La nieve de Durrës ya no era blanca; era un lodo escarlata bajo las botas de combate de Maral Romanov. Hacía quince años que su padre, el legendario Mikhail, la había nombrado líder absoluta de la Bratva, y en ese tiempo, la "Leona" había transformado el respeto en un terror religioso. A su lado, moviéndose como un espectro níveo entre las sombras, avanzaba Koldum. El imponente león blanco, de ojos azules como el hielo siberiano, no se separaba de ella. Maral lo crió desde que era un cachorro pequeño, un regalo de su padre; ahora, era una bestia de guerra de doscientos kilos que solo respondía a sus susurros.
El Asalto al Puerto
El despliegue fue quirúrgico. Los Volki abrieron brecha, pero Maral encabezaba la carnicería. Al entrar en el primer hangar, tres soldados del clan Krah Hekuri abrieron fuego. Maral se deslizó tras un contenedor mientras Koldum, con un rugido que hizo vibrar el metal, saltó sobre un tirador, hundiendo sus colmillos en el cuello del hombre antes de que pudiera gritar.
Maral salió de su cobertura empuñando su shashka de acero oscuro. Un enemigo intentó interceptarla con una escopeta, pero ella fue un relámpago: desvió el cañón con la hoja y, en un giro fluido, le cercenó la mano derecha. Mientras el hombre caía en shock, ella hundió su estilete en la base de su cráneo. No había pausa. Otro soldado la embistió con un cuchillo táctico; Maral bloqueó el brazo, fracturó su codo con un golpe seco de palma y utilizó al hombre como escudo humano, vaciando su pistola contra los refuerzos que bajaban por las pasarelas. La sangre ajena empapaba su abrigo de cuero, pero sus ojos permanecían fijos, gélidos.
— ¡Por Vladimir! —rugió Gregor, su mano derecha, mientras reventaba la cabeza de un guardia con su maza táctica.
Maral no gritaba. Ella era el silencio antes del trueno. Koldum caminaba a su lado, sus garras dejando surcos en el suelo de hormigón, sus ojos azules brillando con la misma sed de sangre que su dueña.
El Calvario de Krah Hekuri
Finalmente, derribaron las puertas de la cámara acorazada. El líder del clan, responsable directo de la emboscada a Vladimir, fue arrastrado hasta el centro de la habitación. Maral entró con paso lento, seguida por la figura fantasmal de Koldum.
El interrogatorio comenzó con un silencio sepulcral que dolía más que los golpes. Maral sacó un kit de disección.
— Mi hermano Vladimir creía en el honor —dijo Maral, su voz vibrando con un veneno gélido—. Yo solo creo en el equilibrio. Sangre por sangre.
Le clavó un fino estilete en el muslo, buscando el nervio femoral sin tocar la arteria. Krah soltó un alarido que se quebró cuando Maral le hundió un dedo en la herida abierta.
— ¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Cuál era el motivo para asesinar a un Romanov? ¿Por qué creen que un puñado de ratas puede derrocar a las 30 Mafias, incluyendo la hegemonía de la Bratva?
— ¡Queríamos... autonomía! —chillo Krah, mientras Maral le arrancaba la uña del dedo índice con unas tenazas—. El orden de las 30 es... antiguo... queríamos un mundo sin zares...
Maral sonrió sin rastro de calor y procedió a realizar cortes precisos en el torso, separando la piel del músculo con la pericia de un cirujano. El dolor era tan vívido que el hombre empezó a convulsionar.
— El objetivo... —balbuceó el líder entre espasmos de agonía— era debilitar el consejo... que las familias se mataran entre sí... pero no esperábamos... que Mikhail te enviara a ti... ¡Piedad! ¡Mátame ya, por el amor de Dios! ¡Te lo ruego, l'vitsa, ten piedad!
— La piedad murió con mi hermano —susurró ella al oído de la víctima—. Tú no eres un revolucionario, eres un error que voy a borrar de la historia. Tu clan será polvo, y tu nombre un insulto.
El Final de la Cacería
Tras una hora de agonía ininterrumpida, donde el líder Krah ya no era más que una masa de carne trémula y llanto ininteligible, Maral se puso en pie. Se limpió una gota de sangre de la mejilla con un pañuelo de seda blanca.
— Ya no me sirve —dictaminó Maral. Miró a su fiel compañero, que aguardaba con la mandíbula goteando anticipación—. Cena, mi rey.
Koldum no necesitó segunda orden. Con una ferocidad controlada, el león blanco se lanzó sobre lo que quedaba del líder, rompiendo huesos y desgarrando carne mientras los gritos finales de Krah se ahogaban en la garganta del felino.
Maral se quedó observando la escena con los brazos cruzados, su respiración agitada siendo lo único que delataba su fatiga. Gregor se acercó lentamente. Conocía a Maral desde que era una niña y sabía que, tras la furia, venía el vacío.
— Ya está hecho, Maral —dijo Gregor con voz suave, colocando una mano firme pero respetuosa sobre su hombro—. Vladimir está vengado. Tu padre estará orgulloso cuando sepa que la heredera que lleva 15 años manteniendo el orden ha aplastado la rebelión de raíz. Debes descansar, o la oscuridad te consumirá antes que a ellos.
Maral cerró los ojos un segundo, permitiendo que la mano de su mano derecha la anclara a la realidad.
— Solo hemos empezado, Gregor —respondió ella, mirando a Koldum, cuyo pelaje blanco ahora estaba teñido de un carmesí violento—. Aún quedan nueve nombres en la lista.
El Temor de los nueve
Mientras Maral ordenaba un descanso de 48 horas, el eco de la carnicería llegó a los rincones más oscuros de Europa. En un sótano fortificado en Londres, los líderes traidores restantes se reunieron. La silla de los albaneses estaba vacía.
— No es una guerra —dijo el serbio de TXE, con la voz quebrada—. Es una purga. Creíamos que Mikhail enviaría a un general tras la muerte de Vladimir. Pero envió a la L'vitsa.
— ¿Qué hacemos? —preguntó el marroquí, sudando de terror.
— Rezar —respondió el inglés, cerrando los ojos—. Porque cuando ella despierte de su descanso, vendrá por nosotros. Y ella no conoce la palabra "rendición".
El Pacto de los Condenados
El silencio en el búnker de Londres fue roto por el golpe seco de una palma contra la mesa de caoba. El líder de Los Caballeros ingleses, recuperando una compostura alimentada por el puro instinto de supervivencia, miró a sus aliados restantes.
— ¡Basta de temblar! —siseó, sus ojos inyectados en sangre—. Sabemos de lo que es capaz la l'vitsa, pero también sabemos que Mikhail envió a su mejor activo porque está desesperado. Si Maral nos borra uno a uno, la Bratva recuperará el control total. Pero si resistimos, si convertimos cada una de nuestras sedes en una fortaleza de tierra quemada, ella se desangrará antes de llegar a la mitad de su lista.
Los otros ocho líderes se miraron entre sí. El miedo seguía ahí, latente como un pulso, pero fue reemplazado por una determinación suicida. Sabían que no había perdón para ellos; la rendición solo significaba terminar como cena para el león blanco en una habitación oscura.
— No vamos a esperar a que nos cace en nuestros sueños —declaró el griego de los Padrinos de la Noche, apretando los puños—. Uniremos nuestros recursos. Mercenarios de élite, tecnología de contrainteligencia y trampas que ni siquiera un Romanov podría prever. Si ella quiere una purga, le daremos una guerra de desgaste que hará que desearía haber muerto junto a Vladimir. No estamos derrotados mientras respiremos; buscaremos la forma de mantenernos vivos, aunque tengamos que prender fuego al continente para lograrlo.
La Calma de la Leona
De vuelta en el búnker improvisado en el puerto de Durrës, el ambiente era radicalmente distinto. El eco de los huesos rompiéndose bajo las mandíbulas de Koldum finalmente se detuvo. El león, con el pelaje del pecho empapado en un rojo denso, caminó hacia Maral y apoyó su pesada cabeza en el regazo de su dueña. Ella, impasible, acarició sus orejas con suavidad, dejando manchas de sangre en el blanco inmaculado de su cabeza.
Gregor observaba la escena desde la sombra de la puerta. Al ver que el león se echaba a los pies de Maral, se acercó con un vaso de vodka frío y una toalla limpia.
— Bebe —le ordenó Gregor con una voz que mezclaba la firmeza de un soldado con la preocupación de un tío—. El veneno que llevas dentro es lo que te mantiene viva, pero si no lo dejas descansar, te quemará por completo.
Maral tomó el vaso, pero no bebió de inmediato. Miró a su mano derecha, sus ojos azules —idénticos a los de su león— fijos en la nada.
— Creen que pueden resistir, Gregor —dijo ella en un susurro gélido—. Creen que la tecnología y los muros los salvarán. No entienden que yo no soy un ejército. Soy la consecuencia de sus actos.
Gregor puso su mano sobre el hombro de Maral, apretando con fuerza para transmitirle estabilidad.
— Lo saben, Maral. Por eso van a luchar como animales acorralados. Pero tú eres la heredera de Mikhail; llevas quince años sosteniendo el peso de la Bratva sobre tus hombros. Has sobrevivido a traiciones peores que esta. Ahora, descansa. Deja que los Volki limpien este desastre. Mañana, el mundo recordará por qué los Romanov nunca caen.
Maral asintió lentamente, permitiendo que la adrenalina bajara por primera vez en horas. Mientras cerraba los ojos, el rugido lejano de un trueno se mezcló con el ronroneo profundo de Koldum, presagiando la tormenta que estaba por desatarse sobre los nueve que aún se atrevían a respirar.