehumano, que ni la naturaleza ni el dinero podían contener... Pero aquellas historias, en alguna vez, una sociedad humana común y corriente que experimentó el horror habían quedado en el pasado para un hombre que fue un protagonista de tantos entre las historias que se cuentan en el mundo. Apodado el ''Último Alquimista'' por quiénes lo veían como un salvador, y el ''Relámpago Negro'' por aquellos que lo veían como un castigo, aunque nadie parecía conocer al hombre detrás de una leyenda que se forjó en la inexactitud. Diez años habían pasado, diez años donde todo lo que alguna vez llegó a representar algo para él desapareció, conceptos como la familia, la amistad o la compañía lo habían abandonado... ese ''héroe legendario'', alguna vez joven y vivaz se había convertido en una pieza olvidada por quienes jamás conocieron su verdadera historia, su verdadero ser. En una isla lejana, en alguna parte aún cercana pero a su vez, alejada América, descansaba de las personas en una pequeña granja que había montado con sus propias manos... una granja que servía a su vez, como un hogar, y su santuario, su laboratorio... era humilde, con lo poco que había podido rescatar de los escombros de lo que alguna vez fue su casa, su cuna y, que, por poco, se convertía en su tumba... y mientras disfrutaba de un atardecer propicio, en lo que él llamaba ''La Cueva'', una gran edificación como una mansión hecha de madera y piedra perfectamente tallada, se podía ver la cándida luz de una chimenea encendida a leña... a costado de un asiento construido a mano con madera, algodón y telas, reposaba una pequeña tortuga descansando en su compañía. El alquimista, con las manos en la espalda, observaba la costa silenciosa como siempre, no sabía el porqué había adquirido ese extraño hábito últimamente, esperaba algún día encontrarse con un barco, y podía verlos a veces a la lejanía, pero nadie se acercaba allí, y tampoco le interesaba que así sucediera... prefería la soledad, la tranquilidad de la naturaleza que lo había aceptado, o que al menos, él se había aceptado dentro de ella. Su túnica negra ondeaba cuidadosamente con el viento nocturno que entraba a través de los vidrios ligeramente entreabiertos, brisa traída por las olas que se movían de manera inquieta para su curiosidad. ¿Será que debería ir a ver?, un resoplido de resignación salió de sus labios, y tomando el pliegue de su capucha, comenzó a levantarla cuidadosamente para colocársela sobre la cabeza, no sin antes, esconder a su preciada mascota de patas rojas en su gran pecera junto a su poca compañía, una tortuguita más pequeña que resultó ser su cría. El hombre abandonó la mansión, cerrando la puerta con un candado que solo él sabía abrir... sabía que la entrada podía ser forzada, pero había pasado tanto tiempo sin visitas que sabía que nadie vendría a husmear su hogar... por lo que cuando la densa noche lo recibió con un sordo eco de la brisa nocturna, el alquimista comenzó a caminar... tenía esa extraña sensación de que alguien, o algo, se había osado a entrar a sus tierras... Y aunque no era un bárbaro que lanzaba flechas y cuchillos a lo que sea que veía, el que alguien llegara ahí, la sola idea, le generaba algo de incomodidad. Su caminata lo llevó a la zona de la isla dónde se encontraban las arboledas, se agachó por un momento para presenciar una pequeña hoja que parecía quebrada, estaba seca, si, pero quebrada, pisoteada, como si alguien la hubiera pasado por alto... La tomó, como una pequeña prueba y la inspeccionó silenciosamente, el suelo cubierto de restos de pasto y fango hacían difícil encontrar un patrón de huellas o algo similar, sea quien sea que estaba allí, o parecía ser muy cuidadoso con sus pasos, o caminaba por encima del suelo como un fantasma. — Esto no me agrada. — @[Cursed_Bastard]
    Tipo
    Grupal
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    Estado
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  • Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces.

    El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana.

    —Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía.

    —Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido.

    Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ōkami habitaban.
    Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces. El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana. —Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía. —Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido. Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ōkami habitaban.
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  • En la vigilia, la paleógrafa podía fingir; en los sueños, la Arcángel recordaba.

    La pesadilla siempre empezaba como un paraíso. En su letargo, la mente humana perdía el control y su esencia divina intentaba expandirse a su tamaño original. De pronto, Raziel volvía a sentir las raíces del Árbol de la Sabiduría enredándose cálidamente en su espina dorsal. Podía escuchar de nuevo la sinfonía de los planetas orbitando, leer los pensamientos de las estrellas y comprender el abecedario de la lluvia. La omnisciencia inundaba su cabeza como luz pura. En su sueño, sentía el tirón en la espalda y sus majestuosas alas doradas se desplegaban, rasgando el viento con esa libertad que solo conocían los seres celestiales.

    —Padre... —rogó en un murmullo roto y tembloroso—. ¿Cuándo volverás? ¿Cuándo terminará este silencio? Te lo ruego... no me dejes olvidarte.
    En la vigilia, la paleógrafa podía fingir; en los sueños, la Arcángel recordaba. La pesadilla siempre empezaba como un paraíso. En su letargo, la mente humana perdía el control y su esencia divina intentaba expandirse a su tamaño original. De pronto, Raziel volvía a sentir las raíces del Árbol de la Sabiduría enredándose cálidamente en su espina dorsal. Podía escuchar de nuevo la sinfonía de los planetas orbitando, leer los pensamientos de las estrellas y comprender el abecedario de la lluvia. La omnisciencia inundaba su cabeza como luz pura. En su sueño, sentía el tirón en la espalda y sus majestuosas alas doradas se desplegaban, rasgando el viento con esa libertad que solo conocían los seres celestiales. —Padre... —rogó en un murmullo roto y tembloroso—. ¿Cuándo volverás? ¿Cuándo terminará este silencio? Te lo ruego... no me dejes olvidarte.
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  • — ¿Qué pasa si te encuentras con un exorcista? El aspecto que tienes ahora no ayuda mucho en disimular lo que eres

    Era el regaño de la noche por visitar el mundo humano, pero.... No podía evitarlo. ¿Porqué Dios crearía a los demonios que fueran amantes de la carne humana pero les prohibiría tocarlos? Eso era muy cruel. El sabor metálico en sus labios estaba tan vivo, tan latente. Negarle ese sabor era una tortura.
    🥀 — ¿Qué pasa si te encuentras con un exorcista? El aspecto que tienes ahora no ayuda mucho en disimular lo que eres Era el regaño de la noche por visitar el mundo humano, pero.... No podía evitarlo. ¿Porqué Dios crearía a los demonios que fueran amantes de la carne humana pero les prohibiría tocarlos? Eso era muy cruel. El sabor metálico en sus labios estaba tan vivo, tan latente. Negarle ese sabor era una tortura.
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  • Estas manos jamas podrán sostener a alguien con ternura.
    Porque ya conocen la calidez de la sangre humana.
    Estas manos jamas podrán sostener a alguien con ternura. Porque ya conocen la calidez de la sangre humana.
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