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✧ Datos generales
Nombre: Estellæ Redwyne
Raza: Semi-elfa
Edad: 24 años
Ocupación: Cocinera y futura dueña de taberna
Residencia: Vive en la taberna con su padre
✧ Apariencia
Estatura media, complexión ligera
Orejas sutilmente puntiagudas (no tan evidentes)
Cabello largo, ligeramente ondulado, color negro
Ojos claros (grises), muy expresivos
Piel cálida, con ligeras pecas
Detalles característicos:
Siempre tiene pequeñas manchas de harina en la ropa
Usa vestidos simples con delantal
✧ Personalidad
Dulce, pero no ingenua
Observadora y algo reservada
Muy empática (aunque no siempre sabe cómo expresarlo con palabras)
Tiene un humor suave, irónico a veces
Le cuesta hablar de sí misma
Cuida profundamente a los demás… pero no sabe cómo pedir cuidado para ella.
✧ Habilidades
🍲 Cocina emocional (habilidad especial)
Su comida transmite emociones de forma mágica.
Es inconsciente: ella cree que solo cocina “con cariño”.
Funciona más fuerte cuando está emocionalmente cargada.
Efectos posibles:
- Nostalgia
- Calma profunda
- Tristeza suave
- Sensación de hogar
🏠 Gestión de taberna (aprendiendo)
Sabe cocinar mejor que administrar. Está empezando a encargarse de:
- cuentas
- trato con clientes
- provisiones
A veces se abruma, pero no lo dice.
✧ Historia
Estellæ creció en una taberna que siempre olía a pan recién hecho y leña húmeda: La Mesa de Valen.
Su madre, Vesperia, una elfa perteneciente a un gremio errante, no estaba hecha para ese tipo de vida. Había llegado al pueblo como parte de un viaje más, y lo que ocurrió con Thomas Redwyne fue… breve, intenso y suficiente para cambiarlo todo.
Cuando supo que estaba embarazada, no se quedó.
Continuó su camino.
Meses después, regresó una sola vez.
No hubo anuncio ni despedidas largas. Solo una noche tranquila en la que el viento apenas movía las cortinas de la taberna. Llevaba a la bebé en brazos.
Se la entregó a Thomas. No hubo promesas de volver. No hubo lágrimas visibles.
Solo palabras claras, casi suaves:
“No es una vida para mí.”
Y así como llegó… se fue.
Thomas Valen nunca la persiguió.
Tampoco intentó llenar el vacío con mentiras.
Crió a su hija entre mesas de madera, risas ajenas y platos calientes. Le enseñó a cocinar antes de que pudiera alcanzar bien la encimera, cargándola en un banquito improvisado mientras ella observaba, preguntaba y probaba todo.
Nunca habló mal de Vesperia, pero tampoco la convirtió en un recuerdo hermoso.
Cuando Estellæ preguntaba, él respondía lo justo:
“Era alguien que no sabía quedarse.”
La taberna fue siempre su mundo.
Ahí aprendió a leer a las personas:
el viajero cansado; la pareja que discutía en voz baja; el hombre que bebía en silencio.
Sin darse cuenta, empezó a cocinar distinto para cada uno: un plato más cálido, una sopa más suave, un pan más dulce.
Y la gente… respondía.
Algunos se quedaban más tiempo del que planeaban.
Otros hablaban de cosas que no pensaban decir.
Algunos simplemente… respiraban mejor.
Estellæ creció creyendo que eso era normal. Que así funcionaba la comida.
Con los años, Thomas empezó a cambiar.
No de golpe, sino en pequeños detalles: se sentaba más seguido, tardaba más en levantarse por las mañanas, dejaba que Estellæ atendiera más mesas. Confiaba en ella para cosas que antes hacía solo.
No fue una conversación formal.
Fue un traspaso silencioso.
Una noche le dejó las cuentas sin decir nada.
Otro día no corrigió una decisión que ella tomó.
Y un día, simplemente dijo:
“Creo que ya puedes con esto.”
Estellæ no está segura de que sea verdad.
Siente el peso de la taberna como algo más que un negocio: es el lugar donde creció, donde aprendió a amar, donde su padre sigue estando… incluso cuando ya no pueda hacer todo como antes.
Y en medio de todo eso, hay algo que no entiende.
Porque a veces, cuando cocina sintiendo demasiado…
la gente llora, ríe sin razón o se queda en silencio, como si algo dentro de ellos hubiera sido tocado.
Y Estellæ no sabe por qué.
A veces, cuando cierra la taberna por la noche, se queda sola en la cocina.
Apoya las manos sobre la mesa aún tibia y mira la puerta por unos segundos de más.
No espera a nadie.
Pero hay algo en ella… que siente que alguien, en algún lugar, eligió irse.
Y no entiende por qué eso sigue importándole.