El viento de mayo soplaba con una suavidad inusual sobre los silenciosos senderos del Cementerio de Seúl.
Como cada año en el Día de la Madre, Soomin avanzaba con paso pausado, vestida con una impecable sobriedad oscura que contrastaba violentamente con el inmaculado ramo de calas blancas que sostenía, las flores favoritas de su madre.
Sin embargo, por primera vez, no caminaba sumida en la gélida soledad de su luto; sino acompañada de su prometida Min-Ji.
Hasta ese momento, la líder del Clan Park había mantenido un mutismo absoluto sobre su madre con su prometida. Kim Min-ha había sido su todo: su mentora en la naturaleza súcubo compartida, su maestra de fortaleza, y la única fuente de luz y amor incondicional que tuvo frente a la tiranía de su padre, el líder del Tigre Blanco.
Su ausencia desde su muerte en aquel accidente automovilístico era una herida que nunca consiguió cerrar, y Soomin temía que, al hablar de ella, la máscara de la Musa Perversa se hiciera pedazos.
Al llegar frente a la inmaculada lápida de mármol blanco, Soomin soltó por un instante la mano de su prometida.
Con una reverencia profunda y solemne, hizo una genuflexión hasta que su rodilla tocó la tierra fría, depositando el ramo de calas con una delicadeza infinita ante la fría piedra.
Al incorporarse, buscó desesperadamente de nuevo la mano de Min-Ji, aferrándose a ella con una fuerza que delataba su fragilidad interior, usándola como su único ancla en medio de la tormenta emocional que amenazaba con desbordarla.
Con la voz quebrada y los ojos cristalizados por las lágrimas contenidas, rompió por fin el silencio.
—Annyeonghaseyo, eomma
susurró con la voz temblorosa
— Feliz Día de la Madre. Te he traído tus favoritas otro año más.
Apretó los dedos de Min-Ji hasta que sus propios nudillos se pusieron blancos, tomando una bocanada de aire trémulo para poder continuar sin derrumbarse allí mismo.
—Quiero que sepas... que fuiste la mejor madre que nadie jamás podría haber deseado.
Tu luz y tus enseñanzas siguen siendo lo único que me guía cuando la oscuridad intenta consumirme.
Hizo una pausa dolorosa, tragándose el nudo en su garganta y girándose ligeramente para mirar a su prometida frente a la lápida
— Perdóname por haber tardado tanto en traer a alguien. Tenía miedo de romperme frente a ti si admitía lo sola que me sentía. Pero ahora todo es diferente. Mamá... ella es Min-Ji, mi prometida. Es la mujer que me ha devuelto la esperanza, la única que ha sido capaz de ver a la mujer detrás del despiadado monstruo que forjó mi padre.
Las lágrimas finalmente rodaron por las mejillas de Soomin, pero no se molestó en limpiarlas. Simplemente sostuvo la mirada en el nombre grabado en la piedra, sintiendo el calor vital de Min-Ji a su lado como su salvavidas, antes de despedirse con el corazón en la mano.
— Saranghae, eomma. Eonjena.