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El rugido de la multitud retumbaba en la arena como una ola imparable, un estruendo que marcaba el final de un combate brutal. En el centro del cuadrilátero, bajo la luz de los reflectores, Goalang Wongsawat se mantenía en pie, con el pecho subiendo y bajando por la fatiga, pero con la mirada firme. A sus pies, el Colmillo yacía inconsciente, su cuerpo inmóvil salvo por el leve temblor de su respiración entrecortada.

El árbitro alzó la mano de Goalang, y la ovación del público estalló. Nadie lo había visto venir. Nadie había imaginado que el feroz campeón caería antes de llegar a la batalla final.

Desde su lugar en los vestidores, Takeru Arakawa observaba la escena a través de la pantalla. Su rival ya no era el hombre al que había esperado enfrentar, aquel monstruo que reinaba en la cima. Ahora, su destino estaba atado a otro guerrero, uno que había desafiado las probabilidades y salido victorioso.

Se levantó, flexionando los puños. No le molestaba.

—Así que tú serás mi oponente… —murmuró para sí mismo, con una sonrisa casi imperceptible.

El viento del destino había cambiado de dirección, y ahora, el enfrentamiento que decidiría todo se tornaba aún más incierto.
--- El rugido de la multitud retumbaba en la arena como una ola imparable, un estruendo que marcaba el final de un combate brutal. En el centro del cuadrilátero, bajo la luz de los reflectores, Goalang Wongsawat se mantenía en pie, con el pecho subiendo y bajando por la fatiga, pero con la mirada firme. A sus pies, el Colmillo yacía inconsciente, su cuerpo inmóvil salvo por el leve temblor de su respiración entrecortada. El árbitro alzó la mano de Goalang, y la ovación del público estalló. Nadie lo había visto venir. Nadie había imaginado que el feroz campeón caería antes de llegar a la batalla final. Desde su lugar en los vestidores, Takeru Arakawa observaba la escena a través de la pantalla. Su rival ya no era el hombre al que había esperado enfrentar, aquel monstruo que reinaba en la cima. Ahora, su destino estaba atado a otro guerrero, uno que había desafiado las probabilidades y salido victorioso. Se levantó, flexionando los puños. No le molestaba. —Así que tú serás mi oponente… —murmuró para sí mismo, con una sonrisa casi imperceptible. El viento del destino había cambiado de dirección, y ahora, el enfrentamiento que decidiría todo se tornaba aún más incierto.
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