El viento soplaba con suavidad sobre la pradera, agitando la hierba alta como un océano esmeralda. Ghost caminaba con las manos en los bolsillos, silbando una melodía pegajosa que había inventado en el momento. La tarde era tranquila, como a él le gustaba. Pero, claro, la paz nunca duraba cuando había visitantes indeseados.
Un olor extraño interrumpió su paseo. No era exactamente azufre, pero tenía ese regusto pesado, como si el aire se hubiera contaminado con algo que no pertenecía a este mundo. Ghost arrugó la nariz y giró la cabeza con una sonrisa torcida.
A unos metros, un grupo de figuras totalmente blancas, de siluetas diversas y retorcidas, se reunía en círculo. Se movían con una cadencia ajena a cualquier criatura normal, como si su existencia misma no siguiera las reglas de la naturaleza. Una de ellas, alta y con lo que parecía una estructura ósea visible bajo su piel traslúcida, hablaba con voz gutural sobre cosas como sacrificios, tormentos y todo el típico discurso de "vamos a destruir el mundo".
Ghost suspiró y se acercó sin miedo, con la misma actitud que tendría un vecino interrumpiendo una fiesta ruidosa.
—¡Muchachos! —exclamó con los brazos abiertos—. ¡Qué bonito ver a un grupo de amigos disfrutando de MI pradera! ¿No les ofrecieron bocadillos en la entrada o qué?
Las criaturas se giraron al unísono, algunas emitiendo sonidos graves, otras parpadeando con sus ojos vacíos. La más alta frunció lo que parecía ser su rostro.
—¿Quién eres tú?
Ghost puso una mano en el pecho, fingiendo indignación.
—¿Yo? ¡Qué grosería! Y yo que vengo a darles la bienvenida con toda la hospitalidad del mundo. Pero bueno, ya que lo preguntas, soy el tipo que va a hacer que se larguen.
Las figuras blancas se agitaron, algunas emitiendo una risa ronca. Una de ellas, baja y con extremidades alargadas, se burló:
—¿Y qué harás, bufón? ¿Contarnos un chiste hasta la muerte?
Ghost chasqueó los dedos, y en un parpadeo, la criatura salió disparada hacia el cielo como si la gravedad hubiera decidido tomarse un descanso. Sus compañeros la vieron elevarse hasta perderse de vista. Ghost sonrió con diversión.
—No, pero si quieren, puedo hacer un truco de desaparición. ¡Funciona mejor en grupo!
El aire se tornó pesado. Las criaturas comenzaron a retroceder con cautela. La más alta apretó lo que parecía su mandíbula.
—Eres más de lo que pareces…
Ghost se encogió de hombros.
—¿Recién te diste cuenta? ¿Y ustedes dicen ser expertos en lo oculto? ¡Despedidos, muchachos! —Su expresión se tornó afilada, sus ojos destellaron con un fulgor imposible de describir—. Ahora, escuchen bien: se largan. No mañana, no en un ratito. ¡AHORA!
La sombra de Ghost pareció extenderse de golpe, oscureciendo la pradera como si la noche hubiera caído en un solo parpadeo. Un susurro etéreo recorrió el aire, algo que no se escuchaba con los oídos, sino con el alma. Las criaturas sintieron un escalofrío, un temor profundo, visceral, el tipo de miedo que no nace de lo físico, sino de lo incomprensible.
No hubo más discusión. En un instante, se disiparon en la nada, como ceniza arrastrada por el viento.
La luz regresó. Ghost suspiró con satisfacción, sacudiéndose las manos.
—No hay respeto por la propiedad privada en estos tiempos… —murmuró, retomando su paseo con una sonrisa encantada.
Y con eso, la pradera volvió a ser suya.
Un olor extraño interrumpió su paseo. No era exactamente azufre, pero tenía ese regusto pesado, como si el aire se hubiera contaminado con algo que no pertenecía a este mundo. Ghost arrugó la nariz y giró la cabeza con una sonrisa torcida.
A unos metros, un grupo de figuras totalmente blancas, de siluetas diversas y retorcidas, se reunía en círculo. Se movían con una cadencia ajena a cualquier criatura normal, como si su existencia misma no siguiera las reglas de la naturaleza. Una de ellas, alta y con lo que parecía una estructura ósea visible bajo su piel traslúcida, hablaba con voz gutural sobre cosas como sacrificios, tormentos y todo el típico discurso de "vamos a destruir el mundo".
Ghost suspiró y se acercó sin miedo, con la misma actitud que tendría un vecino interrumpiendo una fiesta ruidosa.
—¡Muchachos! —exclamó con los brazos abiertos—. ¡Qué bonito ver a un grupo de amigos disfrutando de MI pradera! ¿No les ofrecieron bocadillos en la entrada o qué?
Las criaturas se giraron al unísono, algunas emitiendo sonidos graves, otras parpadeando con sus ojos vacíos. La más alta frunció lo que parecía ser su rostro.
—¿Quién eres tú?
Ghost puso una mano en el pecho, fingiendo indignación.
—¿Yo? ¡Qué grosería! Y yo que vengo a darles la bienvenida con toda la hospitalidad del mundo. Pero bueno, ya que lo preguntas, soy el tipo que va a hacer que se larguen.
Las figuras blancas se agitaron, algunas emitiendo una risa ronca. Una de ellas, baja y con extremidades alargadas, se burló:
—¿Y qué harás, bufón? ¿Contarnos un chiste hasta la muerte?
Ghost chasqueó los dedos, y en un parpadeo, la criatura salió disparada hacia el cielo como si la gravedad hubiera decidido tomarse un descanso. Sus compañeros la vieron elevarse hasta perderse de vista. Ghost sonrió con diversión.
—No, pero si quieren, puedo hacer un truco de desaparición. ¡Funciona mejor en grupo!
El aire se tornó pesado. Las criaturas comenzaron a retroceder con cautela. La más alta apretó lo que parecía su mandíbula.
—Eres más de lo que pareces…
Ghost se encogió de hombros.
—¿Recién te diste cuenta? ¿Y ustedes dicen ser expertos en lo oculto? ¡Despedidos, muchachos! —Su expresión se tornó afilada, sus ojos destellaron con un fulgor imposible de describir—. Ahora, escuchen bien: se largan. No mañana, no en un ratito. ¡AHORA!
La sombra de Ghost pareció extenderse de golpe, oscureciendo la pradera como si la noche hubiera caído en un solo parpadeo. Un susurro etéreo recorrió el aire, algo que no se escuchaba con los oídos, sino con el alma. Las criaturas sintieron un escalofrío, un temor profundo, visceral, el tipo de miedo que no nace de lo físico, sino de lo incomprensible.
No hubo más discusión. En un instante, se disiparon en la nada, como ceniza arrastrada por el viento.
La luz regresó. Ghost suspiró con satisfacción, sacudiéndose las manos.
—No hay respeto por la propiedad privada en estos tiempos… —murmuró, retomando su paseo con una sonrisa encantada.
Y con eso, la pradera volvió a ser suya.
El viento soplaba con suavidad sobre la pradera, agitando la hierba alta como un océano esmeralda. Ghost caminaba con las manos en los bolsillos, silbando una melodía pegajosa que había inventado en el momento. La tarde era tranquila, como a él le gustaba. Pero, claro, la paz nunca duraba cuando había visitantes indeseados.
Un olor extraño interrumpió su paseo. No era exactamente azufre, pero tenía ese regusto pesado, como si el aire se hubiera contaminado con algo que no pertenecía a este mundo. Ghost arrugó la nariz y giró la cabeza con una sonrisa torcida.
A unos metros, un grupo de figuras totalmente blancas, de siluetas diversas y retorcidas, se reunía en círculo. Se movían con una cadencia ajena a cualquier criatura normal, como si su existencia misma no siguiera las reglas de la naturaleza. Una de ellas, alta y con lo que parecía una estructura ósea visible bajo su piel traslúcida, hablaba con voz gutural sobre cosas como sacrificios, tormentos y todo el típico discurso de "vamos a destruir el mundo".
Ghost suspiró y se acercó sin miedo, con la misma actitud que tendría un vecino interrumpiendo una fiesta ruidosa.
—¡Muchachos! —exclamó con los brazos abiertos—. ¡Qué bonito ver a un grupo de amigos disfrutando de MI pradera! ¿No les ofrecieron bocadillos en la entrada o qué?
Las criaturas se giraron al unísono, algunas emitiendo sonidos graves, otras parpadeando con sus ojos vacíos. La más alta frunció lo que parecía ser su rostro.
—¿Quién eres tú?
Ghost puso una mano en el pecho, fingiendo indignación.
—¿Yo? ¡Qué grosería! Y yo que vengo a darles la bienvenida con toda la hospitalidad del mundo. Pero bueno, ya que lo preguntas, soy el tipo que va a hacer que se larguen.
Las figuras blancas se agitaron, algunas emitiendo una risa ronca. Una de ellas, baja y con extremidades alargadas, se burló:
—¿Y qué harás, bufón? ¿Contarnos un chiste hasta la muerte?
Ghost chasqueó los dedos, y en un parpadeo, la criatura salió disparada hacia el cielo como si la gravedad hubiera decidido tomarse un descanso. Sus compañeros la vieron elevarse hasta perderse de vista. Ghost sonrió con diversión.
—No, pero si quieren, puedo hacer un truco de desaparición. ¡Funciona mejor en grupo!
El aire se tornó pesado. Las criaturas comenzaron a retroceder con cautela. La más alta apretó lo que parecía su mandíbula.
—Eres más de lo que pareces…
Ghost se encogió de hombros.
—¿Recién te diste cuenta? ¿Y ustedes dicen ser expertos en lo oculto? ¡Despedidos, muchachos! —Su expresión se tornó afilada, sus ojos destellaron con un fulgor imposible de describir—. Ahora, escuchen bien: se largan. No mañana, no en un ratito. ¡AHORA!
La sombra de Ghost pareció extenderse de golpe, oscureciendo la pradera como si la noche hubiera caído en un solo parpadeo. Un susurro etéreo recorrió el aire, algo que no se escuchaba con los oídos, sino con el alma. Las criaturas sintieron un escalofrío, un temor profundo, visceral, el tipo de miedo que no nace de lo físico, sino de lo incomprensible.
No hubo más discusión. En un instante, se disiparon en la nada, como ceniza arrastrada por el viento.
La luz regresó. Ghost suspiró con satisfacción, sacudiéndose las manos.
—No hay respeto por la propiedad privada en estos tiempos… —murmuró, retomando su paseo con una sonrisa encantada.
Y con eso, la pradera volvió a ser suya.
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