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—F̴͕͇͋̑̆͝o̷͚̟̖̟̜͐̄̀͠ṛ̵͕̱̺͈͓̩̍͜͜ş̸͚̟̪͖͓̝̯̥̎̓̽͗̂̈͜į̷̰͉͚̱͖͎͈̺͊̀̒̓͛̊͂̀͌͝ẗ̸̻̼̤̀͋̋̅̈́̚͝ͅͅa̸̡͎̫͈͓̩̤̰̝̣̎̋̊̈́͘͠n̶̖̱͓̩͂̊͌̓̉̂͗͆͝͝ͅ ̷̨̢͎̬̲̋̓ȧ̸͚͙̗̙̖͚͓͎͇̎͂l̵̜̟̭̱̳͕̅̉̇́̏̈́͋̅i̵̜̹̳̻͓̩̓̋͐́͆̌͜q̸̨̰͕̫̥̤̖͖̊̓̽̈́ú̵͈̩̰͗͌̓͜á̶̱͒̊́̽̚n̸̨͍͍̗͔̑̒͐̈́̊̕͜͝ͅd̴̡̛̙̱͕̣̠͍͝ọ̴͍͈̝̭̻͉̠͐́,̸̧̡̧͉̖̳̥̮̈́̈́̎ ̷̹̮͔̣̀̈́̃̿̈̏̌̋͝ͅi̶̝͉̰̎̄͠n̸̢̲̰̜̬̮̯̪̔͐ ̸̧̨̨̺̤̜̠̺̜́͑̍̇å̸̛̪̝̐̓̎̊̎͗̍͠l̷͇̾͌̔͒͑̂͠͠i̷̼̣̪̬̟̥̅̃o̶̡̜͛̎̓̅͌ ̷̢̝̈́͌̈m̵̧͎̝͓̜̟̽̂̏̑̈́̕ͅu̶̡͓͚̻̘̜̟͇͊̋̚n̵̠̏̎͆̇̎͝d̷̟̹̈́̃͒͒̅̍̀͌͆o̷̙̓̾̂̈́̏͑̾̉͝,̴͈̈́͛͊̓͒͠ ̷͚̤͛̈́͒̋̒͘͝͝͝i̵̛̯͔̬͓̭͛̅͌̏̽͛̂ẗ̴̯̦͒̆̃̊̿e̸͕̞̯͠͝ͅr̷̨͍̺̻̫͎͗ů̵̡̫̪͎̗̠̼̫ṃ̴̢̧̡̧͔͕̘͓͌͐́̋̄͋ ̴̤̼̎̈́͊́̓̓͛́c̸̡̪͇̖̭͎̺̰̈́͌̆õ̷͈͚ͅn̸̗̟̩͚̈̕v̶͕̆̈̑̀͗̒̋͘͠ę̷̧͎̙͇̼̦̯̌̂̀̂͝ͅn̵̹̎͛̽͐̈́̆͗͌̿i̵̛͙̰̼̱͕͙̝͙͉͉̇̐͗̉a̶̫͕̫̹̥͈͎̒̍͝͝m̴̢̢̪͖̞̩͉̲̀͋̅́͐̇̍͝u̸̢̧͈̹̺̪̬̺͈̅̌͛̉s̵͓̭̬̳͗͗̐̒͛̌̌.̴͚͈̰̊̈́̑́̈́͝͠͝


[Quizás algún día, en otro mundo, nos volvamos a encontrar] —Las palabras se deslizaron de sus labios como un hálito espectral, pero no llevaban consigo la calidez de la esperanza. Eran un murmullo vacío, un eco de lo que alguna vez pudo haber sido. Sin el más mínimo gesto, sin una súplica al destino, desató su poder. No hubo advertencia, ni llamado, ni movimiento alguno; el aire simplemente se tensó con una vibración inhumana, un temblor sutil que solo ella comprendía. El tejido mismo del mundo pareció estremecerse en respuesta, como si su voluntad fuera una ley más antigua que la realidad misma.

El dragón lo sintió antes que nadie. Una onda invisible recorrió su piel escamosa, como un susurro helado filtrándose entre sus huesos. Sus ojos dorados, centellas atrapadas en la noche eterna, la miraron con algo que no era solo advertencia, sino una emoción primitiva, incomprensible incluso para él. Su fuego, su inmensidad, su poderío sin igual… nada de ello significaba algo ante la presencia de aquella fuerza que lo envolvía ahora. No era miedo lo que lo paralizaba, sino una certeza funesta: estaba perdiéndose, su cuerpo desdibujándose como un sueño al alba, como si nunca hubiera sido más que una ilusión sostenida por un capricho del destino.

El mundo se disolvió. El color, la forma, la sustancia de la existencia misma cedieron a la voluntad de la dama, reduciéndose a un vacío silencioso. Pero en su rostro no había angustia, ni ira, ni melancolía; solo la gélida aceptación de quien sabe que la separación era inevitable desde el principio. Cuando todo hubo terminado, el claro quedó desolado, barrido por un viento que arrastraba ceniza y polvo, susurrando su lamento entre las ramas retorcidas. Los árboles, ennegrecidos por la sombra de lo que fue, crujieron como si guardaran un secreto que nadie más podría escuchar. Y así, como el eco de un sueño olvidado, todo se desvaneció en la nada.
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