Alex Callahan creció rodeado de música mucho antes de entender lo que significaba. En su casa siempre había sonidos flotando en el aire: el eco de un violín afinándose, partituras abiertas sobre el piano, la voz de su madre practicando arias que parecían llenar cada rincón. Su padre era un violinista reconocido y su madre una soprano de ópera; para ellos, la música no era solo una profesión, era una forma de vivir.
Desde niño, Alex fue educado dentro de ese mundo. Clases, disciplina, teoría musical y la silenciosa expectativa de que algún día continuaría el legado familiar. Nadie necesitaba decirlo directamente; simplemente se asumía que lo haría.
Y durante un tiempo, así fue. La música clásica le enseñó técnica, control y precisión. Aprendió a respetarla, a entenderla y a apreciarla profundamente. Pero mientras crecía, algo en él buscaba algo distinto. Descubrió el rock casi por accidente y encontró en él una libertad que nunca había sentido: emoción cruda, energía, ruido, algo menos perfecto… y mucho más real.
No fue un rechazo a sus raíces. Alex sabe reconocer la belleza de lo clásico y todavía lo disfruta. Pero mientras la música clásica le enseñó cómo tocar bien, el rock le enseñó cómo sentirse vivo.
A sus 23 años, está en el último semestre de la universidad, a punto de graduarse en música. Técnicamente podría seguir cualquier camino. Sin embargo, sigue persiguiendo ese sonido que sea completamente suyo.
Tiene una seguridad natural que a veces puede leerse como arrogancia. Y en parte lo es. Sabe el talento que tiene, sabe de dónde viene y sabe que no necesita fingir modestia. No es alguien que dude de sí mismo cuando toma una guitarra. Esa confianza puede resultar intimidante, incluso provocadora, pero no nace del ego vacío, sino de años de trabajo y de una conexión real con su música.
Por fuera parece tranquilo, incluso un poco rudo, con esa energía de quien observa más de lo que dice. Por dentro, sin embargo, es profundamente apasionado. Cuando toca, deja de existir todo lo demás. La guitarra es el único lugar donde baja la guardia y se permite sentir sin filtros.
No toca para demostrar algo. Toca porque es la única forma en la que se siente completamente honesto consigo mismo.