Las pesadas puertas del gran salón se cerraron tras el anuncio de la llegada de la reina al lugar. Elizabeth quien hace unos minutos había sufrido por el esfuerzo de vendarse sus heridas recién tratadas, ahora caminaba erguida como si el dolor no acuchillara su costado en cada paso. Al entrar, quedó claro que su llegada había interrumpido una acalorada discusión, y no tardó en descifrar el motivo
—Es una imprudencia —dijo Sigurd al resto del séquito, golpeando suavemente la mesa de madera tallada— Los rumores vuelan rápido... Dicen que hace milagros, que cura lo incurable. Si el Rey del Norte llega a escuchar que ocultamos a un ser con semejante poder, lo tomará como una provocación de guerra o, peor aún, como un arma que le estamos robando.
Elizabeth, cuya figura destacaba bajo la luz de los vitrales, cruzó sus brazos con calma. Sus ojos rojos recorrieron la mesa, silenciando los murmullos con una sola mirada.
—El pueblo no es tonto —continuó otro consejero—. Su apariencia ya es un factor demasiado llamativo. Hay aldeanos, bueno... mas aldeanas que aldeanos, que llevan horas apostadas en las grandes puertas, ignorando sus labores solo para intentar verle el rostro. No podemos tenerlo en el castillo. Es un riesgo político que no podemos permitirnos. Debe irse, y debe hacerlo antes del amanecer.
✴ ─ El extranjero se queda —la voz de Elizabeth cortó el aire como una hoja de acero.
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Elizabeth dio un paso al frente, y apoyo ambas manos en el mesón su presencia llenó el espacio con una autoridad que no admitía réplicas.
✴ ─ Se ha ganado el derecho de ser hospedado en estos muros —declaró ella con firmeza—
Se acercó a la ventana que daba al patio principal, observando las siluetas de los aldeanos a lo lejos.
✴ ─Mantendremos el secreto a puertas cerradas. Refuercen la guardia en las alas privadas y asegúrense de que nadie, absolutamente nadie externo al consejo, vuelva a verlo. Su apariencia podrá ser inusual, pero mientras esté dentro de estos muros, es un asunto de la corona. Si el Rey del Norte quiere respuestas, tendrá que pedírmelas a mí directamente.
La reina había hablado, pero el consejo real no compartía su decisión. Sabían que el sanador no era un simple huésped, era un peligro latente para todo Brattvåg.
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Continuación de https://ficrol.com/posts/359883
—Es una imprudencia —dijo Sigurd al resto del séquito, golpeando suavemente la mesa de madera tallada— Los rumores vuelan rápido... Dicen que hace milagros, que cura lo incurable. Si el Rey del Norte llega a escuchar que ocultamos a un ser con semejante poder, lo tomará como una provocación de guerra o, peor aún, como un arma que le estamos robando.
Elizabeth, cuya figura destacaba bajo la luz de los vitrales, cruzó sus brazos con calma. Sus ojos rojos recorrieron la mesa, silenciando los murmullos con una sola mirada.
—El pueblo no es tonto —continuó otro consejero—. Su apariencia ya es un factor demasiado llamativo. Hay aldeanos, bueno... mas aldeanas que aldeanos, que llevan horas apostadas en las grandes puertas, ignorando sus labores solo para intentar verle el rostro. No podemos tenerlo en el castillo. Es un riesgo político que no podemos permitirnos. Debe irse, y debe hacerlo antes del amanecer.
✴ ─ El extranjero se queda —la voz de Elizabeth cortó el aire como una hoja de acero.
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Elizabeth dio un paso al frente, y apoyo ambas manos en el mesón su presencia llenó el espacio con una autoridad que no admitía réplicas.
✴ ─ Se ha ganado el derecho de ser hospedado en estos muros —declaró ella con firmeza—
Se acercó a la ventana que daba al patio principal, observando las siluetas de los aldeanos a lo lejos.
✴ ─Mantendremos el secreto a puertas cerradas. Refuercen la guardia en las alas privadas y asegúrense de que nadie, absolutamente nadie externo al consejo, vuelva a verlo. Su apariencia podrá ser inusual, pero mientras esté dentro de estos muros, es un asunto de la corona. Si el Rey del Norte quiere respuestas, tendrá que pedírmelas a mí directamente.
La reina había hablado, pero el consejo real no compartía su decisión. Sabían que el sanador no era un simple huésped, era un peligro latente para todo Brattvåg.
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Las pesadas puertas del gran salón se cerraron tras el anuncio de la llegada de la reina al lugar. Elizabeth quien hace unos minutos había sufrido por el esfuerzo de vendarse sus heridas recién tratadas, ahora caminaba erguida como si el dolor no acuchillara su costado en cada paso. Al entrar, quedó claro que su llegada había interrumpido una acalorada discusión, y no tardó en descifrar el motivo
—Es una imprudencia —dijo Sigurd al resto del séquito, golpeando suavemente la mesa de madera tallada— Los rumores vuelan rápido... Dicen que hace milagros, que cura lo incurable. Si el Rey del Norte llega a escuchar que ocultamos a un ser con semejante poder, lo tomará como una provocación de guerra o, peor aún, como un arma que le estamos robando.
Elizabeth, cuya figura destacaba bajo la luz de los vitrales, cruzó sus brazos con calma. Sus ojos rojos recorrieron la mesa, silenciando los murmullos con una sola mirada.
—El pueblo no es tonto —continuó otro consejero—. Su apariencia ya es un factor demasiado llamativo. Hay aldeanos, bueno... mas aldeanas que aldeanos, que llevan horas apostadas en las grandes puertas, ignorando sus labores solo para intentar verle el rostro. No podemos tenerlo en el castillo. Es un riesgo político que no podemos permitirnos. Debe irse, y debe hacerlo antes del amanecer.
✴ ─ El extranjero se queda —la voz de Elizabeth cortó el aire como una hoja de acero.
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Elizabeth dio un paso al frente, y apoyo ambas manos en el mesón su presencia llenó el espacio con una autoridad que no admitía réplicas.
✴ ─ Se ha ganado el derecho de ser hospedado en estos muros —declaró ella con firmeza—
Se acercó a la ventana que daba al patio principal, observando las siluetas de los aldeanos a lo lejos.
✴ ─Mantendremos el secreto a puertas cerradas. Refuercen la guardia en las alas privadas y asegúrense de que nadie, absolutamente nadie externo al consejo, vuelva a verlo. Su apariencia podrá ser inusual, pero mientras esté dentro de estos muros, es un asunto de la corona. Si el Rey del Norte quiere respuestas, tendrá que pedírmelas a mí directamente.
La reina había hablado, pero el consejo real no compartía su decisión. Sabían que el sanador no era un simple huésped, era un peligro latente para todo Brattvåg.
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