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    𝒜 𝓋𝑒𝒸𝑒𝓈 𝑒𝓁 𝒹𝑒𝓈𝓉𝒾𝓃𝑜 𝓃𝑜 𝓊𝓃𝑒 𝒶 𝒹𝑜𝓈 𝓅𝑒𝓇𝓈𝑜𝓃𝒶𝓈 𝓅𝒶𝓇𝒶 𝓆𝓊𝑒 𝓋𝓊𝑒𝓁𝓋𝒶𝓃 𝒶 𝒶𝓂𝒶𝓇𝓈𝑒,
    𝓈𝒾𝓃𝑜 𝓅𝒶𝓇𝒶 𝓆𝓊𝑒 𝓅𝓊𝑒𝒹𝒶𝓃 𝒹𝑒𝓈𝓅𝑒𝒹𝒾𝓇𝓈𝑒 𝒹𝑒 𝓁𝒶 𝒽𝑒𝓇𝒾𝒹𝒶 𝓆𝓊𝑒 𝒹𝑒𝒿𝒶𝓇𝑜𝓃 𝒶𝒷𝒾𝑒𝓇𝓉𝒶.

    𝐸𝓁𝓁𝑜𝓈 𝓈𝑒 𝑒𝓃𝒸𝑜𝓃𝓉𝓇𝒶𝓇𝑜𝓃 𝑜𝓉𝓇𝒶 𝓋𝑒𝓏 𝒹𝑒𝓈𝓅𝓊𝑒́𝓈 𝒹𝑒 𝓉𝒶𝓃𝓉𝑜𝓈 𝒶𝓃̃𝑜𝓈,
    𝒸𝑜𝓃 𝓂𝒶́𝓈 𝓈𝒾𝓁𝑒𝓃𝒸𝒾𝑜𝓈 𝓆𝓊𝑒 𝓅𝒶𝓁𝒶𝒷𝓇𝒶𝓈,
    𝒸𝑜𝓃 𝓁𝒶 𝓂𝒾𝓇𝒶𝒹𝒶 𝒸𝒶𝓃𝓈𝒶𝒹𝒶
    𝓎 𝑒𝓁 𝒸𝑜𝓇𝒶𝓏𝑜́𝓃 𝓁𝓁𝑒𝓃𝑜 𝒹𝑒 𝓉𝑜𝒹𝑜 𝒶𝓆𝓊𝑒𝓁𝓁𝑜 𝓆𝓊𝑒 𝓃𝓊𝓃𝒸𝒶 𝓈𝑒 𝒹𝒾𝒿𝑒𝓇𝑜𝓃.

    𝒴𝒶 𝓃𝑜 𝑒𝓇𝒶𝓃 𝓁𝑜𝓈 𝓂𝒾𝓈𝓂𝑜𝓈.
    𝐿𝒶 𝓋𝒾𝒹𝒶 𝓁𝑜𝓈 𝒽𝒶𝒷𝜄́𝒶 𝒸𝒶𝓂𝒷𝒾𝒶𝒹𝑜.
    𝐻𝒶𝒷𝜄́𝒶𝓃 𝒶𝓅𝓇𝑒𝓃𝒹𝒾𝒹𝑜 𝒶 𝓈𝑜𝒷𝓇𝑒𝓋𝒾𝓋𝒾𝓇 𝓈𝒾𝓃 𝑒𝓁 𝑜𝓉𝓇𝑜,
    𝒶𝓊𝓃𝓆𝓊𝑒 𝑒𝓃 𝒶𝓁𝑔𝓊́𝓃 𝓇𝒾𝓃𝒸𝑜́𝓃 𝒹𝑒𝓁 𝒶𝓁𝓂𝒶
    𝓉𝑜𝒹𝒶𝓋𝜄́𝒶 𝒹𝑜𝓁𝒾𝑒𝓇𝒶 𝑒𝓁 𝓇𝑒𝒸𝓊𝑒𝓇𝒹𝑜 𝒹𝑒 𝓁𝑜 𝓆𝓊𝑒 𝓃𝑜 𝓅𝓊𝒹𝑜 𝓈𝑒𝓇.

    𝒴 𝒶𝓊𝓃 𝒶𝓈𝜄́,
    𝒸𝓊𝒶𝓃𝒹𝑜 𝓋𝑜𝓁𝓋𝒾𝑒𝓇𝑜𝓃 𝒶 𝓋𝑒𝓇𝓈𝑒,
    𝒶𝓁𝑔𝑜 𝒹𝑒𝓃𝓉𝓇𝑜 𝒹𝑒 𝑒𝓁𝓁𝑜𝓈 𝒹𝑒𝒿𝑜́ 𝒹𝑒 𝓈𝒶𝓃𝑔𝓇𝒶𝓇.

    𝒩𝑜 𝒽𝒾𝒸𝒾𝑒𝓇𝑜𝓃 𝓅𝓇𝑜𝓂𝑒𝓈𝒶𝓈.
    𝒩𝑜 𝒽𝒶𝒷𝓁𝒶𝓇𝑜𝓃 𝒹𝑒 𝓇𝑒𝑔𝓇𝑒𝓈𝒶𝓇.
    𝒩𝑜 𝒾𝓃𝓉𝑒𝓃𝓉𝒶𝓇𝑜𝓃 𝓇𝑒𝒸𝓊𝓅𝑒𝓇𝒶𝓇 𝑒𝓁 𝓉𝒾𝑒𝓂𝓅𝑜 𝓅𝑒𝓇𝒹𝒾𝒹𝑜.
    𝒮𝑜𝓁𝑜 𝓈𝑒 𝓂𝒾𝓇𝒶𝓇𝑜𝓃 𝒸𝑜𝓂𝑜 𝒹𝑜𝓈 𝓅𝑒𝓇𝓈𝑜𝓃𝒶𝓈
    𝓆𝓊𝑒 𝒶𝓁𝑔𝓊𝓃𝒶 𝓋𝑒𝓏 𝓈𝑒 𝒶𝓂𝒶𝓇𝑜𝓃 𝓅𝓇𝑜𝒻𝓊𝓃𝒹𝒶𝓂𝑒𝓃𝓉𝑒
    𝓎 𝑒𝓃𝓉𝑒𝓃𝒹𝒾𝑒𝓇𝑜𝓃 𝓆𝓊𝑒 𝑒𝓁 𝒶𝓂𝑜𝓇 𝓉𝒶𝓂𝒷𝒾𝑒́𝓃 𝓅𝓊𝑒𝒹𝑒 𝑒𝓍𝒾𝓈𝓉𝒾𝓇
    𝓈𝒾𝓃 𝓃𝑒𝒸𝑒𝓈𝒾𝒹𝒶𝒹 𝒹𝑒 𝓆𝓊𝑒𝒹𝒶𝓇𝓈𝑒.

    𝒫𝑜𝓇𝓆𝓊𝑒 𝒽𝒶𝓎 𝓅𝑒𝓇𝓈𝑜𝓃𝒶𝓈 𝓆𝓊𝑒 𝓃𝑜 𝓋𝓊𝑒𝓁𝓋𝑒𝓃 𝓅𝒶𝓇𝒶 𝒸𝑜𝓂𝑒𝓃𝓏𝒶𝓇 𝒹𝑒 𝓃𝓊𝑒𝓋𝑜,
    𝓈𝒾𝓃𝑜 𝓅𝒶𝓇𝒶 𝓈𝒶𝓃𝒶𝓇 𝓁𝒶 𝓅𝒶𝓇𝓉𝑒 𝒹𝑒 𝓃𝑜𝓈𝑜𝓉𝓇𝑜𝓈
    𝓆𝓊𝑒 𝓈𝑒 𝓆𝓊𝑒𝒹𝑜́ 𝒶𝓉𝓇𝒶𝓅𝒶𝒹𝒶 𝑒𝓃 𝑒𝓁 𝓅𝒶𝓈𝒶𝒹𝑜.

    𝒴 𝒶𝓈𝜄́ 𝒻𝓊𝑒 𝒸𝑜𝓂𝑜 𝓈𝑒 𝒹𝑒𝒿𝒶𝓇𝑜𝓃 𝒾𝓇 𝓅𝑜𝓇 𝓈𝑒𝑔𝓊𝓃𝒹𝒶 𝓋𝑒𝓏…
    𝓅𝑒𝓇𝑜 𝑒𝓈𝓉𝒶 𝓋𝑒𝓏 𝓈𝒾𝓃 𝓇𝑒𝓃𝒸𝑜𝓇,
    𝓈𝒾𝓃 𝓅𝓇𝑒𝑔𝓊𝓃𝓉𝒶𝓈,
    𝓈𝒾𝓃 𝒹𝑜𝓁𝑜𝓇.

    𝒮𝑜𝓁𝑜 𝒸𝑜𝓃 𝓁𝒶 𝓉𝓇𝒶𝓃𝓆𝓊𝒾𝓁𝒾𝒹𝒶𝒹 𝒹𝑒 𝓈𝒶𝒷𝑒𝓇
    𝓆𝓊𝑒, 𝒶𝓊𝓃𝓆𝓊𝑒 𝓃𝓊𝓃𝒸𝒶 𝓋𝑜𝓁𝓋𝒾𝑒𝓇𝑜𝓃 𝒶 𝑒𝓈𝓉𝒶𝓇 𝒿𝓊𝓃𝓉𝑜𝓈,
    𝓅𝑜𝓇 𝒻𝒾𝓃 𝒽𝒶𝒷𝜄́𝒶𝓃 𝒶𝓅𝓇𝑒𝓃𝒹𝒾𝒹𝑜 𝒶 𝓅𝑒𝓇𝒹𝑜𝓃𝒶𝓇𝓈𝑒.

    — Un poeta solitario.

    #poesia #dedicatoria #poeta #Amor #cartasdeamor
    𝒜 𝓋𝑒𝒸𝑒𝓈 𝑒𝓁 𝒹𝑒𝓈𝓉𝒾𝓃𝑜 𝓃𝑜 𝓊𝓃𝑒 𝒶 𝒹𝑜𝓈 𝓅𝑒𝓇𝓈𝑜𝓃𝒶𝓈 𝓅𝒶𝓇𝒶 𝓆𝓊𝑒 𝓋𝓊𝑒𝓁𝓋𝒶𝓃 𝒶 𝒶𝓂𝒶𝓇𝓈𝑒, 𝓈𝒾𝓃𝑜 𝓅𝒶𝓇𝒶 𝓆𝓊𝑒 𝓅𝓊𝑒𝒹𝒶𝓃 𝒹𝑒𝓈𝓅𝑒𝒹𝒾𝓇𝓈𝑒 𝒹𝑒 𝓁𝒶 𝒽𝑒𝓇𝒾𝒹𝒶 𝓆𝓊𝑒 𝒹𝑒𝒿𝒶𝓇𝑜𝓃 𝒶𝒷𝒾𝑒𝓇𝓉𝒶. 𝐸𝓁𝓁𝑜𝓈 𝓈𝑒 𝑒𝓃𝒸𝑜𝓃𝓉𝓇𝒶𝓇𝑜𝓃 𝑜𝓉𝓇𝒶 𝓋𝑒𝓏 𝒹𝑒𝓈𝓅𝓊𝑒́𝓈 𝒹𝑒 𝓉𝒶𝓃𝓉𝑜𝓈 𝒶𝓃̃𝑜𝓈, 𝒸𝑜𝓃 𝓂𝒶́𝓈 𝓈𝒾𝓁𝑒𝓃𝒸𝒾𝑜𝓈 𝓆𝓊𝑒 𝓅𝒶𝓁𝒶𝒷𝓇𝒶𝓈, 𝒸𝑜𝓃 𝓁𝒶 𝓂𝒾𝓇𝒶𝒹𝒶 𝒸𝒶𝓃𝓈𝒶𝒹𝒶 𝓎 𝑒𝓁 𝒸𝑜𝓇𝒶𝓏𝑜́𝓃 𝓁𝓁𝑒𝓃𝑜 𝒹𝑒 𝓉𝑜𝒹𝑜 𝒶𝓆𝓊𝑒𝓁𝓁𝑜 𝓆𝓊𝑒 𝓃𝓊𝓃𝒸𝒶 𝓈𝑒 𝒹𝒾𝒿𝑒𝓇𝑜𝓃. 𝒴𝒶 𝓃𝑜 𝑒𝓇𝒶𝓃 𝓁𝑜𝓈 𝓂𝒾𝓈𝓂𝑜𝓈. 𝐿𝒶 𝓋𝒾𝒹𝒶 𝓁𝑜𝓈 𝒽𝒶𝒷𝜄́𝒶 𝒸𝒶𝓂𝒷𝒾𝒶𝒹𝑜. 𝐻𝒶𝒷𝜄́𝒶𝓃 𝒶𝓅𝓇𝑒𝓃𝒹𝒾𝒹𝑜 𝒶 𝓈𝑜𝒷𝓇𝑒𝓋𝒾𝓋𝒾𝓇 𝓈𝒾𝓃 𝑒𝓁 𝑜𝓉𝓇𝑜, 𝒶𝓊𝓃𝓆𝓊𝑒 𝑒𝓃 𝒶𝓁𝑔𝓊́𝓃 𝓇𝒾𝓃𝒸𝑜́𝓃 𝒹𝑒𝓁 𝒶𝓁𝓂𝒶 𝓉𝑜𝒹𝒶𝓋𝜄́𝒶 𝒹𝑜𝓁𝒾𝑒𝓇𝒶 𝑒𝓁 𝓇𝑒𝒸𝓊𝑒𝓇𝒹𝑜 𝒹𝑒 𝓁𝑜 𝓆𝓊𝑒 𝓃𝑜 𝓅𝓊𝒹𝑜 𝓈𝑒𝓇. 𝒴 𝒶𝓊𝓃 𝒶𝓈𝜄́, 𝒸𝓊𝒶𝓃𝒹𝑜 𝓋𝑜𝓁𝓋𝒾𝑒𝓇𝑜𝓃 𝒶 𝓋𝑒𝓇𝓈𝑒, 𝒶𝓁𝑔𝑜 𝒹𝑒𝓃𝓉𝓇𝑜 𝒹𝑒 𝑒𝓁𝓁𝑜𝓈 𝒹𝑒𝒿𝑜́ 𝒹𝑒 𝓈𝒶𝓃𝑔𝓇𝒶𝓇. 𝒩𝑜 𝒽𝒾𝒸𝒾𝑒𝓇𝑜𝓃 𝓅𝓇𝑜𝓂𝑒𝓈𝒶𝓈. 𝒩𝑜 𝒽𝒶𝒷𝓁𝒶𝓇𝑜𝓃 𝒹𝑒 𝓇𝑒𝑔𝓇𝑒𝓈𝒶𝓇. 𝒩𝑜 𝒾𝓃𝓉𝑒𝓃𝓉𝒶𝓇𝑜𝓃 𝓇𝑒𝒸𝓊𝓅𝑒𝓇𝒶𝓇 𝑒𝓁 𝓉𝒾𝑒𝓂𝓅𝑜 𝓅𝑒𝓇𝒹𝒾𝒹𝑜. 𝒮𝑜𝓁𝑜 𝓈𝑒 𝓂𝒾𝓇𝒶𝓇𝑜𝓃 𝒸𝑜𝓂𝑜 𝒹𝑜𝓈 𝓅𝑒𝓇𝓈𝑜𝓃𝒶𝓈 𝓆𝓊𝑒 𝒶𝓁𝑔𝓊𝓃𝒶 𝓋𝑒𝓏 𝓈𝑒 𝒶𝓂𝒶𝓇𝑜𝓃 𝓅𝓇𝑜𝒻𝓊𝓃𝒹𝒶𝓂𝑒𝓃𝓉𝑒 𝓎 𝑒𝓃𝓉𝑒𝓃𝒹𝒾𝑒𝓇𝑜𝓃 𝓆𝓊𝑒 𝑒𝓁 𝒶𝓂𝑜𝓇 𝓉𝒶𝓂𝒷𝒾𝑒́𝓃 𝓅𝓊𝑒𝒹𝑒 𝑒𝓍𝒾𝓈𝓉𝒾𝓇 𝓈𝒾𝓃 𝓃𝑒𝒸𝑒𝓈𝒾𝒹𝒶𝒹 𝒹𝑒 𝓆𝓊𝑒𝒹𝒶𝓇𝓈𝑒. 𝒫𝑜𝓇𝓆𝓊𝑒 𝒽𝒶𝓎 𝓅𝑒𝓇𝓈𝑜𝓃𝒶𝓈 𝓆𝓊𝑒 𝓃𝑜 𝓋𝓊𝑒𝓁𝓋𝑒𝓃 𝓅𝒶𝓇𝒶 𝒸𝑜𝓂𝑒𝓃𝓏𝒶𝓇 𝒹𝑒 𝓃𝓊𝑒𝓋𝑜, 𝓈𝒾𝓃𝑜 𝓅𝒶𝓇𝒶 𝓈𝒶𝓃𝒶𝓇 𝓁𝒶 𝓅𝒶𝓇𝓉𝑒 𝒹𝑒 𝓃𝑜𝓈𝑜𝓉𝓇𝑜𝓈 𝓆𝓊𝑒 𝓈𝑒 𝓆𝓊𝑒𝒹𝑜́ 𝒶𝓉𝓇𝒶𝓅𝒶𝒹𝒶 𝑒𝓃 𝑒𝓁 𝓅𝒶𝓈𝒶𝒹𝑜. 𝒴 𝒶𝓈𝜄́ 𝒻𝓊𝑒 𝒸𝑜𝓂𝑜 𝓈𝑒 𝒹𝑒𝒿𝒶𝓇𝑜𝓃 𝒾𝓇 𝓅𝑜𝓇 𝓈𝑒𝑔𝓊𝓃𝒹𝒶 𝓋𝑒𝓏… 𝓅𝑒𝓇𝑜 𝑒𝓈𝓉𝒶 𝓋𝑒𝓏 𝓈𝒾𝓃 𝓇𝑒𝓃𝒸𝑜𝓇, 𝓈𝒾𝓃 𝓅𝓇𝑒𝑔𝓊𝓃𝓉𝒶𝓈, 𝓈𝒾𝓃 𝒹𝑜𝓁𝑜𝓇. 𝒮𝑜𝓁𝑜 𝒸𝑜𝓃 𝓁𝒶 𝓉𝓇𝒶𝓃𝓆𝓊𝒾𝓁𝒾𝒹𝒶𝒹 𝒹𝑒 𝓈𝒶𝒷𝑒𝓇 𝓆𝓊𝑒, 𝒶𝓊𝓃𝓆𝓊𝑒 𝓃𝓊𝓃𝒸𝒶 𝓋𝑜𝓁𝓋𝒾𝑒𝓇𝑜𝓃 𝒶 𝑒𝓈𝓉𝒶𝓇 𝒿𝓊𝓃𝓉𝑜𝓈, 𝓅𝑜𝓇 𝒻𝒾𝓃 𝒽𝒶𝒷𝜄́𝒶𝓃 𝒶𝓅𝓇𝑒𝓃𝒹𝒾𝒹𝑜 𝒶 𝓅𝑒𝓇𝒹𝑜𝓃𝒶𝓇𝓈𝑒. — Un poeta solitario. #poesia #dedicatoria #poeta #Amor #cartasdeamor
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  • ”No es que como que el alcohol tenga algún efecto de embriaguez en mí, pero este vino en concreto tiene un sabor muy agradable. Y está película tampoco está nada mal, 'El club de los poetas muertos'. Por desgracia no la pude ver el año que se estrenó.”
    ”No es que como que el alcohol tenga algún efecto de embriaguez en mí, pero este vino en concreto tiene un sabor muy agradable. Y está película tampoco está nada mal, 'El club de los poetas muertos'. Por desgracia no la pude ver el año que se estrenó.”
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  • ⸻ Esta noche la luna sueña con más pereza,
    como una beldad hundida entre cojines,
    que con mano distraída y ligera acaricia,
    antes de dormirse, el contorno de sus senos.

    Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes,
    desfalleciente, se entrega a largos éxtasis,
    y pasea su mirada sobre visiones blancas,
    que ascienden al azul igual que floraciones.

    Cuando sobre este globo, con languidez ociosa,
    ella deja rodar una furtiva lágrima,
    un piadoso poeta, enemigo del sueño,

    En la cavidad de su mano, coge la fría lágrima
    como un fragmento de ópalo de irisados reflejos.
    Y la guarda en su pecho, lejos de la mirada del sol.
    ⸻ Esta noche la luna sueña con más pereza, como una beldad hundida entre cojines, que con mano distraída y ligera acaricia, antes de dormirse, el contorno de sus senos. Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes, desfalleciente, se entrega a largos éxtasis, y pasea su mirada sobre visiones blancas, que ascienden al azul igual que floraciones. Cuando sobre este globo, con languidez ociosa, ella deja rodar una furtiva lágrima, un piadoso poeta, enemigo del sueño, En la cavidad de su mano, coge la fría lágrima como un fragmento de ópalo de irisados reflejos. Y la guarda en su pecho, lejos de la mirada del sol.
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  • — “No te enamores de un poeta, si no quieres que un día te dedique unos renglones”
    — “No te enamores de un poeta, si no quieres que un día te dedique unos renglones”
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  • ── . ✦ Esperanza es creer en lo imposible ✦ . ──

    Es inclinar la cabeza ante lo irrevocable y, aun así, susurrarle: quizá si.
    Es mirar el cadáver tibio de lo que fue y negarse a llamarlo final.
    Es extender los dedos hacia aquello que ya no respira y jurar que, de algún modo, sigue presente.

    Esperanza es sostener entre las manos lo que pudo haber sido y vestirlo con oro, aunque nunca haya existido. Es pulir la ausencia hasta que brille. Es mentir hasta creerlo.

    Porque la esperanza no evita la pérdida: la embellece.
    La vuelve verso.
    La convierte en gloria.

    Es el arte más refinado de los mortales: romantizar lo irreversible. Abrazar la herida como si fuese un poema. Llamar destino a la amputación. Llamar aprendizaje al derrumbe. Llamar “mañana” a lo que jamás vendrá.

    ¿O sí?

    Ah, y sin embargo...

    La esperanza es el motor más perverso y más sublime que existe. Alimenta el sueño como el vino alimenta la lengua del poeta. Infla la fantasía hasta que parece estructura. Engorda el deseo hasta que se siente necesidad. Y cuando el deseo pesa lo suficiente, el cuerpo se mueve.

    La esperanza empuja.
    Arrastra.
    Incendia.

    Hace que el cobarde avance un paso más. Que el amante regrese. Que el herido vuelva a levantarse aun sabiendo que sangrará otra vez.

    La esperanza es la mentira que crea realidades.
    Es la ficción que obliga al mundo a responder.

    Porque al final, cuando la ilusión se sostiene el tiempo suficiente, se convierte en acción. Y la acción, esa criatura torpe y sudorosa, comienza a moldear lo que parecía inalcanzable.

    Los sueños, entonces, dejan de ser vapor.
    Toman peso.
    Adquieren textura.

    Y ahí está la ironía más exquisita: aquello que nació como negación, como potencial eludido, como imposible… empieza a existir.
    ── . ✦ Esperanza es creer en lo imposible ✦ . ── Es inclinar la cabeza ante lo irrevocable y, aun así, susurrarle: quizá si. Es mirar el cadáver tibio de lo que fue y negarse a llamarlo final. Es extender los dedos hacia aquello que ya no respira y jurar que, de algún modo, sigue presente. Esperanza es sostener entre las manos lo que pudo haber sido y vestirlo con oro, aunque nunca haya existido. Es pulir la ausencia hasta que brille. Es mentir hasta creerlo. Porque la esperanza no evita la pérdida: la embellece. La vuelve verso. La convierte en gloria. Es el arte más refinado de los mortales: romantizar lo irreversible. Abrazar la herida como si fuese un poema. Llamar destino a la amputación. Llamar aprendizaje al derrumbe. Llamar “mañana” a lo que jamás vendrá. ¿O sí? Ah, y sin embargo... La esperanza es el motor más perverso y más sublime que existe. Alimenta el sueño como el vino alimenta la lengua del poeta. Infla la fantasía hasta que parece estructura. Engorda el deseo hasta que se siente necesidad. Y cuando el deseo pesa lo suficiente, el cuerpo se mueve. La esperanza empuja. Arrastra. Incendia. Hace que el cobarde avance un paso más. Que el amante regrese. Que el herido vuelva a levantarse aun sabiendo que sangrará otra vez. La esperanza es la mentira que crea realidades. Es la ficción que obliga al mundo a responder. Porque al final, cuando la ilusión se sostiene el tiempo suficiente, se convierte en acción. Y la acción, esa criatura torpe y sudorosa, comienza a moldear lo que parecía inalcanzable. Los sueños, entonces, dejan de ser vapor. Toman peso. Adquieren textura. Y ahí está la ironía más exquisita: aquello que nació como negación, como potencial eludido, como imposible… empieza a existir.
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  • / El corazón de poeta ha dejado de latir, para reír, para aprender, para sentir, no es fácil, ni complicada, es la vida misma y un giro inesperado, vaya lio, por lo demás dire, la felicidad es efímera, no cabe el idealismo, tampoco existe una razón para arrepentirse, a lo vivido recuerdo y de lo que fue solo extraño un perfume, una mirada, una piel, ave mia que si en mi vida tengo una fantasía es quedarme perdido en aquellos días, pero no es así, por eso es fantasía, y no duele es realidad, tampoco existe calmante ni manera de olvidar, te he dicho de todo y nada al mismo tiempo y sin necesidad de mucho todo has comprendido porque todo estaba escrito para ti, ya no tengo razón para escribir, y no por falta de motivación, tampoco falta de inspiración, soy solo yo, en aquel lugar donde nace la escritura ya no hay nada más que pueda entregar, todo se fue con tigo, y no te maldigo, te amo y te amare por siempre y un día más, lo piensas y entre más me quieres odiar solo me extrañas, sigo siendo yo la sombra en tu jardín, tu amanecer amargo y el sabor de unos labios que quisieras arrancar, no puedo dejar de ser, ni tu dejar de ser quien eres, amante mía, dueña de mi, en el mar veo tu figura bailar y en la tormenta se esconden lágrimas en honor a nuestro amor .
    / El corazón de poeta ha dejado de latir, para reír, para aprender, para sentir, no es fácil, ni complicada, es la vida misma y un giro inesperado, vaya lio, por lo demás dire, la felicidad es efímera, no cabe el idealismo, tampoco existe una razón para arrepentirse, a lo vivido recuerdo y de lo que fue solo extraño un perfume, una mirada, una piel, ave mia que si en mi vida tengo una fantasía es quedarme perdido en aquellos días, pero no es así, por eso es fantasía, y no duele es realidad, tampoco existe calmante ni manera de olvidar, te he dicho de todo y nada al mismo tiempo y sin necesidad de mucho todo has comprendido porque todo estaba escrito para ti, ya no tengo razón para escribir, y no por falta de motivación, tampoco falta de inspiración, soy solo yo, en aquel lugar donde nace la escritura ya no hay nada más que pueda entregar, todo se fue con tigo, y no te maldigo, te amo y te amare por siempre y un día más, lo piensas y entre más me quieres odiar solo me extrañas, sigo siendo yo la sombra en tu jardín, tu amanecer amargo y el sabor de unos labios que quisieras arrancar, no puedo dejar de ser, ni tu dejar de ser quien eres, amante mía, dueña de mi, en el mar veo tu figura bailar y en la tormenta se esconden lágrimas en honor a nuestro amor .
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  • - Yo soy Zet Zeilen, Dragón Negro, Rey de los Basilios, yo soy tu amigo, tu cómplice, compañero, tu amor, tu amante, tu poeta distante y si es tu deseo.. el más fascinante de todos tus secretos .
    - Yo soy Zet Zeilen, Dragón Negro, Rey de los Basilios, yo soy tu amigo, tu cómplice, compañero, tu amor, tu amante, tu poeta distante y si es tu deseo.. el más fascinante de todos tus secretos .
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    // tengo dos opciones para cambiar, uno es un gato poeta y xie lian...ambos me encantan../
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    ˖ ݁𖥔. ݁ . 𝑬𝒍 𝑫𝒊𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒄𝒂𝒓𝒍𝒆𝒕𝒕 . ݁.𖥔 ݁ ˖

    𝑪𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑰: 𝑫𝒊𝒂𝒎𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒆𝒔𝒄𝒂𝒓𝒍𝒂𝒕𝒂𝒔.

    Querido diario,

    Hoy, finalmente, es mi turno…

    En la familia Moretti, nadie puede escribir un diario antes de cumplir quince años.
    
Dicen que las palabras tienen poder, y que solo cuando la mente y el alma se alinean, la tinta reconoce a su dueño.


    Es una costumbre tan antigua como nuestro apellido… y tan inquebrantable como las promesas que se murmuran bajo los candelabros del salón principal.
    Así que aquí estoy, con mi pluma, mi secreto y un apellido que pesa más que el aire que respiro.
He crecido entre columnas de mármol y pasillos silenciosos, donde incluso los ecos temen alzar la voz.

    Los Moretti somos reconocidos por nuestra marca: el cabello cobrizo que arde con la luz del sol y los ojos verdes o grises que heredan el reflejo del mármol y la tormenta.

    Mis padres, Alessandro Moretti e Isabella di Ravello, son la imagen misma del poder y la belleza eterna.
Mi padre, Alessandro, es un hombre de mirada firme y palabras escasas; cuando habla, el mundo parece detenerse para escucharlo.

    
Mi madre, Isabella, es una sinfonía de perfección y melancolía: cada uno de sus gestos parece calculado, pero detrás de esa serenidad habita una tristeza que ni el tiempo ha logrado borrar.

    Y luego estamos nosotros…

    sus hijos.
    
Los cuatro diamantes de la Casa Moretti.

    Luca, el primogénito, es la imagen de mi padre: fuerte, silencioso, hecho de deber y sombras.
    Su destino está trazado desde antes de nacer: liderar, mantener el apellido, sostener el linaje.
    
Adriano, el segundo, es fuego disfrazado de calma; tiene la sonrisa de un poeta y los ojos de alguien que sabe más de lo que debería.
    
Giulia, la tercera, es la más parecida a mi madre: elegante, calculadora y dueña de una inteligencia tan afilada como una daga de cristal.
    
Y luego estoy yo… Scarlett, la más joven.
La que sonríe demasiado, ríe cuando no debe y dice lo que otros solo se atreven a pensar.
    Dicen que tengo la belleza de mi madre y la rebeldía de nadie sabe quién.
    
Que mis ojos esconden la inquietud de las tormentas y que mi espíritu no conoce frenos ni cadenas.
Tal vez tengan razón.
    Aunque mi cabello lleva ese fuego —rojizo, intenso, casi vivo—, mis ojos no heredaron el verde ancestral ni el gris de la familia.
Los míos son de un azul imposible, profundo e inquietante.
    Desde niña me lo han hecho notar.
Ese azul no pertenece al linaje, dicen.
Y aunque nadie lo mencione en voz alta, todos lo piensan: algo en mí no encaja del todo con los Moretti.
    Yo no nací para seguir el ritmo lento y medido de los Moretti.
    
Nací para romperlo.

    Ser parte de esta familia es caminar sobre cristales y fingir que no cortan.
Desde fuera, todos nos admiran: somos la nobleza pura, el linaje más antiguo, los herederos de una sangre que —según dicen— no pertenece del todo al tiempo humano.
    
Pero dentro de nuestras murallas hay silencios que gritan, retratos que cambian con la luz de la luna y pasillos donde el aire se vuelve tan pesado que incluso las velas dudan en encenderse.

    Nadie habla de los secretos Moretti.
    
Ni de las desapariciones.
    
Ni de las noches en que el reloj del vestíbulo se detiene solo, justo a las tres y trece.
    Yo era una niña cuando escuché por primera vez los susurros sobre lo que somos realmente.
Casi inmortales, decían.
    
Pero… ¿a qué precio?

    Hoy comienzo este diario no para seguir la tradición, sino para romper el silencio.
Quiero entender por qué, cuando me miro en los espejos antiguos del palacio, siento que algo me observa desde el otro lado.
Algo que tiene mis ojos…

    pero no mi alma.

    — 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖
    ˖ ݁𖥔. ݁ . 𝑬𝒍 𝑫𝒊𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒄𝒂𝒓𝒍𝒆𝒕𝒕 . ݁.𖥔 ݁ ˖ 𝑪𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑰: 𝑫𝒊𝒂𝒎𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒆𝒔𝒄𝒂𝒓𝒍𝒂𝒕𝒂𝒔. Querido diario, Hoy, finalmente, es mi turno… En la familia Moretti, nadie puede escribir un diario antes de cumplir quince años. 
Dicen que las palabras tienen poder, y que solo cuando la mente y el alma se alinean, la tinta reconoce a su dueño.
 Es una costumbre tan antigua como nuestro apellido… y tan inquebrantable como las promesas que se murmuran bajo los candelabros del salón principal. Así que aquí estoy, con mi pluma, mi secreto y un apellido que pesa más que el aire que respiro.
He crecido entre columnas de mármol y pasillos silenciosos, donde incluso los ecos temen alzar la voz. Los Moretti somos reconocidos por nuestra marca: el cabello cobrizo que arde con la luz del sol y los ojos verdes o grises que heredan el reflejo del mármol y la tormenta. Mis padres, Alessandro Moretti e Isabella di Ravello, son la imagen misma del poder y la belleza eterna.
Mi padre, Alessandro, es un hombre de mirada firme y palabras escasas; cuando habla, el mundo parece detenerse para escucharlo. 
Mi madre, Isabella, es una sinfonía de perfección y melancolía: cada uno de sus gestos parece calculado, pero detrás de esa serenidad habita una tristeza que ni el tiempo ha logrado borrar. Y luego estamos nosotros… sus hijos. 
Los cuatro diamantes de la Casa Moretti. Luca, el primogénito, es la imagen de mi padre: fuerte, silencioso, hecho de deber y sombras. Su destino está trazado desde antes de nacer: liderar, mantener el apellido, sostener el linaje. 
Adriano, el segundo, es fuego disfrazado de calma; tiene la sonrisa de un poeta y los ojos de alguien que sabe más de lo que debería. 
Giulia, la tercera, es la más parecida a mi madre: elegante, calculadora y dueña de una inteligencia tan afilada como una daga de cristal. 
Y luego estoy yo… Scarlett, la más joven.
La que sonríe demasiado, ríe cuando no debe y dice lo que otros solo se atreven a pensar. Dicen que tengo la belleza de mi madre y la rebeldía de nadie sabe quién. 
Que mis ojos esconden la inquietud de las tormentas y que mi espíritu no conoce frenos ni cadenas.
Tal vez tengan razón. Aunque mi cabello lleva ese fuego —rojizo, intenso, casi vivo—, mis ojos no heredaron el verde ancestral ni el gris de la familia.
Los míos son de un azul imposible, profundo e inquietante. Desde niña me lo han hecho notar.
Ese azul no pertenece al linaje, dicen.
Y aunque nadie lo mencione en voz alta, todos lo piensan: algo en mí no encaja del todo con los Moretti. Yo no nací para seguir el ritmo lento y medido de los Moretti. 
Nací para romperlo. Ser parte de esta familia es caminar sobre cristales y fingir que no cortan.
Desde fuera, todos nos admiran: somos la nobleza pura, el linaje más antiguo, los herederos de una sangre que —según dicen— no pertenece del todo al tiempo humano. 
Pero dentro de nuestras murallas hay silencios que gritan, retratos que cambian con la luz de la luna y pasillos donde el aire se vuelve tan pesado que incluso las velas dudan en encenderse. Nadie habla de los secretos Moretti. 
Ni de las desapariciones. 
Ni de las noches en que el reloj del vestíbulo se detiene solo, justo a las tres y trece. Yo era una niña cuando escuché por primera vez los susurros sobre lo que somos realmente.
Casi inmortales, decían. 
Pero… ¿a qué precio? Hoy comienzo este diario no para seguir la tradición, sino para romper el silencio.
Quiero entender por qué, cuando me miro en los espejos antiguos del palacio, siento que algo me observa desde el otro lado.
Algo que tiene mis ojos… pero no mi alma. — 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖
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  • RED TIDE.
    Fandom Game Of Thrones
    Categoría Romance
    STARTER PARA 𝚂𝙰𝙽𝙳𝙾𝚁 𝙲𝙻𝙴𝙶𝙰𝙽𝙴


    La entrada a la Torre de la Mano estaba flanqueada por más guardias. El interior olía a papiro viejo, a cera derretida y a madera encerada. Pero su vista no se posó en los estantes, ni en la mesa central, ni siquiera en la figura menuda que la esperaba allí.
    Aquel lugar le traía demasiados recuerdos. Recuerdos dolorosos. ¿Cuánto tiempo hacía que la había castigado con su ausencia? Ahora, estar allí solo le hacía sentir una cosa: que lo necesitaba más de lo que quería admitir. No solo era el olor de los libros o los muebles, era el suyo, el de él. Ahí dentro olía demasiado al hombre que tanto deseaba, y aquello solo hizo que desestabilizarla.
    Serenna cerró los ojos un segundo, como si el aroma le trajera de vuelta no solo los recuerdos en su mente, sino en su cuerpo. Podía sentirlo: sus manos, sujetándola, incitándola a seguir leyendo. Deteniéndola, manejándola a su antojo.
    Tyrion, que la observaba desde el centro de la estancia, no dijo nada al principio. Se limitó a mirarla. Sus ojos, pequeños y astutos, leyeron cada gesto. Sabía a quién buscaba. Y también por qué.
    —Él no está aquí —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Se ha marchado antes del amanecer. Supongo que también os habéis preguntado dónde está vuestro sabueso. No irán lejos, pero no volverán hasta bien entrada la noche.
    —Él no es mi sabueso —lo corrigió ella, avanzando hacia la mesa—. Pero sí, me lo he preguntado —tomó asiento—. ¿Dónde han ido?
    Tyrion la miró con un deje de ternura, incluso de lástima.
    —Volverán. Sanos y salvos —Tyrion enarcó una ceja, y entonces, se corrigió—: O eso espero.
    Serenna lo miró con advertencia.
    —Es lo habitual —continuó Tyrion—. Ya conocéis a mi padre. Lo ha sido también para vos. Aunque de una forma muy distinta... —dijo, más para sí mismo que para ella—. Estáis acostumbrada a esto.
    La mesa estaba cubierta de mapas, libros abiertos, pergaminos que olían a sal y tinta seca. Tyrion había reunido todo lo necesario para una lección completa sobre las casas del Mar Angosto, y en especial, sobre los Velaryon.
    —¿Dónde concluisteis vuestras lecciones la última vez? —preguntó. Pero la mirada que le dedicó Serenna no fue del todo afable.
    Recordarle a Tywin solo hacía que tensarla más. Como si estuviera riéndose del castigo que él mismo le había impuesto, recordándoselo, restregándoselo.
    —Ya... —dijo entonces, apretando los labios, enarcando una ceja—. Creo que lo mejor será tomar un nuevo rumbo. ¿Qué tal vuestra descendencia?
    Serenna no respondió, su mirada se paseó por la estancia, como si ver algo en distinto lugar pudiera hacerle verle ahí: reubicando, tocando, manipulando.
    Cuánto lo echaba de menos... Cuánto deseaba volver a verle, volver a… sentirle.
    —Vuestra sangre es antigua —comenzó, al ver que ella no parecía querer colaborar—. Noble. Rica. Terriblemente incómoda de llevar, imagino.
    Ahora sí, lo miró. Pero una vez más, no parecía estar en la misma conversación que él, ni querer continuar.
    Tyrion no dijo nada al respecto. En lugar de eso, desenrolló un pergamino con el escudo de su casa: el hipocampo plateado sobre el verde marino.
    —Los Velaryon fueron navegantes antes de que muchas casas aprendieran a flotar. Antes de que los dragones surcaran el cielo, ellos surcaban el agua. Hicieron fortuna, guerra, alianzas, y leyendas.
    Serenna inclinó la cabeza.
    —¿Y por qué debería importarme una historia hecha de sal y hombres muertos?
    —Porque sois el final de esa historia —respondió él sin perder el ritmo—. Porque cuando seáis Reina de Marcaderiva, y os digan que sois una bastarda con suerte, tendréis que recordarles que vuestro linaje hunde raíces más profundas que sus espadas. Y más viejas que sus prejuicios.
    Ella lo miró. Por primera vez desde que había entrado, lo miró de verdad.
    Y entonces, un espasmo. Fuerte, sordo, implacable.
    Serenna se tensó. Sus hombros se recogieron, su vientre se contrajo, y un leve gesto crispó su rostro antes de que pudiera evitarlo. Cerró los ojos un instante. Su mano derecha se apoyó sobre el borde del banco. Respiró por la nariz.
    Tyrion dejó de hablar al instante.
    No hizo preguntas. Solo la observó. Un parpadeo lento, un leve cambio en su postura.
    —¿Mi Lady?… —preguntó, alzando ambas cejas.
    —Estoy bien —respondió con la voz contenida, pero firme.
    Él por supuesto no insistió. Solo se reclinó un poco en el asiento y bajó la mirada hacia los pergaminos, carraspeando la garganta.
    —Como decía, vuestra familia está acostumbrada al mar. No sois la primera Velaryon en detestar la tierra firme. Vuestros antepasados tenían tanto de pez como de hombre. Dormían en cubiertas abiertas, comían lo que pescaban, y según algunos poetas... respiraban sal.
    Serenna volvió a mirar el escudo de su casa.
    —¿Y vos creéis en esas cosas? —preguntó—. ¿En las leyendas?
    Tyrion tomó un sorbo de su copa, luego giró uno de los pergaminos, mostrando una línea de tiempo pintada con esmero.
    —La historia es una suma de mentiras que el tiempo ha vuelto útiles. Pero algunas leyendas... tienen raíces demasiado profundas como para ignorarlas.
    Ella lo miró un segundo más, como evaluando algo. Luego bajó la vista.
    —He oído que los Velaryon se relacionaron con los Targaryen —murmuró—. Que… engendraron hijos, juntos.
    Tyrion arqueó una ceja. El tono había cambiado. Ya no hablaba solo por curiosidad. Había algo en su voz… algo más íntimo, más personal.
    —Lo hicieron —admitió con un tono más grave—. En más de una ocasión, de hecho. No era extraño que las casas valyrias entrelazaran su sangre… sobre todo cuando esa sangre era considerada sagrada.
    Silencio.
    Tyrion la observó sin disimulo, con una perspicacia que rara vez se permitía mostrar tan abiertamente.
    —¿Y vos? —preguntó entonces—. ¿Creéis que en vuestras venas hay algo más que sal y tormentas?
    Serenna no respondió de inmediato. Su mirada se perdió un momento en la superficie de la mesa, donde la tinta trazaba rutas marítimas. Luego alzó los ojos, y los clavó en él.
    —Creo que si en mis venas corriera sangre Targaryen vuestro padre ya hubiera acabado conmigo. ¿Me equivoco?
    Tyrion no parpadeó, pero su expresión cambió, como si aquella frase hubiera hendido una capa más profunda.
    —No os equivocáis —dijo al fin, con calma—. Pero tampoco estáis del todo en lo cierto.
    Se inclinó hacia delante, despacio, con el ceño levemente fruncido.
    —Mi padre no mata a alguien porque sí. No si puede usaros primero. No si puede exprimiros hasta dejaros seca… y convertiros en un estandarte útil.
    —¿Entonces por qué me permite seguir aquí?
    —Porque, de momento, lo que sois… le conviene.
    —¿De verdad creéis que es por la relación que tuvo con mi padre?...
    —Creo que eso ayudó —admitió—. Pero no es la razón —Se echó hacia atrás, con un suspiro que arrastró parte de la tensión, pero no la disipó del todo—. Tywin Lannister no mantiene a alguien a su lado por afecto, Serenna. Guarda todo lo que pueda usar a su favor cuando llegue el momento. Vuestro padre fue útil, sí. Pero vos también lo sois. Ahora.
    —No se me ocurre por qué podría resultarle útil… Él mismo lo dijo: que era una idiota, una necia por lo que había hecho. Por eso llevo todo este tiempo encerrada. Porque no me… considera útil.
    —El error que cometisteis —prosiguió Tyrion—, no fue escapar al mar. Fue recordarle que no puede controlarlo todo. Ni siquiera a vos. Y eso… eso enfurece a mi padre más de lo que podríais imaginar.
    —¿Y qué debo hacer para que me perdone? ¿Para poder… volver al mar?...
    Tyrion suspiró despacio, apoyando los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y la miró.
    —Nada —dijo al fin—. No hay gesto o palabra que os garantice su perdón.
    —¿Entonces?...
    —Saldréis cuando él vea que encerraros le cuesta más que teneros suelta. Cuando vuestra ausencia pese más que vuestra desobediencia —Hizo una pausa—. Y eso solo lo lograréis convirtiendo vuestra jaula en un trono. No llorando tras los barrotes… sino aprendiendo a gobernar desde ellos.
    —No os entiendo...
    —¿Conocéis la diferencia entre un peón y una reina?
    Serenna negó.
    —El peón se lanza hacia delante. La reina espera, se mueve cuando quiere… y cuando lo hace, nadie puede detenerla.
    —Pero yo no soy ninguna reina. Ni pretendo serlo. Y está claro que él nunca me verá como tal.
    Tyrion sostuvo su mirada con una intensidad insólita. Por un instante, sus ojos dejaron de ser los de un Lannister y se tornaron los de un hombre que conocía de cerca lo que era ser menospreciado.
    —Eso es lo que os convierte en una amenaza aún mayor —dijo, con voz baja pero firme—. Las reinas que nacen para reinar son previsibles. Las que no lo hacen… son impredecibles. Y las impredecibles hacen temblar los cimientos.
    Serenna apretó los labios. Sus manos se cerraron sobre el faldón de su vestido, como si contuviera en los puños algo que no sabía cómo liberar.
    —No quiero hacer temblar nada. Solo quiero volver a ser libre.
    —Exacto —Tyrion alzó una ceja, casi con ternura—. Esa es precisamente la diferencia. Él os encerró creyendo que rompería vuestra voluntad. Pero seguís deseando lo único que él no puede daros. La libertad no se otorga, Serenna, se escoge. Se toma.
    Ella bajó la mirada, despacio, frunciendo el ceño, con aquellos pensamientos tomando forma en su mente.
    —Mi Lord… —dijo, y Tyrion sonrió, como si no estuviese acostumbrado a que lo trataran… bien—. Antes hablasteis sobre los Targaryens y los Velaryon. Sé que ellos tenían dragones. Los Velaryon… ¿qué teníamos que pudiera interesar a alguien como… los Targaryen?
    Tyrion dejó la copa a un lado, despacio. La sonrisa se desvaneció con suavidad, no por desagrado, sino porque aquella pregunta le intrigaba.
    —Los Targaryen eran fuego —dijo en un too reverente—. Los Velaryon… eran el mar. —Hizo una pausa—. No teníais dragones —continuó—. Pero navegasteis antes que nadie. Surcasteis las rutas entre islas cuando otros apenas sabían mirar más allá de la costa. Había quien decía que los Targaryen eran los conquistadores… pero sin los Velaryon, su conquista no habría cruzado jamás el mar Angosto.
    —Creo que no me estáis…
    —Y hay más —la interrumpió—. Leyendas apenas susurradas. Antiguas incluso para Valyria. En lo profundo, en lo oscuro, criaturas que no vuelan, pero que se deslizan entre corrientes y ruinas olvidadas. Serpientes, leviatanes. Sombras con ojos.
    Ella no se movió, pero sus labios se entreabrieron apenas, como si algo dentro de sí reconociera aquella idea.
    —¿Habláis de… monstruos… marinos?
    —Algunos los llaman monstruos —dijo Tyrion, inclinándose apenas hacia adelante—. Otros, dioses. Depende de a quién preguntéis… y de cuánto haya visto.
    Serenna contuvo la respiración.
    —Mi madre solía hablar de eso —dijo, con un hilo de voz—. Decía que algunas líneas de sangre podían despertar a esas criaturas. Que no respondían al hierro… sino a la llamada de su linaje.
    Tyrion frunció el ceño apenas.
    —Una vez oí hablar de una criatura en las Islas del Verano —continuó—. Dicen que emergía solo cuando los niños desaparecían. Que tenía alas membranosas y una cabeza tan alargada como la vela mayor de un barco. Se movía sin romper la superficie, deslizándose. Como una sombra bajo el mundo.
    —¿Y creéis que son reales? Esas... criaturas... Mi Lord...
    —No lo sé. Pero cuando un marinero vive más de sesenta años y aún no ha tocado fondo...
    Serenna se quedó en silencio un momento más. Miró el mapa, luego el mar pintado con tinta azul, y el hipocampo de su escudo.
    —Tal vez no todos los dragones vuelen —susurró.
    Tyrion la observó en silencio.
    —Los que caen y sobreviven, Lady Serenna —dijo al fin—, suelen ser los más peligrosos.
    Y por fin, Tyrion pudo ver el atisbo de una sonrisa.
    —Lord Tyrion… De… existir esas criaturas… ¿Creéis que alguna de ellas habría vivido aquí? ¿En Poniente?… En… el mar que nos rodea.
    Tyrion entrecerró los ojos.
    —En Poniente… —repitió, con lentitud—. Hay quienes creen que las profundidades del Mar del Ocaso no tienen fin. Que hay grietas tan hondas que ni la luz ni el tiempo las alcanzan. Que en las aguas al sur de Rocadragón, a veces los barcos desaparecen sin dejar rastro.
    —Mi padre hablaba del estrecho de Marcaderiva —dijo de pronto—. Decía que había zonas donde las redes salían rasgadas. Donde los peces no volvían.
    Tyrion la contempló en silencio, atento.
    —Pero también hablaba de estas aguas… —continuó, casi para sí misma—. Decía que el mar de aquí no se parece a ningún otro. Que parece manso, seguro. Pero que en realidad…
    Tyrion frunció el ceño, ladeando la cabeza, curioso.
    —¿En realidad…?
    —…es el más inseguro —Levantó la mirada—. Contaba historias de reyes y de príncipes que dormían tranquilos en sus fortalezas, convencidos de que el poder les pertenecía solo por ocupar un trono. —Sus dedos rozaron el borde del mapa, distraídos—. Creían que el peligro venía del norte, de los campos de batalla, de la traición de los hombres. Pero bajo sus castillos, Mi Lord… bajo sus torres de piedra, bajo su orgullo… dormían criaturas que no conocen de leyes, ni coronas. Criaturas que podrían reducir un reino entero a ruinas con el solo batir de su cola. Y ellos ni siquiera tendrían tiempo de mirar hacia abajo.
    Tyrion la observó durante unos segundos más. En el rostro de Serenna no quedaba rastro de duda. Lo que antes era tristeza o resignación se había tornado en algo más sutil y mucho más difícil de controlar: determinación.
    Y aquello, lo inquietó.
    Desvió la mirada con un suspiro casi imperceptible. Apoyó las manos en el borde de la mesa, como si de pronto el peso de la conversación lo reclamara de vuelta a tierra firme.
    —Bien —dijo, en voz baja, con una leve sacudida de cabeza—. Creo que hemos hablado suficiente por hoy.
    Intentó sonreír, pero la mueca apenas alcanzó a suavizar el gesto. No era cinismo lo que temblaba en sus labios, sino cautela.
    —Mi intención era distraeros un poco, no… daros alas —añadió con tono más ligero, aunque no del todo convincente—. O branquias, en este caso.
    Ella no respondió. Seguía absorta, los ojos clavados en el mapa como si, de repente, lo viera por primera vez.
    —Mi Lady... —la llamó Tyrion, más serio esta vez—. Escuchad... Solo son... leyendas. No os dejéis arrastrar por lo que podría ser. No ahora. Lo último que necesitáis es otro motivo para desafiarlo.
    Ella alzó la vista con lentitud.
    Tyrion se enderezó con suavidad y recogió un par de papeles del escritorio. Luego, al pasar junto a ella, se detuvo brevemente.
    —Mañana hablaremos de comercio marítimo y alianzas entre casas. Algo… menos poético, y mucho menos propenso a tentaros a nadar hasta la ruina —le dedicó una última mirada, casi a modo de advertencia—. No le deis a mi padre más razones para manteneros encerrada...
    Colocó su mano sobre la de ella, un ligero apretón. Y es que, realmente la apreciaba. Él no era Cersei, él quería a esa chica por quien era, no por lo que su hermana creía que les había arrebatado. Ella no tenía la culpa de que su padre la hubiera elegido.
    Él ya hacía tiempo que se había resignado, y la envidia no formaba parte de sí.
    Tyrion se marchó. La puerta se cerró con suavidad, dejándola sola con el mapa y el escudo.

    La noche caía sobre Desembarco del Rey con lentitud propia. Las torres de la Fortaleza Roja, recortadas contra un cielo encapotado, comenzaban a encender sus antorchas mientras la ciudad se sumía en su habitual murmullo nocturno. La brisa del mar traía consigo el olor del puerto y el rumor constante de los navíos meciéndose en los muelles.
    Una tropa de hombres montados a caballo, atravesaban la Puerta del Río sin ceremonia. Sus capas polvorientas y el barro seco en los flancos de los caballos hablaban de un viaje largo.
    Habían cabalgado hasta Rosby aquella mañana, tras una carta urgente llegada al amanecer. Un asunto de recursos, según Tywin: un cargamento de suministros que se retrasaba, una deuda que debía cobrarse con presencia, y una amenaza velada de deslealtad por parte de un vasallo menor. Rosby no quedaba lejos, apenas una jornada de ida y vuelta si se apresuraban.
    No necesitaba a Sandor para negociar, pero sí para recordar que la disuasión podía ir más allá de las palabras. Su sola presencia bastaba para sembrar el respeto.
    El camino de regreso fue tranquilo, pero no silencioso del todo. Tywin encabezaba al grupo de hombres, siempre reflexivo tras cerrar un trato. Cabalgaba con el entrecejo fruncido, ordenando pensamientos y estrategias. Sandor lo seguía, casi a su misma altura.
    —Tenéis algo en la mente, Clegane —dijo Tywin, sin mirarlo.
    STARTER PARA [THEH0UND] La entrada a la Torre de la Mano estaba flanqueada por más guardias. El interior olía a papiro viejo, a cera derretida y a madera encerada. Pero su vista no se posó en los estantes, ni en la mesa central, ni siquiera en la figura menuda que la esperaba allí. Aquel lugar le traía demasiados recuerdos. Recuerdos dolorosos. ¿Cuánto tiempo hacía que la había castigado con su ausencia? Ahora, estar allí solo le hacía sentir una cosa: que lo necesitaba más de lo que quería admitir. No solo era el olor de los libros o los muebles, era el suyo, el de él. Ahí dentro olía demasiado al hombre que tanto deseaba, y aquello solo hizo que desestabilizarla. Serenna cerró los ojos un segundo, como si el aroma le trajera de vuelta no solo los recuerdos en su mente, sino en su cuerpo. Podía sentirlo: sus manos, sujetándola, incitándola a seguir leyendo. Deteniéndola, manejándola a su antojo. Tyrion, que la observaba desde el centro de la estancia, no dijo nada al principio. Se limitó a mirarla. Sus ojos, pequeños y astutos, leyeron cada gesto. Sabía a quién buscaba. Y también por qué. —Él no está aquí —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Se ha marchado antes del amanecer. Supongo que también os habéis preguntado dónde está vuestro sabueso. No irán lejos, pero no volverán hasta bien entrada la noche. —Él no es mi sabueso —lo corrigió ella, avanzando hacia la mesa—. Pero sí, me lo he preguntado —tomó asiento—. ¿Dónde han ido? Tyrion la miró con un deje de ternura, incluso de lástima. —Volverán. Sanos y salvos —Tyrion enarcó una ceja, y entonces, se corrigió—: O eso espero. Serenna lo miró con advertencia. —Es lo habitual —continuó Tyrion—. Ya conocéis a mi padre. Lo ha sido también para vos. Aunque de una forma muy distinta... —dijo, más para sí mismo que para ella—. Estáis acostumbrada a esto. La mesa estaba cubierta de mapas, libros abiertos, pergaminos que olían a sal y tinta seca. Tyrion había reunido todo lo necesario para una lección completa sobre las casas del Mar Angosto, y en especial, sobre los Velaryon. —¿Dónde concluisteis vuestras lecciones la última vez? —preguntó. Pero la mirada que le dedicó Serenna no fue del todo afable. Recordarle a Tywin solo hacía que tensarla más. Como si estuviera riéndose del castigo que él mismo le había impuesto, recordándoselo, restregándoselo. —Ya... —dijo entonces, apretando los labios, enarcando una ceja—. Creo que lo mejor será tomar un nuevo rumbo. ¿Qué tal vuestra descendencia? Serenna no respondió, su mirada se paseó por la estancia, como si ver algo en distinto lugar pudiera hacerle verle ahí: reubicando, tocando, manipulando. Cuánto lo echaba de menos... Cuánto deseaba volver a verle, volver a… sentirle. —Vuestra sangre es antigua —comenzó, al ver que ella no parecía querer colaborar—. Noble. Rica. Terriblemente incómoda de llevar, imagino. Ahora sí, lo miró. Pero una vez más, no parecía estar en la misma conversación que él, ni querer continuar. Tyrion no dijo nada al respecto. En lugar de eso, desenrolló un pergamino con el escudo de su casa: el hipocampo plateado sobre el verde marino. —Los Velaryon fueron navegantes antes de que muchas casas aprendieran a flotar. Antes de que los dragones surcaran el cielo, ellos surcaban el agua. Hicieron fortuna, guerra, alianzas, y leyendas. Serenna inclinó la cabeza. —¿Y por qué debería importarme una historia hecha de sal y hombres muertos? —Porque sois el final de esa historia —respondió él sin perder el ritmo—. Porque cuando seáis Reina de Marcaderiva, y os digan que sois una bastarda con suerte, tendréis que recordarles que vuestro linaje hunde raíces más profundas que sus espadas. Y más viejas que sus prejuicios. Ella lo miró. Por primera vez desde que había entrado, lo miró de verdad. Y entonces, un espasmo. Fuerte, sordo, implacable. Serenna se tensó. Sus hombros se recogieron, su vientre se contrajo, y un leve gesto crispó su rostro antes de que pudiera evitarlo. Cerró los ojos un instante. Su mano derecha se apoyó sobre el borde del banco. Respiró por la nariz. Tyrion dejó de hablar al instante. No hizo preguntas. Solo la observó. Un parpadeo lento, un leve cambio en su postura. —¿Mi Lady?… —preguntó, alzando ambas cejas. —Estoy bien —respondió con la voz contenida, pero firme. Él por supuesto no insistió. Solo se reclinó un poco en el asiento y bajó la mirada hacia los pergaminos, carraspeando la garganta. —Como decía, vuestra familia está acostumbrada al mar. No sois la primera Velaryon en detestar la tierra firme. Vuestros antepasados tenían tanto de pez como de hombre. Dormían en cubiertas abiertas, comían lo que pescaban, y según algunos poetas... respiraban sal. Serenna volvió a mirar el escudo de su casa. —¿Y vos creéis en esas cosas? —preguntó—. ¿En las leyendas? Tyrion tomó un sorbo de su copa, luego giró uno de los pergaminos, mostrando una línea de tiempo pintada con esmero. —La historia es una suma de mentiras que el tiempo ha vuelto útiles. Pero algunas leyendas... tienen raíces demasiado profundas como para ignorarlas. Ella lo miró un segundo más, como evaluando algo. Luego bajó la vista. —He oído que los Velaryon se relacionaron con los Targaryen —murmuró—. Que… engendraron hijos, juntos. Tyrion arqueó una ceja. El tono había cambiado. Ya no hablaba solo por curiosidad. Había algo en su voz… algo más íntimo, más personal. —Lo hicieron —admitió con un tono más grave—. En más de una ocasión, de hecho. No era extraño que las casas valyrias entrelazaran su sangre… sobre todo cuando esa sangre era considerada sagrada. Silencio. Tyrion la observó sin disimulo, con una perspicacia que rara vez se permitía mostrar tan abiertamente. —¿Y vos? —preguntó entonces—. ¿Creéis que en vuestras venas hay algo más que sal y tormentas? Serenna no respondió de inmediato. Su mirada se perdió un momento en la superficie de la mesa, donde la tinta trazaba rutas marítimas. Luego alzó los ojos, y los clavó en él. —Creo que si en mis venas corriera sangre Targaryen vuestro padre ya hubiera acabado conmigo. ¿Me equivoco? Tyrion no parpadeó, pero su expresión cambió, como si aquella frase hubiera hendido una capa más profunda. —No os equivocáis —dijo al fin, con calma—. Pero tampoco estáis del todo en lo cierto. Se inclinó hacia delante, despacio, con el ceño levemente fruncido. —Mi padre no mata a alguien porque sí. No si puede usaros primero. No si puede exprimiros hasta dejaros seca… y convertiros en un estandarte útil. —¿Entonces por qué me permite seguir aquí? —Porque, de momento, lo que sois… le conviene. —¿De verdad creéis que es por la relación que tuvo con mi padre?... —Creo que eso ayudó —admitió—. Pero no es la razón —Se echó hacia atrás, con un suspiro que arrastró parte de la tensión, pero no la disipó del todo—. Tywin Lannister no mantiene a alguien a su lado por afecto, Serenna. Guarda todo lo que pueda usar a su favor cuando llegue el momento. Vuestro padre fue útil, sí. Pero vos también lo sois. Ahora. —No se me ocurre por qué podría resultarle útil… Él mismo lo dijo: que era una idiota, una necia por lo que había hecho. Por eso llevo todo este tiempo encerrada. Porque no me… considera útil. —El error que cometisteis —prosiguió Tyrion—, no fue escapar al mar. Fue recordarle que no puede controlarlo todo. Ni siquiera a vos. Y eso… eso enfurece a mi padre más de lo que podríais imaginar. —¿Y qué debo hacer para que me perdone? ¿Para poder… volver al mar?... Tyrion suspiró despacio, apoyando los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y la miró. —Nada —dijo al fin—. No hay gesto o palabra que os garantice su perdón. —¿Entonces?... —Saldréis cuando él vea que encerraros le cuesta más que teneros suelta. Cuando vuestra ausencia pese más que vuestra desobediencia —Hizo una pausa—. Y eso solo lo lograréis convirtiendo vuestra jaula en un trono. No llorando tras los barrotes… sino aprendiendo a gobernar desde ellos. —No os entiendo... —¿Conocéis la diferencia entre un peón y una reina? Serenna negó. —El peón se lanza hacia delante. La reina espera, se mueve cuando quiere… y cuando lo hace, nadie puede detenerla. —Pero yo no soy ninguna reina. Ni pretendo serlo. Y está claro que él nunca me verá como tal. Tyrion sostuvo su mirada con una intensidad insólita. Por un instante, sus ojos dejaron de ser los de un Lannister y se tornaron los de un hombre que conocía de cerca lo que era ser menospreciado. —Eso es lo que os convierte en una amenaza aún mayor —dijo, con voz baja pero firme—. Las reinas que nacen para reinar son previsibles. Las que no lo hacen… son impredecibles. Y las impredecibles hacen temblar los cimientos. Serenna apretó los labios. Sus manos se cerraron sobre el faldón de su vestido, como si contuviera en los puños algo que no sabía cómo liberar. —No quiero hacer temblar nada. Solo quiero volver a ser libre. —Exacto —Tyrion alzó una ceja, casi con ternura—. Esa es precisamente la diferencia. Él os encerró creyendo que rompería vuestra voluntad. Pero seguís deseando lo único que él no puede daros. La libertad no se otorga, Serenna, se escoge. Se toma. Ella bajó la mirada, despacio, frunciendo el ceño, con aquellos pensamientos tomando forma en su mente. —Mi Lord… —dijo, y Tyrion sonrió, como si no estuviese acostumbrado a que lo trataran… bien—. Antes hablasteis sobre los Targaryens y los Velaryon. Sé que ellos tenían dragones. Los Velaryon… ¿qué teníamos que pudiera interesar a alguien como… los Targaryen? Tyrion dejó la copa a un lado, despacio. La sonrisa se desvaneció con suavidad, no por desagrado, sino porque aquella pregunta le intrigaba. —Los Targaryen eran fuego —dijo en un too reverente—. Los Velaryon… eran el mar. —Hizo una pausa—. No teníais dragones —continuó—. Pero navegasteis antes que nadie. Surcasteis las rutas entre islas cuando otros apenas sabían mirar más allá de la costa. Había quien decía que los Targaryen eran los conquistadores… pero sin los Velaryon, su conquista no habría cruzado jamás el mar Angosto. —Creo que no me estáis… —Y hay más —la interrumpió—. Leyendas apenas susurradas. Antiguas incluso para Valyria. En lo profundo, en lo oscuro, criaturas que no vuelan, pero que se deslizan entre corrientes y ruinas olvidadas. Serpientes, leviatanes. Sombras con ojos. Ella no se movió, pero sus labios se entreabrieron apenas, como si algo dentro de sí reconociera aquella idea. —¿Habláis de… monstruos… marinos? —Algunos los llaman monstruos —dijo Tyrion, inclinándose apenas hacia adelante—. Otros, dioses. Depende de a quién preguntéis… y de cuánto haya visto. Serenna contuvo la respiración. —Mi madre solía hablar de eso —dijo, con un hilo de voz—. Decía que algunas líneas de sangre podían despertar a esas criaturas. Que no respondían al hierro… sino a la llamada de su linaje. Tyrion frunció el ceño apenas. —Una vez oí hablar de una criatura en las Islas del Verano —continuó—. Dicen que emergía solo cuando los niños desaparecían. Que tenía alas membranosas y una cabeza tan alargada como la vela mayor de un barco. Se movía sin romper la superficie, deslizándose. Como una sombra bajo el mundo. —¿Y creéis que son reales? Esas... criaturas... Mi Lord... —No lo sé. Pero cuando un marinero vive más de sesenta años y aún no ha tocado fondo... Serenna se quedó en silencio un momento más. Miró el mapa, luego el mar pintado con tinta azul, y el hipocampo de su escudo. —Tal vez no todos los dragones vuelen —susurró. Tyrion la observó en silencio. —Los que caen y sobreviven, Lady Serenna —dijo al fin—, suelen ser los más peligrosos. Y por fin, Tyrion pudo ver el atisbo de una sonrisa. —Lord Tyrion… De… existir esas criaturas… ¿Creéis que alguna de ellas habría vivido aquí? ¿En Poniente?… En… el mar que nos rodea. Tyrion entrecerró los ojos. —En Poniente… —repitió, con lentitud—. Hay quienes creen que las profundidades del Mar del Ocaso no tienen fin. Que hay grietas tan hondas que ni la luz ni el tiempo las alcanzan. Que en las aguas al sur de Rocadragón, a veces los barcos desaparecen sin dejar rastro. —Mi padre hablaba del estrecho de Marcaderiva —dijo de pronto—. Decía que había zonas donde las redes salían rasgadas. Donde los peces no volvían. Tyrion la contempló en silencio, atento. —Pero también hablaba de estas aguas… —continuó, casi para sí misma—. Decía que el mar de aquí no se parece a ningún otro. Que parece manso, seguro. Pero que en realidad… Tyrion frunció el ceño, ladeando la cabeza, curioso. —¿En realidad…? —…es el más inseguro —Levantó la mirada—. Contaba historias de reyes y de príncipes que dormían tranquilos en sus fortalezas, convencidos de que el poder les pertenecía solo por ocupar un trono. —Sus dedos rozaron el borde del mapa, distraídos—. Creían que el peligro venía del norte, de los campos de batalla, de la traición de los hombres. Pero bajo sus castillos, Mi Lord… bajo sus torres de piedra, bajo su orgullo… dormían criaturas que no conocen de leyes, ni coronas. Criaturas que podrían reducir un reino entero a ruinas con el solo batir de su cola. Y ellos ni siquiera tendrían tiempo de mirar hacia abajo. Tyrion la observó durante unos segundos más. En el rostro de Serenna no quedaba rastro de duda. Lo que antes era tristeza o resignación se había tornado en algo más sutil y mucho más difícil de controlar: determinación. Y aquello, lo inquietó. Desvió la mirada con un suspiro casi imperceptible. Apoyó las manos en el borde de la mesa, como si de pronto el peso de la conversación lo reclamara de vuelta a tierra firme. —Bien —dijo, en voz baja, con una leve sacudida de cabeza—. Creo que hemos hablado suficiente por hoy. Intentó sonreír, pero la mueca apenas alcanzó a suavizar el gesto. No era cinismo lo que temblaba en sus labios, sino cautela. —Mi intención era distraeros un poco, no… daros alas —añadió con tono más ligero, aunque no del todo convincente—. O branquias, en este caso. Ella no respondió. Seguía absorta, los ojos clavados en el mapa como si, de repente, lo viera por primera vez. —Mi Lady... —la llamó Tyrion, más serio esta vez—. Escuchad... Solo son... leyendas. No os dejéis arrastrar por lo que podría ser. No ahora. Lo último que necesitáis es otro motivo para desafiarlo. Ella alzó la vista con lentitud. Tyrion se enderezó con suavidad y recogió un par de papeles del escritorio. Luego, al pasar junto a ella, se detuvo brevemente. —Mañana hablaremos de comercio marítimo y alianzas entre casas. Algo… menos poético, y mucho menos propenso a tentaros a nadar hasta la ruina —le dedicó una última mirada, casi a modo de advertencia—. No le deis a mi padre más razones para manteneros encerrada... Colocó su mano sobre la de ella, un ligero apretón. Y es que, realmente la apreciaba. Él no era Cersei, él quería a esa chica por quien era, no por lo que su hermana creía que les había arrebatado. Ella no tenía la culpa de que su padre la hubiera elegido. Él ya hacía tiempo que se había resignado, y la envidia no formaba parte de sí. Tyrion se marchó. La puerta se cerró con suavidad, dejándola sola con el mapa y el escudo. La noche caía sobre Desembarco del Rey con lentitud propia. Las torres de la Fortaleza Roja, recortadas contra un cielo encapotado, comenzaban a encender sus antorchas mientras la ciudad se sumía en su habitual murmullo nocturno. La brisa del mar traía consigo el olor del puerto y el rumor constante de los navíos meciéndose en los muelles. Una tropa de hombres montados a caballo, atravesaban la Puerta del Río sin ceremonia. Sus capas polvorientas y el barro seco en los flancos de los caballos hablaban de un viaje largo. Habían cabalgado hasta Rosby aquella mañana, tras una carta urgente llegada al amanecer. Un asunto de recursos, según Tywin: un cargamento de suministros que se retrasaba, una deuda que debía cobrarse con presencia, y una amenaza velada de deslealtad por parte de un vasallo menor. Rosby no quedaba lejos, apenas una jornada de ida y vuelta si se apresuraban. No necesitaba a Sandor para negociar, pero sí para recordar que la disuasión podía ir más allá de las palabras. Su sola presencia bastaba para sembrar el respeto. El camino de regreso fue tranquilo, pero no silencioso del todo. Tywin encabezaba al grupo de hombres, siempre reflexivo tras cerrar un trato. Cabalgaba con el entrecejo fruncido, ordenando pensamientos y estrategias. Sandor lo seguía, casi a su misma altura. —Tenéis algo en la mente, Clegane —dijo Tywin, sin mirarlo.
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