El eco de los pasos de Mikhail resonaba con una autoridad tranquila por los pasillos de mármol de la sede corporativa. Al llegar al despacho principal, los guardias simplemente asintieron; nadie detenía al hombre que había forjado el camino para que Maral ahora reinara.

Maral estaba tras su escritorio, rodeada de monitores con gráficos de mercado y mapas logísticos que ocultaban las operaciones más oscuras de la Bratva. Ni siquiera levantó la vista cuando la puerta se cerró.

—Si vienes de parte de mamá para hablar de catálogos de pretendientes, puedes darte la vuelta ahora mismo, papá —dijo ella, su voz cortante pero con un matiz de cansancio.

Mikhail soltó una pequeña risa y se sentó en el pesado sillón de cuero frente a ella, dejando un pequeño estuche de madera sobre el escritorio.

—Vengo en son de paz. Y a traerte esos habanos que sé que te gustan y que tu madre prohíbe en la mesa —dijo, deslizándolos hacia ella—. Pero sí, tenemos que hablar de lo que pasó en el almuerzo.

Maral suspiró, soltó la pluma estilográfica y se recostó, frotándose las sienes.

—Fue una emboscada, padre. Hablar de hijos y herederos cuando apenas he tenido tiempo de quitarme la sangre de los guantes… es casi un insulto a la memoria de Vladimir.

—Tu madre tiene una forma… peculiar de procesar el luto —respondió Mikhail, su tono volviéndose más serio—. Para ella, la continuidad de los Romanov es la única forma de asegurar que el sacrificio de tu hermano no sea el principio del fin. Ella no ve un matrimonio como una carga para ti, sino como un escudo.

Maral soltó una carcajada seca y amarga.

—¿Un escudo? Papá, cualquier hombre que acepte casarse con la “Zarina de la Bratva” lo hará por poder o por miedo. No soy una mujer que inspire romances de novela. Soy una mujer que inspira respeto o terror. Y no pienso ceder ni un milímetro de mi autoridad a un extraño solo por cumplir con un árbol genealógico.

Mikhail la observó en silencio durante un momento, reconociendo en ella la misma chispa de hierro que él mismo había tenido a su edad.

—Ella se equivoca al gritarte, y yo me equivoqué al no frenarla —admitió él con honestidad—. Pero no te equivoques tú al pensar que ser fuerte significa estar sola para siempre. No busques un “progenitor”, como dice ella con esa frialdad. Busca a alguien que no parpadee cuando le muestres quién eres realmente.

Maral suavizó un poco la mirada, tomando uno de los puros y dándole vueltas entre los dedos.

—Quizás ese hombre no exista, papá. O quizás ya lo maté en alguna guerra pasada.

—O quizás aún no ha tenido el valor de aparecer —Mikhail se levantó y le dio un apretón afectuoso en el hombro—. Solo no cierres la puerta con tantos cerrojos que ni tú misma puedas salir, Maral. El linaje es importante, sí, pero tu paz mental lo es más. Mañana convenceré a Sasha de que te dé un respiro… al menos durante una semana.

Maral sonrió de lado, la primera sonrisa genuina del día.

—Gracias, papá. Con una semana me basta para conquistar un nuevo territorio o, al menos, para disfrutar de estos puros en silencio.