El sol de mediodía se filtraba por los grandes ventanales del comedor principal, bañando la vajilla de porcelana con una luz que hacía que todo pareciera, por un momento, extrañamente normal. Había pasado un mes desde que la sangre de los asesinos de Vladimir terminara de secarse. La venganza, un plato que Maral había servido con precisión gélida, finalmente estaba consumada.

Mikhail cortaba su filete con la parsimonia de un hombre que ha recuperado la paz, mientras Sasha, impecable como siempre, observaba a su hija con una mezcla de orgullo y una determinación nueva que Maral no terminó de procesar a tiempo.

—Este vino es excelente, Maral —comentó Mikhail, levantando su copa—. Es bueno ver que la gestión de la Bratva no te ha quitado el gusto por lo bueno.

—Es una de las pocas ventajas del cargo, papá —respondió ella con una media sonrisa, permitiéndose relajar los hombros.

La conversación fluyó entre anécdotas ligeras y planes de expansión comercial, un respiro necesario tras meses de guerra. Sin embargo, Sasha dejó su cubierto a un lado y limpió las comisuras de sus labios con una elegancia que precedía a las tormentas.

—Todo está en orden ahora, ¿verdad, querida? —preguntó Sasha. Maral asintió, tomando un sorbo de agua—. Bien. Porque ahora que la deuda de Vladimir ha sido saldada y la familia está segura, tenemos que mirar hacia adelante. No puedes cargar con todo el peso tú sola para siempre. Debes empezar a considerar seriamente el matrimonio. Necesitas un heredero, alguien que asegure la dinastía Romanov.

El trago de agua se detuvo abruptamente en la garganta de Maral. Un espasmo involuntario la hizo toser con fuerza, mientras el rostro se le encendía por el esfuerzo de recuperar el aire. Mikhail le dio un par de palmadas firmes en la espalda mientras ella buscaba desesperadamente una servilleta.

—¿Estás bien? —preguntó Sasha, impasible, como si no acabara de lanzar una granada en medio de la mesa.

—Madre... —logró decir Maral, con la voz aún algo ronca y los ojos ligeramente llorosos por el sofocón—. Por favor. Apenas hace un mes que el suelo dejó de temblar.

—Precisamente por eso —insistió Sasha—. La estabilidad se construye con cimientos sólidos, y un linaje es el cimiento más fuerte de todos.

Maral enderezó la espalda, recuperando su compostura de líder, aunque el corazón le latía con una urgencia que nada tenía que ver con el combate.

—La dinastía está segura conmigo al mando —dijo con firmeza, dejando el vaso sobre la mesa—. No es necesario precipitarse. Tengo treinta y seis años, no estoy al borde de la tumba. Además, la Bratva necesita una líder enfocada, no una mujer distraída por alianzas matrimoniales que, sinceramente, ahora mismo no me interesan. Hay tiempo de sobra para pensar en el futuro... pero hoy, el presente ya es bastante complicado.

Mikhail intercambió una mirada con su esposa y luego se encogió de hombros, volviendo a su comida con un gesto que decía: *“Yo no me meto en esto”*.

—Solo piénsalo —concluyó Sasha con una sonrisa críptica—. Las leonas también necesitan un orgullo que proteger.

Maral simplemente suspiró y volvió a su plato, preguntándose si no habría sido más fácil enfrentarse a otra facción rival que a las expectativas de su madre.

Sasha arqueó una ceja, manteniendo esa expresión de serenidad que Maral siempre había encontrado más intimidante que un arma cargada. Maral aprovechó el silencio para dejar los cubiertos sobre el plato con un tintineo definitivo, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Además, seamos realistas, mamá —continuó Maral, con un tono teñido de un sarcasmo amargo—. Parece que provoco que los hombres huyan en la dirección opuesta antes siquiera de decir mi apellido. No soy precisamente lo que ellos buscan.

Sasha abrió la boca para interrumpir, pero Maral se adelantó, enumerando los puntos con los dedos.

—No soy manipulable, no sé lo que es la sumisión y, honestamente, no tengo la menor intención de aprender. A los hombres que frecuentan nuestro círculo les gusta sentir que tienen el control, y en el momento en que se dan cuenta de que no pueden doblegarme, el interés se convierte en miedo. ¿Quién querría casarse con una mujer que puede ordenar su ejecución antes del desayuno?

Mikhail soltó una risita por lo bajo, ganándose una mirada fulminante de su esposa. Maral aprovechó la brecha para intentar dar por terminada la emboscada.

—Es una pérdida de tiempo —sentenció ella, levantándose de la silla con una agilidad casi felina—. La Bratva es un marido demasiado celoso y exigente como para compartir mi cama con otro. Y ahora, si me disculpan, tengo una reunión con los capitanes del sector norte que no puede esperar. El deber me llama, y ese es un compromiso que no puedo romper.

Hizo un gesto rápido de despedida y salió del comedor a paso firme, sin mirar atrás, sintiendo cómo el aire fresco del pasillo la aliviaba más que cualquier vaso de agua. Sabía que su madre no se rendiría tan fácilmente, pero por hoy, cualquier excusa —incluso su propia “falta de encanto”— era una victoria necesaria.

Justo cuando Maral ponía un pie fuera del umbral, la voz de Sasha resonó por todo el comedor, perdiendo por un segundo esa compostura aristocrática que tanto la caracterizaba. Fue un grito cargado de autoridad, una orden que detuvo a los guardias en el pasillo.

—¡Maral Romanov, no te atrevas a darme la espalda! —exclamó su madre, poniéndose en pie—. ¡Debes buscar un hombre a tu altura y punto! Tienes que pensar en el linaje, en quién heredará todo lo que hemos construido. ¡No puedes dejar la corona de los Romanov en el vacío, necesitas un progenitor para tus hijos!

Maral no se detuvo, pero sus hombros se tensaron un instante antes de desaparecer por completo tras las pesadas puertas de roble.

Sasha soltó un suspiro largo y frustrado, dejando caer los hombros mientras la ira se transformaba en decepción. Giró la cabeza lentamente hacia su marido, quien seguía concentrado en su copa de vino con una fascinación repentina.

—¿Y tú? —le espetó Sasha, con los ojos echando chispas—. ¿Te vas a quedar ahí sentado mientras tu hija se convierte en la última de nuestra sangre? Podrías haberme apoyado, Mikhail. Tu silencio la hace más testaruda.

Mikhail dejó la copa sobre la mesa y levantó las manos en señal de rendición, soltando un suspiro de resignación.

—Lo siento, querida, de verdad —se disculpó con tono conciliador—. Pero sabes tan bien como yo que Maral es igual a ti. Intentar acorralar a una leona solo hace que muerda más fuerte. Mañana lo intentaremos de nuevo, pero por hoy... creo que hemos sobrevivido al almuerzo.