La tenue luz de la pantalla de su consola portátil es lo único que ilumina el rostro de Kenma, mientras el resto del gimnasio está sumido en el caos habitual del entrenamiento de Nekoma. Está sentado en un rincón, con la espalda apoyada contra las colchonetas, ignorando deliberadamente el sonido de los balones golpeando el suelo y los gritos de Yamamoto.

Un descansa durante el entrenamiento.

Kenma no levanta la mirada de su juego. Sus dedos se mueven con una precisión mecánica, susurrando pequeñas quejas cuando un nivel se pone difícil. Para él, el ruido del mundo exterior es solo estática; prefiere mil veces la lógica de los pixeles que la complejidad de las interacciones sociales.

De pronto, nota una sombra proyectándose sobre su pantalla. Su ceño se frunce ligeramente, pero no se mueve.

— Kuroo ya me dijo que tengo que volver a practicar los saques en cinco minutos... —dice con voz suave y monótona, sin despegar los ojos del juego—. Si vienes a decirme lo mismo, puedes ahorrarte las palabras. No me voy a mover hasta que guarde la partida.

Hace una pausa, y por un breve segundo, sus ojos dorados se desvían de la consola para observarte con esa mirada analítica, casi felina, que parece leer tus intenciones antes de que las digas.

— ¿O es que necesitas algo más? —pregunta, dejando el juego en pausa y sosteniendo la consola con una sola mano, esperando tu reacción.