Theodore, ¿a qué le tienes miedo?

La primera vez que Theodore Nott se planteó la respuesta a esa pregunta tenía cuatro años. Su madre acababa de ser asesinada, descuartizada en su alfombra persa favorita, la del comedor, y Emmanuel lo dejó a cargo de los Greengrass durante una semana bajo el pretexto de “arreglar el papeleo”.

Daphne no quería saber lo que Theodore tenía que decir al respecto porque terminó hablando sola, como era costumbre cuando se trataba del único heredero de la familia Nott. Desde entonces, el recuerdo de las palabras de una Daphne demasiado pequeña para manejar tan bien el concepto del tiempo se había deteriorado mucho, pero el mensaje seguía ahí, grabado a fuego en su memoria. De hecho, era cuanto veía cada vez que se cruzaban por Hogwarts: la única verdad que Daphne había dicho en su vida. Pintada en su rostro. Deslizándose por las comisuras de su boca. Enredándosele en las pestañas.

Con el paso del tiempo y conforme fue acercándose al resto de sus compañeros, aprendió a leer los matices, las esencias de los terrores más profundos que habitaban bajo la máscara de Blaise Zabini, la envidia venenosa de Draco Malfoy o la desesperación pútrida de Pansy Parkinson. Cada uno tenía sus propias pesadillas y demonios que se regodeaban en ellas.

Nadie era inmune al miedo. Ni siquiera el muchacho lánguido que le devolvía la mueca de disgusto cada mañana en el espejo.

Hasta cierto punto, crecer rodeado de serpientes tenía sus ventajas, y una era que irremediablemente aprendías a ocultar tus defectos más humanos. En la casa de Salazar Slytherin no había espacio para la mediocridad ni para la duda, pero esos eran solamente dos de los disfraces que solía vestir el miedo.

Cerró de un golpe el libro que llevaba media tarde balanceándose entre sus piernas y del que no había logrado extraer ni un gramo de información relevante. El eco sordo del ruido sobresaltó a una concentradísima Lisa Turpin, cuya cabeza rubia semioculta tras una pila de pergaminos asomaba al otro lado de la mesa, y Theodore apretó con fuerza los dientes cuando se topó con sus ojos marrones.

La Ravenclaw siguió cada uno de los movimientos del muchacho mientras éste recogía las escasas pertenencias que lo acompañaban cada día en sus viajes a la biblioteca, y él hizo lo propio: ignorarla, hacerla sentir pequeña ante su rechazo y su vacío. Theodore sentía perfectamente el escrutinio al que le estaba sometiendo la mirada de súplica de Lisa, y aún así decidió que la punta de sus zapatos era tres mil veces más interesante.

Claro que sus zapatos no respiraban ni disimulaban de pena los latidos de un corazón que estaba condenado a la destrucción.

¿Ya te marchas? —hizo una pausa cargada del peso de las palabras que se podían leer entre las vocales— Hasta mañana, Theodore.

De camino a las mazmorras pensó en el pulso acelerado de Lisa riéndose de él, preguntándole lo mismo por lo que Daphne se había interesado cuando apenas levantaba tres palmos del suelo: ¿de qué tienes miedo?

En la Sala Común se topó con un panorama desolador. Vítores y alabanzas emponzoñadas, a Malfoy volando por los aires, Crabbe y Goyle golpeándose las cabezas y pasándose el uno al otro los restos de pintura verde que se les escurría por las mejillas… A una diminuta Pansy con los ojos llenos de lágrimas clavados en la mano de Draco, que sostenía entre las suyas. Blaise se humedecía los labios y guiñaba los ojos a una castaña que le sacaba por lo menos tres años. Estaba claro que no todo el mundo compartía el mismo espíritu, pero sí las ganas de celebrar la derrota del otro equipo. De afianzar el título de antagonistas.

Los dedos de Daphne se enroscaron alrededor de su antebrazo, impidiéndole pasar inadvertido y enfilar las escaleras rumbo a su habitación. Intercambiaron miradas y compartieron un silencio que se caía por los bordes de la victoria y amargaba el festejo. Draco consiguió, nadie sabe cómo, apearse de la sillita en la que le paseaban, y se acercó a Theodore sonriendo— ¿Dónde estabas, Nott? Te has perdido cómo han mordido el polvo los asquerosos Hufflepuff. Deberías haber venido. Más de uno casi se cae de la escoba cuando nos ha visto salir, nos tienen miedo.

Al fondo, escondida en una esquina, Pansy se secaba las lágrimas y sacudía un banderín para disimular. Blaise hacía rato que había perdido los dedos bajo el dobladillo de la falda de esa chica, de la que seguramente no supiera ni el nombre. Daphne y Draco se peleaban por la atención de Theodore.

Quédate —susurró Daphne en su oído—. Estás temblando.

Para no darle el gusto a nadie, se zafó del agarre de Greengrass y esquivó la propuesta muda de Malfoy. Todavía pensando en Lisa, clavó los talones en los escalones hacia los dormitorios masculinos. Ahora que por fin tenía una puerta de distancia entre el resto del mundo y su cabeza, Theodore se apoyó en la madera y cerró los ojos con fuerza. Permaneció así, sentado en el suelo sobre las piernas, hasta que su respiración se calmó lo suficiente como para ponerse en pie y dirigirse al baño.

Abrió el grifo y dejó que el agua a presión ahogase sus pensamientos. Una sonrisa de dientes amarillos ronroneó, asomando por el borde del espejo. Le seducía con la voz de todas esas veces que la gente había puesto cara al miedo durante ese día, y en su escandaloso arrullo el chico creyó escuchar el son de miles de cuchillas afiladas frotándose unas contra otras.

Levantó la vista. En su reflejo no quedaba ni rastro de él. No consideró extrañas esas manos huesudas, con cicatrices esparcidas por los nudillos de la diestra por la primera vez que consiguió arrancarle gemidos a Daphne y después rompió un espejo, asqueado ante la derrota. Los huecos en sus mejillas, ahí donde la piel se hundía en las sombras, hablaban de una época en la que el hambre podía con la desidia que era levantarse de la cama. Y desconocía si tenía los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño o por el alcohol con el que paliaba el insomnio.

El Theodore del otro lado del espejo comenzó a rascar con una uña la superficie, intentaba escapar de su prisión de cristal, y mientras el que creía ser real se aferraba al mármol del lavabo con casi la misma fuerza con la que luchaba por no dejar escapar su cordura.

Theodore. Te estaba esperando.

El estruendo de unas cadenas cayendo al suelo y levantando polvo en un recoveco de su mente fue suficiente prueba de que, al fin, el Monstruo había escapado.